Roberto Chuit Roganovich traza un diagnóstico que va más allá de la coyuntura y se adentra en la forma misma en que hoy se organiza la vida social y política. Para el ensayista, “el archipiélago es la forma de sociabilidad contemporánea” y también “la estructura que necesita el capital para asegurar la reproducción de las relaciones de producción”. En ese escenario de islas ideológicas, donde “lo que está faltando es el código a través del cual nos comunicamos”, la emergencia de La Libertad Avanza no sería una anomalía sino la consecuencia de una fragmentación más profunda: la imposibilidad de construir un nosotros. “Es muy difícil que exista lucha de clases si no hay conciencia de clase”, explicó en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190).
Roberto Chuit Roganovich es doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, docente universitario y dirige talleres de escritura creativa. Es autor de la novela "Quiebra el álamo", ganadora del concurso de Futurock de novela en 2022, y de "Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores". Su última novela fue galardonada con el Premio Clarín de Novela de 2024. En el año 2025 publicó su primer libro de ensayo, "El archipiélago, nuestra retirada del mundo y notas para un regreso". La obra propone un análisis sobre la fragmentación de la sociedad actual, explorando cómo la era digital y los cambios políticos han desdibujado el sentido de la comunidad.
La columna de apertura del programa planteaba la fragmentación ideológica, después de la ilusión tras la caída del muro de Berlín de que se viene un universalismo, la desuniversalización del mundo, la idea de que hay una humanidad común regida por el derecho, que obviamente esto de Trump, continuamente lo coloca en discusión. Y la idea de archipiélago vale en todas las dimensiones. Vivimos en archipiélago a nivel mundial, pero también vemos archipiélagos dentro de un barrio, dentro de una comunidad. Así que me gustaría cuánto podés transmitir de metáfora de El archipiélago, nuestra retirada del mundo y notas para un regreso, de explicación de esto que nos pasa.
Insisto en el libro en que el archipiélago es hoy la forma de sociabilidad contemporánea. Creo que el archipiélago es la forma que necesita hoy el capital, para decirlo en términos ortodoxos, asegurar la reproducción de las relaciones de producción. En orden a que el orden establecido no se cuestione y que las cosas sigan sucediendo tal como suceden, es necesario que cada uno de nosotros, en nuestros propios trabajos, en nuestras propias vidas, vecindarios, barrios, etcétera, nos desenvolvamos insularmente.
Hay un libro muy interesante de un teórico ruso que se llama Lev Manovich, que se llama The Software Takes Command, el software toma el control. Y lo que dice ahí Lev Manovich, anticipándose bastante a ciertas discusiones de la semiótica de los medios, es que hoy, como tal vez nunca en la historia, tenemos la capacidad de algún modo personalizar el tipo de información que recibimos de forma diaria.
A medida que nosotros vamos educando nuestros algoritmos en Twitter, en TikTok, en Instagram y en diferentes plataformas, lo que la plataforma termina por entender es cuáles son mis deseos, cuáles son mis goces, cuáles son mis placeres. Lo que termina por desembocar en la construcción de lo que se llaman las ecochambers o cámaras de resonancia, que son formas muy particulares de islas en donde empiezo a atravesar el mundo bajo un sesgo de confirmación.
Tengo mi mundo con mi propio sesgo de confirmación y he elegido inconscientemente ciertos comunicadores que van a formar mi visión del mundo y que, como corolario, tiene obligatoriamente la cada vez más notoria invisibilización de la persona que puede resultar ser mi vecino.
¿Eso explica Milei?
Hay un estudio muy particular, de un grupo de investigación norteamericano dirigido por Tanner, que hace un estudio publicado a finales de 2025, es muy, muy, muy reciente, y que toma como casos a Estados Unidos, Alemania, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, e indica que a partir del 2008 y a partir de la creación de las plataformas y, sobre todo, de los smartphones, la polarización política creció de manera exponencial.
Creo que hay algo en ese descubrimiento que puede llegar a explicar lo que nosotros, de alguna manera, llamamos muy vulgarmente la grieta, pero que tiene por detrás, digamos, principios sociológicos un poco más complejos. Es muy particular ver cómo fue recibido el discurso de la apertura de las sesiones, por distintas audiencias, para algunas maravilloso y para otras ofensivo.
Pero de una forma tan radical, tan diferente entre una y otra, que podríamos llegar a empezar a sospechar que ya no hay un punto medio, que sería en alguna instancia lo deseable, a pesar de que yo vengo de una tradición de izquierda, en donde podría poner infinitas notas al pie respecto de este medio y qué sería este centro, pero empieza a parecer como imposible la idea de una recomposición, al menos una reunificación ideológica por encima que nos permita entender qué es la Argentina, cuáles son algunos principios democráticos básicos y qué queremos hacer con el mundo que viene.
Partimos que el medio es un faro, no es un puerto. Y que, por lo tanto, lo que es una dialéctica es entre dos posiciones encontradas, o sea, lo que en realidad parece que no hay es un puente para poder producir la dialéctica, porque se rompió el lenguaje. O sea, no hay una herramienta en la que podamos debatir siquiera.
Tal cual, lo que está faltando es básicamente el código a través del cual nos comunicamos. En la segunda parte del libro intento proponer frente a esta condición de sociabilidad contemporánea que sería el archipiélago, una política pangeísta, una política de aceleración terrena que intente volver a llenar de tierra el espacio de agua que hay entre una isla y otra.
El espacio de agua sería la falta de este código a través del cual nos comunicamos y una política continentalista, metafóricamente hablando, sería empezar a recomponer el lenguaje a través del cual nos comunicamos, las conductas a través de las cuales vivimos nuestra vida y, por supuesto, reformar radicalmente la vida para reformar finalmente el mundo, como decía Guy Debord.
Hay algo en la sospecha de que nosotros no deberíamos cambiar, que es algo que se está cocinando bastante en las plataformas que yo habito, que tiene como supuestos epistemológicos, ideas que para mí son equivocadas. Por ejemplo, que el capitalismo y el modo de producción capitalista no han mutado en los últimos 40 años, que aparentemente todos nos creemos de alguna manera inocentes o nos creemos idénticos a nosotros mismos y no somos del todo capaces de entender qué del nuevo capitalismo habita hoy en nosotros y cómo nos ha transformado en los últimos 5, 10, 15 años.
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Yo creo que la política pangeísta, la política continentalista debería empezar con un acto de autorreconocimiento bastante importante. Partiendo de la idea de que veo un poco difícil, para los años venideros, por lo menos en Argentina, la presencia de un partido que tenga la capacidad de sobreunificar ideológicamente por encima el conjunto de dolores, de placeres y de goces de unas bases...
Entonces, para llenar de tierra esos agujeros con agua que haga que las islas se unan, ¿haría falta un partido político que hoy no está?
Creo que no está y creo que es difícil que pueda aparecer.
¿No sos pesimista respecto de las posibilidades de los libertarios de continuar al frente del gobierno en 2027?
Creo que La Libertad Avanza es el síntoma de la falta del partido. La Libertad Avanza es algo así como una sobreunificación, pero ciega, completamente alejada de las bases, que no tiene las características del partido tal como Lenin las definía. Yo estoy completamente de acuerdo con que la derecha y ciertos sectores de la derecha comprendieron mucho más antes, que ciertos sectores de la izquierda que el archipiélago era la condición de sociabilidad contemporánea. Lo que pasa es que tuvieron la capacidad, que no tuvieron ciertos gobiernos, de weaponizarlo, como dicen los norteamericanos, es decir, volverlo arma.
Creo que lo que hizo Santiago Caputo, al frente de los muchachos encargados de las redes, es una tarea verdaderamente fascinante, copiándole sin duda a ciertas estructuras norteamericanas, con ciertos comunicadores norteamericanos que fueron los que abonaron y oxigenaron el acceso de Trump al poder. Esto no es solo Estados Unidos. Lo podemos ver también en Vladimir Putin. Hay un documental de Adam Curtis que se llama HyperNormalisation que recomiendo el libro, que muestra también cómo Putin se encargó de financiar simultáneamente partidos de extrema derecha y partidos de extrema izquierda para que se neutralizasen en el debate público y Putin pudiese aparecer como una figura, definitivamente no de centro, pero una figura relativamente seria, decente, programática, etcétera.
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De modo que siento que, si La Libertad Avanza es el síntoma de la falta del partido, yo diría, que en los próximos años, e intentando abandonar toda tendencia autonomista, porque no soy anarquista, no soy trotskista, tengo otra deriva de formación, que es la formación de la Nueva Izquierda, creo que los partidos hoy están teniendo una complicación enorme para entender verdaderamente qué sucede con las bases y que, a la vez, las bases tienen una dificultad enorme para reconocerse como pueblo trabajador.
Tal vez en la década del 30 decir que uno era trabajador en Argentina era una confesión de parte automática respecto de ser votante del peronismo, por ejemplo, militar en el PC de Agosti y otros. Hoy reivindicarse trabajador parece ser algo bastante complicado, y creo que eso oblitera cualquier forma de pensar una palabra continentalista que sea como un nosotros. O sea, una palabra tan simple como nosotros. ¿Qué se trata según nosotros y qué se trata de que mi cuerpo pertenezca a una totalidad que me excede?
O sea, ¿lo que decís es que lo que se destruyó es la lucha de clase?
La lucha de clases persiste, por lo menos hasta la continuidad del modo de producción capitalista, sí.
Entonces aquellas identidades que planteaban que la discusión estaba homogeneizada por una lucha de clases hoy la lucha de clases, ¿qué aglutina?
Es excelente la pregunta, me encanta. Que no veamos hoy la lucha de clases tan presente como la vimos históricamente, por lo menos en el siglo XX, no quiere decir que haya dejado de existir. Simplemente hoy se encuentra bajo otro tipo de dinámica de realización de la política...
Voy a reformular la pregunta: ¿hoy no hay conciencia de clase?
Tal cual. Entonces, no puede haber lucha de clases si no hay conciencia de clase. La lucha de clases existe. Es muy difícil convencer, es muy difícil que yo, un docente, entienda que tengo mucho más que ver con un carpintero que con gente que dirige actualmente el país. La lucha de clases existe, persiste, lo vemos a cada momento.
Pero podríamos hacer un diagnóstico: uno de los síntomas, así como Milei es síntoma de la falta de partido, la falta de conciencia de clase es uno de los síntomas de los archipiélagos.
Por supuesto, cuando decía al principio que el archipiélago es aquella estructura de sociabilidad que necesita el capital para reproducirse y para asegurar la reproducción de las relaciones de producción, es entender que cierta tarea del capital organizado es lavar la idea de que por debajo de todas las cosas existe una lucha de clases. Es muy interesante ver el revival del mito del self-made man, que fue muy importante durante los 70 y los 80, ese hombre autónomo que no necesita más que de su propia fuerza y su propia voluntad para conseguir gobernar el mundo.
Estamos viendo el crecimiento de las startups, que pueden ser fabricadas de un momento a otro con la IA, por ejemplo, en el mundo contemporáneo. Estamos viendo pequeños emprendedores que no tienen la capacidad verdaderamente de aparato para hacer subsistir su proyecto y que en la medida en que se sienten completamente liberados de una comunidad de la que no forman parte, con la que no se identifican se termina volviendo muchísimo más complicado para un partido político encontrar las formas de unir esas bases.