OPINIóN
CAOS POLÍTICO

Corrupción, fanatismo y desgaste en la Argentina de Milei

Las denuncias por maniobras con dólares oficiales, las internas libertarias, el desgaste del ajuste y la ofensiva contra el periodismo exponen las contradicciones de un gobierno que prometió cambiar la política pero empieza a parecerse a aquello que criticaba.

Casa Rosada
Casa Rosada | Cedoc

Argentina vive atrapada en una mezcla muy peculiar de escándalo, fanatismo y confusión. Y lo más interesante es que ya ni siquiera sabemos bien dónde termina la política, dónde empieza el espectáculo y dónde comienza directamente la ficción.

Por un lado, está el tema del SIRA. Ese mecanismo extraordinario mediante el cual, durante el gobierno de Alberto Fernández, Sergio Massa y Cristina Kirchner, apareció un submundo de intermediarios, financistas y personajes que habrían conseguido acceso privilegiado a dólares oficiales para luego hacer arbitraje cambiario con diferencias siderales respecto del dólar paralelo. Algunos especialistas hablan de ganancias multimillonarias. Miles de millones de dólares. Una fortuna construida alrededor del desorden cambiario argentino.

Importaciones y ganancias del 200%: la trama de coimas de las SIRA para acceder al dólar oficial que acorrala a Martín Migueles

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Y ahí aparecen nombres extravagantes, empresarios repentinos, financistas, operadores, figuras de Instagram, modelos, celebridades, parejas famosas. Todo mezclado. Elías Piccirillo, Martín Migueles, Wanda Nara, Jésica Cirio. La Argentina tiene esta particularidad: la corrupción nunca es solamente corrupción. Siempre tiene un costado farandulero, una dimensión kitsch, una estética de espectáculo decadente.

Mientras tanto, el Gobierno de Javier Milei enfrenta otro problema: el desgaste. Y acá aparece un dato muy interesante. Consultores importantes empiezan a detectar una caída rápida en la imagen oficial. No necesariamente terminal, porque en política nada es terminal hasta que efectivamente ocurre, pero sí significativa por la velocidad. Diez o doce puntos en pocos meses es mucho.

¿Qué hace un presidente cuando todas las opciones son malas?

Porque sostener a Manuel Adorni parece generar costos. Pero desplazarlo también podría proyectar debilidad. Y Milei es un presidente particularmente obsesionado con la idea de fortaleza. La política muchas veces consiste justamente en eso: elegir entre males. Los presidentes rara vez tienen delante una opción buena y otra mala. Generalmente tienen dos problemas y deben elegir cuál es menos destructivo.

Ahora bien, el dato más interesante tal vez no sea Adorni. Un estudio de opinión pública difundido en estas horas sugiere que el principal problema del Gobierno no sería el escándalo político sino el agotamiento económico. El 75% de la desaprobación estaría explicado por la intolerancia al ajuste. Apenas el 25%, por el caso Adorni.

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Pero quizá lo más fascinante de todo este fenómeno sea el costado intelectual del mileísmo. Ahí aparece Alejandro Rozitchner, filósofo, ensayista, antiguo asesor de Mauricio Macri y hoy una especie de legitimador cultural del nuevo oficialismo.

Rozitchner ha dicho cosas extraordinarias. Que Milei es “un loco que vino a restaurar la cordura”. Que para ser presidente hay que estar loco. Que él odia a los periodistas “lo suficiente”. Que el periodismo exagera los problemas económicos. Que el caso Libra prácticamente no existe. Que todos los medios están sesgados “del lado del mal”.

Y acá aparece un punto verdaderamente delicado. Porque una cosa es cuestionar periodistas. Eso es completamente válido. Y otra cosa es considerar mentira cualquier pensamiento que no coincida con el oficialismo. Ahí entramos en otro terreno. ¿Qué es una mentira? ¿Una falsedad objetiva? ¿O simplemente una opinión distinta?.

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Porque si toda crítica es interpretada como una operación, si todo desacuerdo es leído como mala fe, si cualquier observación incómoda se convierte automáticamente en una conspiración mediática, entonces el problema deja de ser periodístico y pasa a ser filosófico.

También es interesante observar cómo el mileísmo empieza a parecerse, en algunos mecanismos argumentativos, al kirchnerismo que tanto cuestionó. Por ejemplo: atribuirle al periodismo pronósticos catastróficos que nadie formuló seriamente, para luego desmentirlos y desacreditar a “los medios”.

Es un truco clásico. Primero se inventa una profecía extrema. Después se demuestra que no ocurrió. Y finalmente se concluye que los periodistas mintieron. Aunque nadie haya dicho originalmente semejante cosa.