La detención de Nicolás Maduro y el operativo internacional que la rodeó siguen generando lecturas que van más allá del impacto inmediato. Mientras una parte del mundo discute el alcance jurídico y político del hecho, otras miradas advierten que la clave no está en la figura del mandatario caído, sino en quién administró su salida y con qué objetivos.
En esa línea se inscribe el análisis de la escritora y doctora Cristina Martín Jiménez, quien publicó un extenso posteo en su cuenta de X (@crismartinj) en el que cuestiona la narrativa épica que rodea el episodio. “Esto no va de Maduro. Va de quién ha gestionado su final y para qué”, escribió, al subrayar que la ausencia de caos interno, fractura militar o violencia callejera es un dato central para entender el proceso.
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Según Martín Jiménez, lo sucedido responde a una operación controlada, más cercana a una transición pactada que a una revolución. “Las revoluciones reales son ruidosas. Las transiciones pactadas son silenciosas”, sostuvo, descartando cualquier idea de heroísmo o épica emancipadora. En su lectura, no hubo gestos altruistas ni búsquedas de justicia histórica, sino negociación fría entre élites.
Una salida negociada
Para la autora, el foco debe ponerse en el comportamiento del entorno del poder venezolano. Allí introduce el concepto de “traición funcional”: no ideológica ni moral, sino pragmática. Una decisión que se activa cuando quienes rodean al líder comprenden que el ciclo está agotado y que recolocarse resulta más rentable que resistir. En ese marco, menciona nombres clave del oficialismo venezolano como Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, no como villanos ni salvadores, sino como gestores del aterrizaje de un régimen que ya no podía sostenerse. “No es conspiración, es lógica de poder”, plantea.
Uno de los elementos que más inquieta a la escritora es la calma posterior al operativo. Para Martín Jiménez, esa serenidad no es casual ni inocente. “Nadie está tranquilo en mitad de una tormenta si no tiene un refugio pactado”, advierte, y sugiere que hubo garantías previas para evitar un colapso desordenado.
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El ciudadano, fuera de la ecuación
El análisis se vuelve más crudo cuando aborda el impacto real de estas transiciones. Según la autora, los procesos tutelados no liberan a los países: los reordenan. Cambian el relato, redistribuyen poder, blanquean a unos y sacrifican a otros, mientras el ciudadano queda relegado a un rol instrumental. “Se le promete futuro mientras el reparto se decide en despachos cerrados”, señala.
Lejos de una lectura ideológica clásica, Martín Jiménez insiste en que el eje no pasa por izquierdas o derechas, sino por quién controla las riquezas, el dinero, las armas y la narrativa cuando cae el telón. Si el proceso avanza sin sobresaltos, sostiene, no es por una humanización del sistema, sino porque ya se pactó quién paga y quién se salva. “Lo demás es ruido”, concluye en su posteo. Un ruido que, según advierte, suele funcionar como cortina para evitar que se observe dónde se toman realmente las decisiones. Una lectura incómoda, sin anestesia, sobre un episodio que todavía promete más preguntas que certezas.