miércoles 05 de octubre de 2022
OPINIóN opinion

Del repudio generalizado a la grieta recargada

11-09-2022 00:03

El repudiable atentado a Cristina Kirchner ha conmocionado a la Argentina. Aunque no es el primer intento de magnicidio en nuestra historia, las filmaciones son aterradoras y amplificaron aún más la trascendencia del incidente. ¿Servirá para aprender alguna lección? Soy pesimista.

La reacción oficial fue contraproducente no solo para fortalecer la democracia ante la evidencia de la fragilidad de la convivencia pacífica, sino incluso para ampliar los apoyos al Gobierno. Al sobreactuar para imponer una interpretación del hecho antes de conocer sus particularidades, se alimentaron la desconfianza y la incredulidad de gran parte de la población. En efecto, aun cuando todo el arco político (salvo raras excepciones) y la inmensa mayoría de las entidades e instituciones de la sociedad manifestaron de manera explícita su repudio y su empatía, el kirchnerismo salió atolondradamente a establecer una precaria línea causal entre el ataque y los medios, la oposición y la Justicia. Se ocupó así de licuar un capital valioso, desuniendo lo que, como pocas veces en la historia, estaba unido. Redujo un hecho de inusitada gravedad a un apéndice de las causas judiciales que enfrenta Cristina.

El argumento del odio y la asignación de culpas empeoraron las cosas. En primer lugar, porque es inverosímil que las descalificaciones vayan en una sola dirección. Y segundo porque se está manipulando el concepto de odio. En el derecho internacional, los “discursos de odio” están asociados con la amenaza insultante y/o agresiva a una nación, a una raza, a una etnia o a una religión (a veces otros grupos vulnerables), pero de ninguna manera con la opinión política o periodística, ni mucho menos con la actuación normal de las instituciones judiciales. El odio es la columna del argumento oficial, pero nadie explica por qué sería aplicable en el país, ni dice en concreto qué es ni cuál es su alcance. Por supuesto que este episodio se da en un contexto de polarización y radicalización del discurso político, es decir en debates públicos en los que las preferencias propias se autoperciben tan intensas y urgentes que llegan a negar la legitimidad de las preferencias de los otros. Y es cierto que esa dinámica es contagiosa y nociva para la salud de la democracia. Pero una legislación para reprimir opiniones (y por lo tanto libertades) políticas no protegería a la democracia sino todo lo contrario, la restringiría.

Finalmente, la manifiesta ineficacia estatal en la custodia y las pericias siembra más incógnitas sobre cómo leer a Fernando Sabag Montiel. Con la información de prensa disponible hasta hoy martes, su injustificable agresión a Cristina no parece ser tanto producto del odio como del desequilibrio mental y la falta de oportunidades. Quizás alguna conspiración de baja calidad. Un disparo contra una vicepresidenta elegida por el pueblo es también un ataque a la democracia. Pero Sabag (con sus eventuales cómplices) ¿quería dar un mensaje? ¿Tenía alguna intención de provocar un cambio hacia un régimen político autoritario? ¿Buscaba restringir los intereses de los sectores populares y/o peronistas? ¿Su ataque es una protesta patológica contra la política como un todo, contra una realidad económica y social que le impide a él y a millones de jóvenes proyectar una vida digna? ¿Cuáles con las condiciones sociales en las que germinó la motivación de su delito (su historia familiar, laboral, económica, su formación política, etc.)? Desde ya, Sabag debe ser juzgado como el criminal que ha decidido ser. Pero independientemente de su suerte procesal, preguntas de este tipo, hasta ahora ignoradas, podrían contribuir a una interpretación razonable de lo que este lamentable episodio realmente significa para la democracia y para la sociedad argentinas.

En las horas difíciles, la dirigencia política del país debe analizar los hechos con cuidado, actuar con prudencia y, en lo posible, unir a la nación y salvaguardar la democracia. En cambio, hacer interpretaciones morales (y por lo tanto antipolíticas) apresuradas y buscar objetivos políticos de cortas miras nos aleja aún más de la moderación de nuestra confrontación política, que es el primer paso para empezar a revertir nuestra prolongada decadencia.

*Politólogo. Vicepresidente de la International Political Science Association.

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