“La ley no debería imitar a la naturaleza. En todo caso, mejorarla. La ley la ha inventado el hombre para regular las relaciones sociales. La ley determina qué somos y cómo vivimos. Podemos cumplirla o violarla. La gente es libre. Su libertad está restringida a la libertad de otros. Y el castigo. El castigo es venganza. Sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?”.
Con este texto en off, empieza el capítulo V del Decálogo del director polaco Krzysztof Kieślowski, titulado No matarás. En una síntesis fílmica brillante, el director aborda de manera magistral cada uno de los mandamientos cristianos, con conflictos tan humanos como cotidianos. El arte está ahí, siempre, marcándonos el camino.
Cuando nos alejamos un poquito del arte, vemos la realidad. Una realidad abstrusa. En una nueva apertura de sesiones, el presidente, con su histrionismo habitual, encarnó un discurso chato, aburrido, descontextualizado y falaz, en muchos aspectos, con cifras inventadas o exageradas.
El nivel del discurso de Milei, como las declaraciones de hace algunos días de otro expresidente que argumentaba que “los pobres de hoy viven mejor que los reyes de ayer”, palabras más palabras menos, reflejan no solo una profunda ignorancia (basta ver el Palacio de Versalles y la Villa 31, solamente, para imaginarse lo desproporcionado de esta comparación), muestran el inmenso abismo de ignorancia que radica en estas precarias mentes que nos conducen, y no solamente un discurso clasista.
Mientras el mundo se debate en un sadismo desmedido, con un intento desesperado de Estados Unidos de recuperar algo del terreno perdido en la geopolítica mundial con su único recurso (el imperialismo), bastante diezmado, de más está decir, en Argentina se van perdiendo las libertades individuales que tanto excitan al presidente.
Una de ellas, los magros derechos de los trabajadores, con una ley que cercena derechos y permite poco más que cobrar por la existencia. En una reminiscencia noventosa, pero más devaluada, el país va perdiendo la poca producción que le queda, mutando en una economía cada vez más extractivista, con un empleo industrial cada vez más pobre, el cierre de fábricas y un trabajo registrado cada vez más atomizado y menos representado.
Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?”
En esa maraña de leyes que se aprueban “para la tribuna”, pero que no resuelven ningún problema de fondo, está el nuevo Régimen Penal Juvenil, que trae la baja de la edad de imputabilidad a los 14 años. Nadie nace delincuente. Son las circunstancias y, generalmente, la pobreza y la falta de posibilidades, las que llevan a un pibito a delinquir.
¿Dónde está la meritocracia cuando se nace sin nada? Ya países más sofisticados que el nuestro, con leyes sociales más avanzadas, han intentado medidas similares con resultados casi nulos. Dinamarca, por ejemplo, lo probó en el año 2010 y, dos años más tarde, terminó revirtiendo la decisión, ya que los delitos no se habían reducido y se encontraron pruebas de que el encarcelamiento aumentaba la reincidencia. Si esto pasa en Dinamarca, lo que podría pasar en una cárcel de la Provincia de Buenos Aires o del interior. La ley no busca prevenir sino castigar.
No soy especialista (como tampoco lo son quienes nos gobiernan, claramente), pero tengo una propuesta para combatir la delincuencia, el narcotráfico, los femicidios.
¿Por qué, si en lugar de castigar no enseñamos a pensar? ¿Por qué no invertimos más en educación, en universidades, en cines, en talleres en lugar de en cárceles? ¿Por qué no enseñamos oficios? ¿Por qué no abrimos centros culturales?
El sendero es otro, no el que transitamos. El mundo en el que vivimos está a la altura de los presidentes que tenemos; de los senadores que tenemos; de los diputados que tenemos.
“El castigo es venganza. Sobre todo si hace daño sin prevenir el crimen. Realmente, ¿a quién venga la ley? ¿Venga a los inocentes? ¿Y los que hacen la ley son inocentes?”.