viernes 23 de julio de 2021
OPINIóN 9 de julio
09-07-2021 07:00

La Independencia del “vamos viendo”

El Congreso logró declarar la Independencia, pero no cumplió con su propósito de redactar la Constitución. No había consenso sobre monarquía o república o qué subunidades políticas compondrían al nuevo país.

09-07-2021 07:00

La independencia de la hoy República Argentina no fue algo sencillo. No solamente por la situación internacional sino por los conflictos internos que estallaron luego de la Revolución de Mayo de 1810.

La posibilidad de negociación con una España liberal para eventualmente retornar a un imperio unificado con unas Cortes o Parlamento que incluyeran a representantes americanos quedó descartada después de Waterloo, de la solidez en el trono español del absolutista Fernando VII y del Congreso de Viena de 1815 que pretendía reestablecer un orden previo a Napoleón y a la Revolución Francesa. No había margen ya para un Borbón en el trono de una confederación americana que pudiese permitir ser algo como una Commonwealth hispana.

El otro gran problema era el conflicto interno. La Revolución de Mayo fue el pronunciamiento de un cabildo periférico. Si bien Buenos Aires era el centro administrativo del Virreinato del Río de la Plata, el centro económico y cultural era el Alto Perú, por no decir Lima. Buenos Aires era la periferia, el borde, que podría haber sido tomado por portugueses o británicos.

Qué pasaba en el mundo mientras Argentina proclamaba su independencia

El sistema político local se organizó “a poncho”. De una junta porteña en 1810 se pasó a una Junta Grande que incluyó a los representantes de los cabildos del virreinato. El exceso de miembros derivó en un ejecutivo multitudinario y poco efectivo al momento de tomar decisiones. Progresivamente el poder político se fue concentrando cada vez en menos personas. De la Junta Grande pasamos a la Asamblea Constituyente -que no lo fue- del Año XIII, a los dos Triunviratos, para terminar en un Director Supremo. Sólo hubiese faltado un Napoleón.

Un espacio geográfico sin nación, sin pueblo, sin fronteras precisas, con múltiples monedas, con escudo y sin bandera, eso era “esto que había”. Si no cabía negociación posible, había que jugársela. Se demanda un congreso. ¿Quién iba a ir …  y a dónde?

Quien primero planteó el problema de la representación política fue una figura hoy poco conocida por fuera de su provincia de adopción, Jujuy: el canónigo Juan Ignacio de Gorriti. Quizás la mente más lúcida al sur del Potosí en los primeros años revolucionarios, Gorriti ve aquí el gran problema futuro: cómo organizar el país por juntas respetando a los cabildos urbanos y las autonomías locales.

Independencia de la Argentina

Recién el Estatuto Provisional de 1815 -rescatemos el provisional del “vamos viendo”- redactado por la efímera Junta de Observación fijó algunas precisiones de cómo elegir representantes. Por primera vez la población rural accedía a derechos políticos. Había que frenar a José Gervasio de Artigas, quien desde la Banda Oriental ya controlaba el Litoral y avanzaba sobre Córdoba.

Así, el Congreso que debía declarar la Independencia y redactar la Constitución no podía sesionar en Buenos Aires. No había muchas alternativas: Cuyo era lejano; Córdoba podía estar bajo influencia artiguista; Salta y Jujuy en peligro por las invasiones desde el Alto Perú y el poco fiable Martín Miguel de Güemes. Se decidió por San Miguel de Tucumán, donde la elite política tenía cierto respeto en Buenos Aires y Córdoba.

El Congreso comenzó a sesionar el 24 de marzo de 1816, dos días después del acuerdo en Cerrillos, Salta, entre Güemes y el jefe del Ejército del Norte, José Rondeau. Ni Santa Fe, ni Corrientes, ni Entre Ríos ni la actual Misiones, todas bajo el poder de Artigas, enviaron representantes y, por lo tanto, no se independizaron formalmente de España.

El Congreso logró declarar la Independencia, pero no cumplió con su propósito de redactar la Constitución. No había consenso sobre monarquía o república o qué subunidades políticas compondrían al nuevo país.

El Congreso de Tucumán y su siempre renovado mensaje

Otro jujeño dio la nota en el acta independentista. Teodoro Sánchez de Bustamante firmó el acta “pícaramente” que lo hacía en calidad de representante de la ciudad y el territorio de Jujuy, marcando ya su proyecto de autonomía frente a Salta, algo que se lograría en 1834.

Fue una independencia sin territorio preciso y sin proyecto de sistema político definido. Un horizonte neblinoso que anticipaba lo que iba a asomar pronto: una guerra civil sangrienta y devastadora. Derrotero genuino del “vamos viendo”.

 

* Christian Schwarz. Dr. en Sociología (UCA. Docente UCA, UCES, UNTREF.