El ataque ocurrido en la Escuela Normal Superior Nº 40 de San Cristóbal —donde un adolescente de 15 años mató a un compañero de 13 e hirió a otros ocho— no solo conmocionó a la provincia de Santa Fe, sino que abrió una grieta hacia un fenómeno digital hasta ahora poco explorado en Argentina: la True Crime Community (TCC), una subcultura global que estetiza, reproduce y, en algunos casos, glorifica crímenes violentos y tiroteos escolares.
“He llegado a la conclusión de que la humanidad es una especie fallida. La mayoría vive sin pensar, sin mirar alrededor y sin cuestionar nada. Yo fui criado para creer que debía aceptar mi lugar en esta maquinaria. Pero cuanto más crecía, más veía que todo es hipocresía, ruido, consumo y obediencia. Estoy cansado de ser aplastado por normas que nadie se anima a discutir. Quiero mostrar que alguien puede salirse del camino, aunque sea por un instante. Sé que todos me van a odiar, pero el odio no me importa. Lo único que quiero es que entiendan que no pueden ignorar para siempre a quien tienen enfrente. Mi acto será un grito: no por gloria, sino por la necesidad de dejar de ser invisible.”
Lo que en un primer momento se interpretó como un episodio individual en reacción a una situación persistente de bullying derivó en una investigación que reveló material digital asociado a comunidades de violencia online. El gobernador Maximiliano Pullaro explicó que los dispositivos del adolescente contenían “interacción con una subcultura internacional que glorifica delitos violentos”, en referencia al tipo de contenidos que la TCC genera y comparte, según lo identificado por la Policía de Investigaciones y por la Secretaría de Análisis Integral del Terrorismo Internacional (SAIT).
“Me pregunto qué sentido tiene seguir intentando encajar donde no me quieren. Paso años tratando de ser amable, de no molestar, de pasar desapercibido. Soy como un ruido de fondo para todos. A veces leo las noticias y pienso que, por lo menos, quienes hicieron algo terrible lograron que el mundo los viera por un minuto. No estoy diciendo que los admire, solo que entiendo la desesperación que puede llevar a eso. La gente dice ‘pedí ayuda’. ¿Ayuda a quién? Cuando abrí la boca me dijeron que estaba exagerando, que tenía que aguantar. Bueno, ya aguanté suficiente. Estoy cansado de vivir como si fuera un error.”
La TCC no es una organización formal ni una secta estructurada, sino un entramado descentralizado de foros, chats y perfiles en plataformas como Reddit, Tumblr, Discord, Telegram, TikTok y X, donde circulan imágenes, memes, textos, diarios íntimos, recuerdos y análisis sobre tiroteos escolares, asesinatos en masa y otros hechos de violencia extrema. Un estudio reciente sobre comunidades virtuales sitúa su funcionamiento en cuatro capas: desde el consumo pasivo de contenido sobre crímenes reales; pasando por la participación en comunidades abiertas de discusión; luego, la interacción en espacios cerrados que celebran o estetizan la violencia; hasta llegar, en un número muy reducido de casos, a la emulación o planificación de actos violentos inspirados en esos modelos.
“Toda mi vida fue una serie de decepciones. Las personas subestiman cuánto duele la indiferencia. No el bullying, sino la nada absoluta: caminar por pasillos donde nadie te registra. Un día te das cuenta de que tu existencia completa podría desaparecer y al mundo no le movería un pelo. ¿Qué hace alguien cuando siente que es menos que una sombra? Busca una forma de dejar una marca. No soy un monstruo ni un héroe; soy alguien a quien empujaron al extremo. Mi cabeza se volvió un cuarto cerrado del que no puedo salir. Esto no es venganza contra individuos, es una declaración contra una sociedad que fabrica fantasmas y después se sorprende cuando esos fantasmas gritan”.
Un subgrupo particularmente estudiado dentro de esa cultura son los columbiners, jóvenes que construyen una identidad estética alrededor de la masacre de Columbine de 1999. Eric Harris y Dylan Klebold, sus autores, no son vistos por estos usuarios únicamente como criminales, sino como símbolos estilizados de una narrativa trágica. En redes circulan fotos, dibujos, fan arts y ediciones musicales melancólicas que los representan, así como reinterpretaciones de sus diarios o memes que los tratan como figuras culturales, más allá del rechazo social que merece su acción.
En el caso de San Cristóbal, no solo se identificó consumo de material sobre tiroteos escolares, sino también participación en espacios donde esa violencia se estetiza, situación que para los investigadores fue un componente más en la comprensión del entorno digital del agresor.
“No me queda ningún lugar donde pueda respirar. La escuela es un infierno lento, la casa es silencio, la calle es un desierto. Intenté hablar, intenté pedir ayuda, intenté ser mejor. Nada cambió. Las personas creen que uno exagera, que son ‘cosas de adolescentes’. No entienden la soledad que te carcome cada día. Quiero dejar de sentir este peso. Quiero que por una vez mi dolor sea visible. Cuando termine todo, quizás alguien se pregunte cómo llegó a pasar. Yo sí sé cómo: a fuerza de años sin que nadie escuche.”
Argentina ya había experimentado otros casos que apuntan en esa dirección. Días después del hecho en San Cristóbal, en Sunchales un adolescente de 16 años fue detenido por amenazar con replicar un ataque en una escuela y exhibir símbolos asociados a masacres escolares en redes sociales. En Rafaela, otro estudiante portó un arma de aire comprimido dentro de su colegio, lo que activó protocolos de emergencia. Estos hechos, si bien no resultaron en violencia letal, apuntan a una reproducción de símbolos y prácticas culturales asociadas a tiroteos que se observan en las comunidades TCC alrededor del mundo.
Los testimonios intercalados con los hechos recientes en Santa Fe fueron escritos por jóvenes de 16, 17, 18 y 22 años que cometieron masacres escolares en Finlandia, Estados Unidos, Alemania y Brasil entre 2007 y 2022. Se publicaron en comentarios de YouTube, Telegram, 4chan y Reddit.
La TCC no está alimentada solo por estos testimonios en los que los perpetradores expresan sentimientos que luego se transforman en móviles de los crímenes. También circulan “memes” y contenido que se presenta como “cómico”, pero que legitima y glorifica a los asesinos.
La imagen del homenaje a los autores de la masacre de Columbine fue tomada de una página de memes bajo el hashtag #EricyDylan, justamente los nombres de quienes, el 20 de abril de 1999, asesinaron a quince personas en Colorado.
Otra imagen, también un elogio a la masacre de Columbine, la compara con el ataque en el Colegio Americano del Noreste, en Monterrey, México, donde murieron dos personas. El contenido imita un debate de cultura pop entre dos crímenes con víctimas reales y, además, plantea claves para pensar la jerarquización criminal que se establece dentro de estas subculturas digitales y los efectos de imitación.
Es decir, no solo existe un dolor compartido por “ser invisible” o sentirse incomprendidos por su entorno. También existe una comunidad que se reúne alrededor de códigos y valores comunes cuyos miembros compiten por ser mejor considerados en ese universo.
De esta manera, la TCC funciona como un canal para vehiculizar los sentimientos de soledad, aislamiento y angustia de estos jóvenes, legitimarlos y empujarlos a transformarlos en una suerte de “venganza de los parias”, en palabras de los autores de Columbine.
RM/ff