OPINIóN
Interna oficialista

El caos como método y el poder en disputa dentro del mileísmo

Nacido de la crispación y el colapso del sistema político previo, el gobierno de Javier Milei enfrenta ahora un desafío más complejo: administrar el mismo desorden que lo llevó al poder.

Javier Milei
Javier Milei | CEDOC

Hay una tendencia bastante extendida a explicar los conflictos internos del oficialismo como una simple discusión estratégica. Que si conviene o no acordar con Mauricio Macri, que si la provincia de Buenos Aires exige pragmatismo o pureza, que si el armado debe expandirse o preservarse. Todo eso puede ser cierto. Pero alcanza con observar el nivel de virulencia, de exposición y de desorden para advertir que esa explicación es, en el mejor de los casos, incompleta.

Lo que está ocurriendo en el entorno de Javier Milei remite a un fenómeno más profundo: un problema de autoridad. Milei no es un producto clásico de la política argentina. No emerge de una estructura partidaria consolidada ni de un sistema de lealtades tradicionales.

La encuesta que preocupa a Javier Milei: empezó a caer la confianza de sus propios votantes

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Es, en todo caso, el resultado de un proceso de agotamiento: el fracaso acumulado de una etapa que abarcó tanto al kirchnerismo como a la experiencia de Mauricio Macri. En ese contexto, logró algo indiscutible: correr el eje del debate público, instalar temas incómodos y construir una identidad política sobre la base de la confrontación.

Ahora bien, ese mismo rasgo que le permitió irrumpir con fuerza en el escenario la crispación como lenguaje, el conflicto como herramienta empieza a revelarse problemático cuando se trata de gobernar. Porque gobernar exige algo que la lógica de las redes sociales no provee: jerarquía, orden y reglas.

La dinámica contemporánea, atravesada por la inmediatez y la polarización, premia el exceso. En ese mundo, la visibilidad se construye a partir del enfrentamiento permanente. Pero trasladar esa lógica al funcionamiento interno de un gobierno tiene consecuencias previsibles: lo que era útil hacia afuera se vuelve disruptivo hacia adentro.

Reelección 2027: una encuesta revela cuál es el techo electoral de Javier Milei

En los últimos días, esa tensión se volvió evidente. No tanto por la existencia de diferencias que son inevitables sino por la forma en que esas diferencias se expresan. Cuando figuras del propio entorno, como Daniel Parisini, sugieren públicamente que “le mienten al presidente”, lo que está en juego deja de ser una táctica electoral para convertirse en un interrogante más delicado: ¿quién controla la información y, en última instancia, quién conduce?

La pregunta no es menor. En sistemas políticos ordenados, las disputas de poder se procesan dentro de canales relativamente previsibles. Aquí, en cambio, se dirimen en público, sin mediaciones. Eso no habla tanto de una estrategia deliberada como de una fragilidad estructural.

La Libertad Avanza, como fenómeno político, tiene un carácter aluvional. Reúne actores de orígenes diversos, sin una cultura común de gobierno ni mecanismos consolidados de resolución de conflictos. En ese contexto, la cercanía al presidente se convierte en el principal recurso de poder. Y cuando varios actores compiten por ese acceso, lo que emerge no es una interna convencional, sino una disputa abierta por la influencia.

Javier Milei en el MALBA: "Sin empresarios no hay nada"

Algunos interpretan este escenario como una reedición del viejo principio de “divide y reinarás”, atribuido tanto a Nicolás Maquiavelo como a líderes históricos. Pero esa lectura supone un nivel de control que, al menos por ahora, no resulta evidente. Dividir para gobernar implica administrar el conflicto. Lo que estamos viendo se parece más a un conflicto que comienza a desbordar a quienes deberían administrarlo.

Hay, además, un elemento adicional que complejiza el cuadro: la construcción de autoridad en clave moral. Cuando el discurso político se organiza en términos absolutos donde quien no coincide es automáticamente descalificado se reduce el margen para la negociación interna. Y sin negociación, la autoridad pierde eficacia práctica.

El resultado es una paradoja: un liderazgo fuerte en lo simbólico, pero tensionado en su funcionamiento cotidiano. Nada de esto implica desconocer los logros del gobierno en términos de instalación de agenda. Milei consiguió introducir en el centro del debate cuestiones que durante años fueron eludidas. Pero una cosa es disputar el sentido común y otra muy distinta es construir un sistema de poder estable.

Encuesta: Patricia Bullrich lidera la potencialidad de votos y se instala un “Mileísmo sin Milei”

En definitiva, lo que está en juego no es una discusión táctica sobre alianzas ni un simple cruce de egos. Es algo más básico: la capacidad del oficialismo de organizar su propio poder.

La historia reciente ofrece una lección bastante clara al respecto. Los liderazgos que emergen del caos pueden ser eficaces para desarticular un orden. Pero si no logran, a tiempo, reemplazar esa lógica por una estructura, terminan siendo alcanzados por el mismo desorden que los llevó al poder.

LT