Perfil
MODO FONTEVECCHIA
Discurso político

Luciano Román: "La agresividad de Milei va a generar una demanda de mayor moderación"

El periodista analizó si el clima político argentino empieza a mostrar signos de fatiga frente a la confrontación permanente. A la vez, en medio del estilo beligerante del presidente Javier Milei y de la incertidumbre económica, planteó que podría estar gestándose una demanda social por mayor moderación.

Javier Milei
Javier Milei | CEDOC

El clima social en la Argentina empieza a mostrar signos de desgaste frente a la confrontación permanente y las tensiones económicas del ajuste. A partir de una entrevista en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190), el periodista Luciano Román advirtió que el estilo político del presidente Javier Milei podría provocar una reacción en la sociedad: “La agresividad va a generar una demanda de mayor moderación”.

El periodista y analista político argentino, Luciano Román, desarrolló gran parte de su carrera en el diario La Nación, donde se desempeñó como columnista y editorialista, con foco en política, democracia y calidad institucional. A lo largo de su trayectoria también participó en radio y televisión como comentarista de actualidad.

En una columna planteabas si finalmente nos encontramos en una situación paradójica en la que la polarización parece ser la norma, pero quizás esté generando las condiciones para un deseo de la sociedad, en un futuro no muy distante, de cierto regreso a la moderación. Usaste incluso esa palabra, que es parte del eslogan de este programa. Pero cuando escribiste eso, si no recuerdo mal, habrá sido hace diez días como máximo. La velocidad, el aceleracionismo que imprime Milei con su vértigo a la política… No imaginábamos que esta entrevista se daría en un contexto donde, el día anterior y el anterior del anterior, se habían conocido revelaciones del teléfono de Mauricio Novelli respecto de un eventual contrato de cinco millones de dólares con el presidente por el caso $LIBRA. Tampoco había sucedido el escándalo de Adorni, ni la pelea entre ellos diciendo que el video fue enviado por un tercero, ni el hecho de que el viaje del presidente a Madrid para un foro privado genera la sospecha de que en realidad está cobrando las conferencias y utiliza su cartel de presidente para facturar personalmente. Es decir, en diez días, poco más, el clima potenció tu columna. La reacción de una sociedad que percibe que esta altisonancia finalmente no es el remedio, ¿podrá generar la búsqueda de otra altisonancia o de la moderación?

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Yo tengo la impresión, avalada por algunos datos que todavía resultan incipientes, si se quiere, o apenas sintomáticos de algún cambio de clima o de atmósfera política y social en la Argentina, de que probablemente la moderación sea la próxima estación del país. Quizá esto esté teñido de algún exceso de optimismo o de una esperanza exagerada, pero da la impresión de que este clima de extrema polarización, que además suma un tono de agresividad que quizá hemos visto pocas veces en la Argentina… porque la polarización, por cierto, no es un invento de Milei.

La arrogancia desde el poder y la hostilidad en el discurso político tampoco son un invento de Milei, pero sí es cierto que Milei lo ha llevado a una fase de violencia retórica que yo diría casi inédita, ¿no? Traducida en lo que todos sabemos: en los insultos explícitos por parte de la voz del presidente, en la ridiculización, en la estigmatización, en el uso de apodos despectivos para dirigirse a actores centrales del debate público.

Me parece que todo esto ha llevado la virulencia del debate político y público en general a un estadio de extrema hostilidad que pocas veces hemos visto. Y creo que esto va generando necesariamente un hartazgo en la sociedad, porque este no es el tono. Además, si bien muchos analistas dicen: “Bueno, esto interpreta un estado de ánimo de algunos sectores de la sociedad”, yo creo que no es el tono en el que nos manejamos los argentinos en general, ¿no? Cuando uno observa el nivel de la conversación cotidiana en el ámbito familiar, en el ámbito laboral o en el ámbito social. Puede haber, sí, si se quiere, opiniones muy contrapuestas o cierto apasionamiento en el debate, pero no se ve como registro promedio de la conversación social un nivel de agresividad y de violencia tan marcado.

De manera que no me resultaría extraño que empecemos a ver una reacción frente a esto, porque además yo escribía en esa columna, como bien señalás, que el club de los agredidos, de los ofendidos, de los agraviados por el presidente empieza a ser cada vez más amplio y más heterogéneo, ¿no? Ya no solamente con los adversarios políticos.

Ahora también con empresarios con los cuales podría ser legítimo que el gobierno tenga diferencias y plantee debates incluso duros, pero llevar eso al extremo del agravio y la descalificación personal de un empresario como Paolo Rocca, por ejemplo —quizá el industrial más fuerte, más gravitante de la Argentina y no solamente del país, sino también en el plano internacional—, me parece llevar las cosas a un punto que ofende algo más que a Rocca en este caso, ¿no? Ofende a quienes se sienten parte del empresariado argentino. Ofende, en este caso, a una empresa que da trabajo a veinte mil empleados en la Argentina. De manera que eso necesariamente va a ir generando una reacción y un replanteo.

Una es que vos no encontrás un correlato en la vida cotidiana de los argentinos respecto del uso de ese tono para intercambiar opiniones, aun con diferencias muy marcadas. Otra evidencia que podría sustentar la hipótesis es el hecho de que, en la física, se plantea que los remedios que terminan siendo descartados necesitan cada vez aumentar más la dosis para poder producir el mismo efecto. Y ese incremento de la dosis indica que va a llegar un punto en que ya no se va a poder aumentar más, y eso termina siendo un anuncio de su fin, para decirlo de alguna manera. Yo uso siempre el ejemplo de los fuegos artificiales, que brillan más un minuto antes de desaparecer, ¿no? O la frase opuesta: la noche nunca es más oscura que antes de amanecer. O sea, puede haber una evidencia que sustente la tesis de que la próxima estación, como dijiste, la moderación, esté en el hecho de que Milei lleve al paroxismo la polarización y que ya no haya forma de hacerla más fuerte todavía.

Seguro. Yo creo que esa es una idea interesante de cómo estas estrategias o estas lógicas políticas se van enviciando a sí mismas y, en consecuencia, terminan generando efectos contraproducentes cada vez más notorios. Pero, para sustentar también la tesis, yo diría que algunas encuestas empiezan a ser muy nítidas en este aspecto, que hablan de un declive en la imagen presidencial y de una caída en la confianza de la sociedad en la gestión de gobierno.

Encuestas que vimos antes de la elección del año pasado marcaban, por ejemplo, que el 70% de los argentinos no está de acuerdo con que el presidente insulte a sus adversarios. Eso hizo que en algún momento el presidente, en el contexto de la campaña electoral, se retractara y dijera que iba a dejar de insultar, cosa que con el tiempo vemos que no ha sido más que una táctica coyuntural de campaña, porque ha vuelto a ese mismo tono beligerante y virulento.

De manera que hay algo que evidentemente está en su naturaleza y que probablemente sobreactúe también con algunos termómetros que suele manejar el poder, en los que haríamos bien en desconfiar. Pero los gobiernos suelen guiarse por ciertos indicadores que acentúan determinados rasgos. Pero a mí me parece que hay, efectivamente, señales de que esto va a generar en algún momento una demanda social de mayor moderación.

El presidente pierde una elección en septiembre. Las encuestas le indican que el 70% de la gente está en contra de que insulte. Él promete públicamente que va a dejar de hacerlo. Deja de hacerlo, gana las elecciones, mejora la aprobación, llega a un cenit en diciembre, un mes después de las elecciones —dos meses después, perdón— de las elecciones de octubre, y vuelve otra vez a insultar. La pregunta es: ¿a qué podríamos atribuirle la causa?

Una es que se trate de una naturaleza que estaba contenida y no pudo aguantar más, y aguantó como quien deja de fumar tres meses y vuelve. Esa es una hipótesis. Otra es que, finalmente, las noticias que recibe volvieron a ponerlo nervioso, por decirlo de alguna manera. Es decir, él ya sabía en enero lo que el fiscal Taiano tenía sobre $LIBRA y que, más tarde o más temprano, después de la feria judicial, en algún momento iba a aparecer. También sabía desde enero, cuando termina despidiendo en febrero al jefe del INDEC, Marco Lavagna, que la inflación venía en crecimiento. Ya tenía confirmados los datos de que aumenta el desempleo y que no hay forma de que la actividad económica se recupere.

Podríamos interpretar también que, más allá de una estrategia vinculada a la elección cumplida en noviembre —bajar el tono para ganar las elecciones—, su vuelta a las andadas tenga que ver, tal vez, con cierta pérdida de equilibrio.

Creo que es evidente que hay algo en la naturaleza del presidente, en sus rasgos de personalidad, que lo llevan a plantear siempre la conversación desde la confrontación.

Desde la confrontación, sí. Y esto se nota en contextos políticos muy distintos, porque además: antes de la elección de medio término del año pasado podía entenderse o conjeturarse que el presidente sobreactuaba estos rasgos de fortaleza frente a una situación de evidente y ostensible debilidad política. Un presidente que no tenía prácticamente músculo legislativo. Una fuerza política en gestación, sin peso no solamente en el Congreso, sin un solo gobernador que se referenciara con él.

Entonces quizá haya existido la idea de que debía sobreactuar su fortaleza en ese contexto de debilidad. Hoy el escenario político es muy distinto, ¿no? Lo que acabamos de ver en las sesiones extraordinarias del Congreso es un oficialismo robustecido que, por supuesto, ha fortalecido su músculo legislativo después de la elección, pero que además evidentemente ha logrado, a partir de esa situación, tejer alianzas un poco más sólidas que le han permitido avanzar con iniciativas con mayorías muy holgadas.

De manera que también es probable que la lectura de esta sobreactuación en un contexto de fortaleza política sea distinta a la que se hacía en aquel contexto de debilidad. Pero, para retomar un poco lo que vos planteabas, yo creo que hay una conjunción de su naturaleza con los datos objetivos de una realidad que empieza a ser muy compleja para el gobierno. No solamente por las situaciones judiciales que comienzan a ponerlo en apuros. Lo de $LIBRA realmente es algo que más temprano que tarde obligará al presidente a dar una explicación, porque lo que han revelado los datos de las últimas horas es la inconsistencia de su primer relato sobre este episodio.

Pero, fundamentalmente, la economía empieza a dar señales de rebeldía en cuanto a los objetivos. Esto de que la inflación cuesta mucho bajarla por debajo del 3%. Pero además hay una situación recesiva que empieza a ser muy evidente, ¿no? Lo de Fate no es una excepción en el paisaje del sistema productivo argentino.

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Todo esto en el interior, que por ahí no adquiere la dimensión nacional de un caso como Fate, son situaciones que están teniendo un impacto muy fuerte. De manera que es muy probable que el gobierno, frente a este paisaje adverso, empiece a expresar nerviosismo que el presidente canaliza de esta manera y, quizás, desviar los focos de atención.

MV cp