OPINIóN
Economía del arbolado

Buenos Aires pierde si no planta árboles

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Árboles. “Son una tecnología pasiva de enfriamiento urbano”. | cedoc

Buenos Aires volvió a tocar los 38 grados y, con eso, volvió a perder plata. No es una metáfora ni una exageración woke: es una consecuencia directa de cómo la Ciudad gestiona –o mal gestiona– su infraestructura, tanto la gris como la verde. Cada ola de calor reduce productividad, incrementa el gasto energético y presiona al sistema de salud. Frente a este escenario, el debate público suele oscilar entre la negación (“pasa de vez en cuando”) y las soluciones caras (“más aire acondicionado”), sin implementar una política barata, probada y con retorno acumulativo: el arbolado urbano.

Analizándolo desde una lógica económica el “calor urbano” es una ineficiencia estructural. Una ciudad que acumula temperatura es una ciudad que funciona mal. Produce menos, gasta más y se expone a riesgos crecientes. El efecto isla de calor no es “marxismo cultural”: es una externalidad negativa por cómo se construyen las ciudades sin acompañarlas con cobertura vegetal suficiente.

CABA es un gran ejemplo: alta densidad, grandes superficies de asfalto, baja permeabilidad del suelo y una distribución desigual del verde. Durante el día la Ciudad absorbe calor; durante la noche lo libera lentamente. El resultado es una temperatura persistentemente alta que afecta el descanso, la salud y el rendimiento económico. No es solo el bochorno: es la pérdida de eficiencia.

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Los árboles son una tecnología pasiva de enfriamiento urbano. Un árbol maduro reduce la temperatura mediante sombra y evapotranspiración, sin consumo energético y sin costos crecientes. En zonas con arbolado continuo la temperatura puede reducirse entre 5 a 8 grados. Esa diferencia define si una calle es caminable, si un comercio puede operar con normalidad o requiere menos horas de aire acondicionado.

La alternativa dominante al calor es la refrigeración artificial, que implica mayor consumo eléctrico, picos de demanda, presión sobre la red y más emisiones de CO2. Es una solución individual, costosa y regresiva. Además, genera un círculo vicioso: cuanto más calor, más consumo; cuanto más consumo, mayor estrés energético y más calor indirecto. El arbolado urbano opera en sentido inverso: reduce la temperatura base y, con ello, la necesidad de refrigeración. Desde el punto de vista económico, es una inversión que baja costos futuros sin requerir subsidios ni gasto corriente elevado.

Hay además un beneficio clave: evita inundaciones. El Cambio Climático no solo trae más calor, también precipitaciones más concentradas, para las que la infraestructura urbana no alcanza. Los árboles interceptan parte del agua, ralentizan su caída y mejoran la absorción del suelo. Menos agua entrando de golpe a desagües saturados implica menos anegamientos y menos costos. El arbolado no reemplaza obras hidráulicas, pero las hace rendir mejor y estira su vida útil.

A esto se suman impactos en salud pública y en la durabilidad de la infraestructura. El calor extremo aumenta internaciones y acelera el deterioro del asfalto y las edificaciones. Calles más frescas duran más. Prevenir es más barato que reparar.

Tampoco propongo romantizar el árbol. El asunto no es solo plantar, sino que el arbolado debe ser tratado como infraestructura: con censos actualizados, especies adecuadas, planificación y mantenimiento. Sin datos no hay política eficiente.

El calor urbano no es ideología. Encarece la Ciudad y reduce su competitividad. Frente a eso, el arbolado aparece como una política costo-efectiva que mejora la calidad de vida y la economía.

Plantar y cuidar árboles no es solo militancia ambiental: es una decisión económica racional. En una ciudad que se recalienta, con restricciones presupuestarias y tarifas en aumento, seguir postergándola es perder plata.

*Especialista en desarrollo sostenible.