El gobierno de Javier Milei avanzó con su reforma laboral —ya aprobada en Diputados con media sanción en el Senado y ahora a la espera de revisión final— en un contexto de tensiones sindicales y debate público sobre sus alcances. Ante este panorama, el politólogo Lucas Romero advirtió en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) que, más allá de la fortaleza legislativa y la baja de la inflación, el desafío será responder a nuevas demandas sociales, porque “Hay una sociedad que pide cambios, pero no sé si se apoya el contenido”.
El licenciado en Ciencias Políticas argentino, Lucas Romero, está especializado en análisis político y consultorías vinculadas a campañas electorales, comunicación y escenarios políticos. Sumado a eso, es consultor y analista político, director asociado de la consultora Synopsis Consultores, con experiencia en asesoramiento en el sector público y privado.
La pregunta es, ¿cómo va a ser el año del actual gobierno? ¿Está en el cénit? ¿Todavía va a seguir creciendo o se llega a un punto en el que solo queda comenzar a perder? ¿Cuál es tu propio pronóstico de la vida política?
Dejame dividirlo en dos planos. A mí me gusta la metáfora médica. Es media cruel, pero me parece muy ilustrativa.
Claramente la economía argentina, que era la principal demanda ciudadana, arreglarla allá en 2023, estaba en una situación de terapia intensiva. En esa instancia los pacientes requieren determinado tipo de tratamiento y además determinado tipo de médico, porque los médicos de terapia intensiva no les tiembla el pulso, pueden soportar el estrés, tienen una capacidad muy particular de tomar decisiones, saben que el tiempo es oro y lo único que les preocupa es evitar la muerte del paciente. Tienen conocimientos muy generales de todo el campo de la medicina, pero no específicos.
Entonces, si uno hace el paralelismo, podría decir: “Bueno, la economía argentina salió de la intensiva”. El gobierno logró revalidar los apoyos; es decir, los familiares del paciente revalidaron la legitimidad del equipo médico para trabajar sobre él porque creían que efectivamente lo estaba atendiendo bien. Ahora viene otra etapa en la que la pregunta es —un poco voy a responder a tu pregunta— si Milei es el médico para esta segunda instancia de terapia intermedia, donde empieza a ser necesario un conocimiento más específico de algunas áreas de la salud del paciente, pensando no solo en llevarlo a un proceso de rehabilitación, sino que quizás se requiere la participación de especialistas.
Es un tratamiento mucho más multidisciplinario, en el que hay que mirar sector por sector de la economía para poder intervenir con razonabilidad y eventualmente preparar al paciente para la rehabilitación, de modo que pueda tener una vida normal y desarrollarse como lo hacía antes de estar en esta situación.
Creo que ahí está la disyuntiva, porque abrir la economía indiscriminadamente, sin precauciones respecto de en qué condiciones se está abriendo, intentar bajar la inflación sea como sea, sin compensar el costo de esto en materia de actividad y de ingresos, es como si el equipo médico empezara a lidiar con una problemática distinta. Y habrá que ver si los familiares, que están conformes porque el paciente salió de terapia intensiva, también lo están con el rumbo de esta etapa intermedia. Me parece que eso es lo que se juega el gobierno de acá al 2027.
Una nota del sociólogo Luis Costa plantea que los analistas, me incluyo, tomamos los hechos que se producen sin colocarlos en un contexto más profundo de los procesos que crearon sus condiciones de posibilidad. Él decía que Milei no es un fenómeno tan llamativo ni tan extraordinario, sino la continuidad del voto que había tenido Macri; que la diferencia era semántica, pero desde el punto de vista de la estructura de las ideas era más o menos la misma. Incluso alguien podría decir que es la continuación —esto lo agrego yo— de una corriente histórica argentina que también apoyó a Menem, no en el 89, cuando fue electo por primera vez. Y que, si vamos más atrás, también encuentra cierto tipo de apoyo, no a los métodos de la dictadura, pero sí a la necesidad de un médico de terapia intensiva en 1976. ¿Encontrás alguna lógica en esto de que, más allá del tema económico de quiénes son ganadores y quiénes son perdedores, una parte importante de la sociedad viene, de manera creciente, pensando en el sentido de lo que podríamos llamar la ideología de Milei y no en las formas de llevarla adelante?
Sí, no leí a Luis, pero podría tender a coincidir en ese sentido. Quienes han estudiado los sistemas de partidos comparados, es decir, cómo en las sociedades modernas se organizan los esquemas de representación política, como Sartori, tienden a coincidir en que en esa organización suele existir una dualidad estructural, como si hubiera una fuerza en dos direcciones que empuja la configuración del sistema.
Por eso comenzaban sus reflexiones pensando que lo natural es un sistema multipartidista, porque las sociedades son complejas, pero terminaban concluyendo que lo más natural es, curiosamente y paradójicamente, el bipartidismo, porque organiza dos tendencias en dos grandes grupos. Eso existe en Argentina. Hay un país dividido en dos grandes corrientes que atraviesan todas las coyunturas y que adquieren formas de representación específicas en cada momento, pero que en última instancia expresan a los mismos sectores sociales. Algo de eso hay. También es cierto que resulta difícil establecer un paralelismo y afirmar que Milei es muy parecida a Macri. Creo que existen muchas diferencias.
Es curioso porque en ese paralelismo permanente con 2015, Milei hoy tiene menos senadores y diputados que los que tenía Macri en diciembre de 2017. Sin embargo, con menos bancas está haciendo mucho más de lo que pudo hacer Macri. ¿Por qué ocurre esto? Volviendo a la idea de la sociedad dividida en grandes tendencias, lo que sucedía en 2017 es distinto a lo actual. Hoy el no peronismo o el antiperonismo es hegemónico en Argentina. Milei sigue liderando la representación de la coalición del balotaje de 2023, que fue mayoritaria en términos sociales, con el 55% de los votos, unida por un sentimiento refractario a lo que representa el peronismo.
¿Qué cambió entre octubre del año pasado y hoy?
Que Milei, dentro de esa coalición, ganó presencia, se amplió y creció. Antes era una expresión minoritaria que compartía espacio con otros sectores no peronistas dialoguistas. Tras el triunfo electoral, se fortaleció dentro de ese ecosistema y se produjo lo que yo llamo un desacople, más que una paradoja, porque uno observa el sistema político y lo ve con una posición hegemónica. De hecho, se ha visto cómo sancionó con amplia holgura leyes desde el recambio legislativo, cuando hace seis meses el gobierno peleaba voto a voto para reunir un tercio en Diputados y defenderse de las insistencias legislativas. Hoy aprueba leyes y reformas con comodidad.
Esto ocurre en un escenario donde no es que la resistencia se haya debilitado demasiado en el Congreso. El peronismo perdió seis senadores y seis diputados; esa es la diferencia respecto de la situación previa al 10 de diciembre. Lo que cambió fue la ascendencia dentro del espacio que integró la coalición del balotaje 2023. Los sectores dialoguistas están más predispuestos a conversar y el Presidente también más dispuesto a negociar para construir mayorías.
Se configura así una hegemonía política a la hora de decidir. Sin embargo, eso no coincide con lo que muestran las encuestas. Allí no aparece esa misma posición dominante en la opinión pública. Más bien, la mayoría de los sondeos indican que existe un sector social mayoritario que tiende más a rechazar que a aprobar lo que está haciendo.
Habrá que ver cómo resuelve este desacople. Por ahora, la fortaleza política le permite tomar decisiones, lo cual es relevante si pretende alcanzar resultados y responder a las demandas ciudadanas. Pero la película ya no es la misma.
¿Cuál es la película hoy? ¿Cuál es esta segunda temporada de la serie “Milei presidente”?
Ahora el problema no es tomar decisiones, sí o no. El problema es qué resultados ofrecen las decisiones que Milei toma. Y ahí se juega la continuidad de este ciclo. Si las decisiones producen buenos resultados, será apoyado. Si esta reforma laboral que se va a aprobar esta semana genera empleo, seguramente la sociedad respaldará al gobierno. Si produce lo contrario o no satisface las demandas ciudadanas, empezaremos a ver un camino hacia 2027 más complejo de lo que la escena política transmite en relación con esta situación hegemónica que hoy exhibe.
Permitime agregar a la lista de explicaciones si te parece plausible que las leyes que hoy se proponen cuentan con un consenso muy diferente al de las que se impulsaban al comienzo del mandato. Cuando se presentó la Ley Bases había tantos elementos en discusión, más de 600 artículos, que era difícil construir acuerdos. En cambio, hoy la reforma laboral o la baja de la edad de imputabilidad en delitos penales, en líneas generales, son aceptadas por la mayoría de los gobernadores. Ni hablar del acuerdo Mercosur-Unión Europea. Es decir, hoy se impulsan iniciativas que no solo son compartidas por los votantes de Milei, sino también por quienes no lo votaron. ¿Te parece un elemento para agregar a las condiciones más generales que mencionás?
Sí, pero permitime introducir un matiz. Muchos colegas han preguntado si estudiamos el nivel de apoyo o consenso social detrás de la reforma, y la respuesta es que no hicimos esa investigación porque creemos que no es una pregunta del todo pertinente. Es difícil fijar una posición frente a una reforma tan amplia y compleja, que modifica aspectos variados del plexo legal laboral. Resulta complicado adoptar una postura única. En todo caso, podría indagarse sobre puntos específicos, aunque también son técnicos y de difícil evaluación para el público en general; es más un terreno de especialistas. Probablemente, si se formula la pregunta, encontremos que una mayoría apoya la reforma laboral.
Lo que yo sostengo es que todavía existe una sociedad que demanda cambios. En 2023 ya los reclamaba y los pedía en términos de resultados: “La estoy pasando mal, quiero que algo cambie”. Si se le dice que la economía argentina no crea empleo privado registrado desde 2011, la reacción será: “Entonces modifiquemos las reglas”. Eso no implica necesariamente acuerdo con la modificación concreta que se propone.
Hay una diferencia entre acompañar la intención de reformar la legislación laboral y respaldar el contenido específico del proyecto. Ahí radica una distinción relevante. El gobierno cuenta con una ventaja: ante una opinión pública predispuesta a transformaciones, impulsa las iniciativas que considera adecuadas para resolver los problemas.
El fenómeno es más complejo. Existe una sociedad inclinada a respaldar propuestas de transformación porque quiere alterar la realidad que la rodea. Luego habrá que ver si esas propuestas generan resultados que satisfagan esa expectativa. Eso solo se comprobará con el tiempo.
No sería tan categórico en afirmar que existe un acompañamiento social pleno al contenido de la reforma laboral. En el caso de los gobernadores, la mayoría respaldó la ley tras un proceso de negociación, con intercambios y concesiones. Incluso algunos legisladores manifestaron en el recinto su desacuerdo, pero explicaron que debían votar a favor por instrucciones partidarias o de sus gobiernos.
Analizar este aspecto es complejo. Lo que sí parece claro es que existe una sociedad que reclama transformaciones y el gobierno capitaliza esa disposición.
Coincido, Lucas. La sociedad no tiene por qué poseer el conocimiento técnico para determinar qué cambio es mejor. Solicita transformaciones y confía en el médico, que supuestamente sabe. El juicio posterior será si la receta aplicada coincide con el diagnóstico.
Volvemos a la idea de Aristóteles: coincidimos en los fines y divergimos en los medios. Todos aspiramos al bienestar; la discusión es cómo alcanzarlo. La opinión pública no está obligada a conocer en detalle los mecanismos para mejorar el sistema laboral. Pide cambios y evaluará después.
La gran pregunta es cuándo llega ese después. ¿Cuánto tiempo transcurre, siguiendo la metáfora médica, entre que el paciente acepta el diagnóstico y delega el saber, y el momento en que dice: “No me siento mejor”? Ese plazo no es igual en todas las épocas; hay contextos en que la paciencia social es mayor.
Desde mi experiencia, creo que los familiares quedaron conformes con un resultado concreto: la caída de la inflación, uno de los indicadores del “laboratorio” del paciente. Incluso podría interpretarse el resultado electoral del año pasado como una retribución al equipo médico por ese logro. El problema es que hoy las demandas cambiaron.
Ya no se trata solo de mostrar descensos en la inflación. La prioridad pasó a ser la mejora del ingreso y la calidad del empleo. Esto se observa en distintos registros de opinión. Si el equipo médico insiste en exhibir únicamente avances en ese indicador y no ajusta su lectura de las nuevas demandas, podría enfrentar descontento. Los familiares quieren ver mejores ingresos, empleo más estable y una mejora en la calidad de vida.
Ahí se jugará la segunda mitad del mandato. Si no se perciben avances en esos aspectos, puede surgir la duda sobre si este equipo es el adecuado para la nueva etapa, que ya no es la de emergencia inflacionaria.
En cuanto a la comparación con los economistas que anticipan una corrección cambiaria pero no saben cuándo, algo similar ocurre aquí. Puede afirmarse que, si no hay respuestas satisfactorias a estas demandas de segundo orden, la sociedad se frustrará. Lo incierto es el momento en que esa frustración se vuelva políticamente determinante.
MV