OPINIóN
Más vicios, ya sin épica

El insulto que ya no entusiasma

El presidente “reactiva el locus emocional del ‘no odiamos lo suficiente’” mientras los “armadores” políticos buscan candidatos entre streamers, divulgadores pastorales, presidentes de clubes, empresarios, “outsiders buenos en el ‘saber comunicar’ y sin experiencia en crear los consensos necesarios”.

Javier Milei en el Congreso
Sesión de diputados del 29 de abril. | AFP

Octubre de 2023 fue un rechazo contundente a la clase política tradicional, esa que nos degradaba y ofendía cuando festejaba cumpleaños en plena pandemia o se paseaba en yates de lujo por las playas europeas. Tal como dice Eric Sadin, el afecto humano más visceral que se desencadena cuando nos sentimos humillados y despreciados es la ira.

Fue Milei quien le puso nombre a esa dirigencia política: la casta. Y fue Milei quién personificó, escenificó y encarnó esa ira, ese locus emocional dominante, para lograr así la movilización electoral que posibilitó su victoria. Las formas respetuosas de convivencia política se hicieron a un lado. Frustrados y cegados de rabia desatamos nuestra furia. Nos sentimos con el derecho de vomitar agravios porque era el momento de la revancha contra los políticos de siempre. El insulto nos hiperestimuló. El insulto nos entusiasmó. El insulto nos consoló.

En el frenesí inicial de los dos primeros años, el gobierno se anotó algunos triunfos significativos, el más importante de ellos fue hacer comprensible a toda la sociedad el mensaje inicial de su gestión “no hay plata”. Ello le valió el apoyo en las elecciones de 2025.

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Una centroizquierda tartamuda

Sin embargo, las altas expectativas que los discursos desmesurados generaron comienzan a derrumbarse. Ya entrado el tercer año de gestión, el plan de gobierno muestra notables fallas y las dudas comienzan a filtrarse en las conversaciones cotidianas. Los bolsillos de los argentinos no sienten que su esfuerzo este valiendo la pena. La inflación y el miedo a perder el trabajo se hacen presentes nuevamente. En tales circunstancias, la corrupción de los propios -la de los Adorni, la de 3% de Karina, la del caso Libra- despierta los cuestionamientos al gobierno.

El acierto más importante del gobierno fue hacer comprensible a toda la sociedad el mensaje inicial de su gestión 'no hay plata'; pero la inflación y el miedo a perder el trabajo se hacen presentes nuevamente"

Para escapar de esta situación incómoda y molesta, en la cual no hay respuestas racionales validas, Milei busca agitar nuevamente a la sociedad para reubicar su atención en sus “enemigos”. Para ello reactiva el locus emocional del “no odiamos lo suficiente”: de los ya conocidos kukas, zurdos, castas, ahora las figuras merecedoras de odio son los empresarios y los periodistas. A través del sostenimiento de la confrontación en el espacio público se quiere retomar la completa identificación emocional negativa hacia “ellos”que, en la cabeza de Milei, atentan contra su gobierno.

Pero el entusiasmo de esos insultos –que sostuvieron la excitación inicial de la “épica” de gobierno en 2023- comienzan a desvanecerse. Ya no contagian euforia, ya no movilizan como antes porque, aunque en el gobierno repitan “no somos lo mismo”, se parecen mucho: los mismos vicios y las mismas ineptitudes de la casta.

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De la clase política argentina se espera poco y nada; por sus faltas pasadas, sus incumplimientos presentes y, sobre todo, su incapacidad de crear y hacernos creer en un futuro mejor. Es la crisis de representación que se agudiza día a día.

Tal es así que, en vistas del 2027 y ante la mala situación del gobierno y la pésima imagen de la oposición, los “armadores” políticos salieron a buscar candidatos en los más diversos ámbitos o espacios: streamers, divulgadores pastorales, presidentes de clubes, empresarios, todos outsiders, buenos en el “saber comunicar” y faltos de experiencia en el barro de crear los consensos necesarios que toda construcción política demanda.

Mientras tanto, la sociedad argentina transita sus días en la desilusión, atravesada por la sensación de que nada va a cambiar, un estado de desánimo y de angustia permanente. Una situación en la cual el insulto ya no entusiasma ni consuela. En vistas de que no aparece quién pueda capitalizar este desencanto, el gran interrogante es ¿hacia dónde y cómo dirigirá la sociedad todo ese sentimiento de frustración?