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OPINIóN / Trump, Bannon, Bolsonaro
domingo 28 junio, 2020

El peligro de la violencia blanca

La moderna ultraderecha se inclina cada vez más hacia las expresiones de violencia real. Líderes autoritarios y fundamentalismos de diversos signos, todos peligrosos.

Aldo Duzdevich*

Armas y antorchas. En Estados Unidos, el grupo Boogaloo, armados hasta los dientes, salieron a las calles para criticar la cuarentena y apoyar a Trump. Foto: afp

Algunos (no todos) de quienes estuvimos cerca de la violencia en los 70 tenemos animadversión y disgusto por los fundamentalismos. Sabemos del poder del lenguaje bélico. De la facilidad con la cual jóvenes incapaces de dañar a nadie, vía el poder del lenguaje, pasan a manipular un arma. Hay fundamentalismos de diversos signos y todos son peligrosos. En esta nota voy a referirme al nuevo peligro que se cierne sobre el continente, las propuestas violentas de la moderna ultraderecha. 

Papel higiénico y armas. Cuando estalló la crisis del Covid, pudimos ver al público norteamericano agolpándose en las tiendas para acaparar papel higiénico y comprar armas. Lo del papel higiénico no sería grave, y escapa a mi comprensión intelectual. Hasta donde sé, el Covid produce tos, no diarrea. Pero lo de las armas ya tiene otros significados. En un país donde la libertad individual y la propiedad privada están por encima de todo, tener armas para defender ambas cosas parece normal. Se calcula que hay 310 millones de armas en manos civiles. La palabra “pandemia” disparó uno de los temores más difundidos a fuerza de Netflix y pochoclos: la invasión zombie. No es extraño que en esta sociedad surja el temor de verse invadidos por miles de infectados de Covid vagando por las calles, intentando ingresar a viviendas y comercios. Entonces la única defensa sería ametrallarlos en el porche de su casa como vieron en la última película. 

El guerracivilismo en EE.UU. Existe una larga tradición en Estados Unidos de fuerzas en la ultraderecha que llaman a prepararse para un conflicto armado o para el colapso del Estado en el propio suelo estadounidense. La corriente que inspira a las milicias es el libertarismo y una profunda desconfianza hacia el gobierno federal, junto con los valores “tradicionales” del conservadurismo cristiano evangelista y el rechazo al proceso de globalización económica.

En los 80 tuvo auge un movimiento conocido como survivalismo, con autores y publicaciones que llamaban a prepararse para un futuro posapocalíptico.

Algunos estudios dicen que en Estados Unidos hay unos 620 grupos de extrema derecha, y unas 165 milicias que serían sus brazos armados

En 1991 el pastor televisivo Pat Robertson presento su libro El nuevo orden mundial. El gobierno de los Estados Unidos sería en realidad el ZOG (Zionist Occupation Government) al servicio de las elites financieras globales. Llegado el momento, las tropas rusas escondidas por el gobierno de Washington en bases secretas tomarían el control del país y conducirían a los opositores a campos de exterminio gestionados por la agencia de emergencias. 

Los años 90 serían una época de proliferación de milicias armadas en Estados Unidos. Se visten con uniformes de combate y portan armas de uso militar. Sus grupos tienen nombres como Oath Keepers (Custodios del Juramento), Three Percenters (Los Tres por Ciento) y Posse Comitatus (Fuerza del Condado). Para entrenarse realizan asaltos e incursiones en recintos simulados con municiones reales.

Algunos estudios dicen que hay unos 620 grupos de extrema derecha y unas 165 milicias que serían su brazo armado. Algunos tienen decenas de seguidores, otros, como el llamado Three Percenters, cuentan con unos 10 mil miembros.

El grupo más reciente es el Boogaloo, que surgió hace menos de tres años en foros de la deep-web como 4chan y Reddit. Se definen “antisistema”. Lucen camisas hawaianas, estética militar y armas de gran porte. Un vocero expresa: “Podría resumirse en que somos ciudadanos cansados de un gobierno que va demasiado lejos, extralimitándose con los ciudadanos”. No tienen una ideología definida, los une su amor por las armas. Algunas consignas comunes son: “Libertad de expresión”, “No a la limitación de las armas de fuego”, “Derecho a la privacidad”, “Reducir el Estado”, “Reducir impuestos”, “Legalización de las drogas”. La filosofía del Boogaloo se podría resumir en volver a la comunidad primitiva, a una especie de sociedad anarco-capitalista en la que predomina el individuo sobre el colectivo.

Consideran que las medidas sanitarias de confinamiento son una violación a sus derechos y aprovechan la molestia del público para aglutinar y atraer nuevos seguidores a su causa.

El pasado 30 de abril miembros de la Milicia Liberty con sus armas y el rostro parcialmente cubierto invadieron una sesión de la Legislatura de Michigan para exigir el levantamiento de la cuarentena. El líder republicano en el Senado estatal se refirió a los participantes como “un grupo de imbéciles” que “utilizaron la intimidación y la amenaza de daños físicos para despertar el miedo y alimentar el rencor”. En cambio el presidente Donald Trump calificó a los manifestantes como “muy buenas personas” e instó a la gobernadora demócrata, Gretchen Whitmer, a “llegar a un acuerdo”.

Si bien estos grupos armados son minoritarios, sus opiniones están llegando a una audiencia más amplia gracias a líderes del movimiento Alt-Right como Richard Spencer y Steve Bannon, quienes han retomado su visión de la historia como una batalla cíclica entre los “hijos de luz” y los “hijos de la oscuridad”. Por supuesto Trump lidera a los “hijos de la luz”. Y como prueba de ello Donald se fotografía con una Biblia en alto. Obviamente nadie cree que Trump, cuya su vida ha transcurrido entre negocios opacos y prostíbulos de lujo, haya leído alguna vez la Biblia, pero eso no tiene importancia si puede encarnar bien el relato. Y mal no le va. 

“No hay libertad sin el pueblo armado”. Si estuviéramos en los 70 diríamos que esa frase pertenece al montonero Mario Firmenich o al líder del ERP Roby Santucho. Pero no. Es de 2020 y la pronunció el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro; la dijo en la reunión de gabinete del pasado 22 de abril, cuyo video fue dado a conocer por la Corte Suprema de Justicia. Ahora, si Bolsonaro es el presidente que además cuenta con el apoyo irrestricto de las fuerzas armadas, ¿contra quién debería armarse el pueblo? Haciendo eje en el negacionismo de la pandemia, los enemigos de Bolsonaro son los gobernadores estaduales, muchos de su propia fuerza política, que toman medidas de confinamiento que “perjudican la economía”. 

Las milicias de atacaron a enfermeras que participaban en Brasilia en un homenaje a sus 55 colegas fallecidas por el Covid-19

Las milicias de Bolsonaro, por ejemplo en Brasilia, atacaron a enfermeras que participaban en un homenaje a sus 55 colegas fallecidas por causa del Covid-19, acusándolas de mentirosas. Otros acamparon armados frente a la Corte Suprema para oponerse a las medidas judiciales tomadas contra los amigos y familiares de Bolsonaro. Hace pocos días “Mito” convocó a sus milicianos a invadir con cámaras de fotos los hospitales para mostrar que están vacíos y que el Covid es solo una patraña en su contra. 

Hay un tipo de milicias en Brasil, extendidas por doce estados, que no son una creación de Bolsonaro. Las componen miembros retirados o en actividad de fuerzas de seguridad. Nacieron como una suerte de autodefensas barriales contra los narcos. Pero con el tiempo se convirtieron en un poder paralelo al Estado y tan peligroso como los narcos. Bolsonaro en 2008, siendo diputado, las defendía y aseguraba que las milicias eran necesarias. Son probados y muy visibles los vínculos de su hijo Flavio con las milicias de Río, que además fueron responsables del asesinato de la concejal Marielle Franco. Estas milicias no responden a una ideología política, sino más bien a intereses de negocios. Vienen desde el gobierno de Cardoso y se mantuvieron con Lula y Dilma. Y van a responder a Bolsonaro mientras mantengan su alianza mafiosa. 

Pero más cercanos a los antisistema Boogaloo son los 300 de Brasil (en analogía a los 300 espartanos). Aparece como su vocera Sara Giromini, que se hace llamar Sara Winter (por una espía nazi). Esta joven de 27 años encabezó una protesta contra la Corte, de noche, con máscaras y antorchas, con una estética muy similar a la del Ku Klux Klan. “Estamos preparados para dar la vida por la nación, y nuestras armas son la fe en Dios, la esperanza en este gobierno y los métodos de acción no violenta”, dijo recientemente a la BBC. Ahora se define como “provida, pro Dios, proarmas’, pero la joven Winter no siempre fue así. Durante un tiempo formó parte del grupo feminista ucraniano Femen. No dudaba en escribirse “Fora Bolsonaro” en los pechos y llegó a “castrar” un muñeco del entonces diputado, conocido por sus provocaciones machistas. Hoy está presa en la cárcel de mujeres, lo que seguramente aumentará su aura de heroína de la ultraderecha. 

Crucifijo y Biblia contra Evo. El golpe destituyente a Evo Morales tuvo un actor principal que fueron los comités cívicos, integrados por políticos, empresarios, dirigentes barriales y universitarios. Estos grupos participaron de una suerte de insurrección violenta que sitió poblaciones y fue creando el clima de inestabilidad para el golpe. Los jóvenes universitarios tuvieron un activo protagonismo en las revueltas, incluso encabezando el asalto a las viviendas de los dirigentes del MAS. 

Al estilo de las purgas fascistas de Mussolini, la alcaldesa de la ciudad de Vinto (vecina de Cochabamba), Patricia Arce, fue perseguida y derribada por un grupo de jóvenes, quienes después de obligarla a caminar descalza le echaron pintura en la cabeza y le cortaron el cabello.

El líder de las protestas fue Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, rápidamente mencionado como el Bolsonaro boliviano. De fuertes vínculos con las sectas evangélicas, ingresó al Palacio de Gobierno de La Paz y depositó allí una Biblia, pocos minutos antes del anuncio de dimisión de Evo.

En Argentina, por ahora, solo discursos de guerra. Lejos quedó aquel tiempo en el que las musas revolucionarias navegaban en las canciones de Quilapayún, Daniel Viglietti y Los Olimareños. Hoy las versiones antisistema navegan por la deep-web, la internet profunda a la que solo ingresan los iniciados. Viejas ideologías conservadoras vienen envasadas en “memes”, videos de YouTube o “tik-tok”; llegan y se diseminan por senderos tan ocultos como los de la selva boliviana. 

En el clima de ansiedad e incertidumbre que crea la pandemia ha empezado a instalarse fuertemente en las redes el discurso tipo Bannon. El 20 de junio en Twitter fue trending topic la sigla NOM (Nuevo Orden Mundial). Esto que mencioné antes, una ficción creada en 1991 por el pastor Pat Robertson en EE.UU., del cual probablemente usted, como yo, jamás había escuchado hablar. El “gobierno de la oscuridad”, las elites, Soros, Bill Gates y el 5G, son todas teorías conspirativas que pueden afectar alguna cabeza y llevarlo a estrellarse con un auto contra el portón de la embajada China. Pero a esto se le mezclan discursos para nada inocentes de algunos periodistas difusores de mensajes del odio y mediáticos economistas. Por caso el de Miguel Boggiano que tuiteó “La gente del campo debería armarse y poner francotiradores para defender la propiedad privada”. De allí a proponer la Liberty Milicia no hay mucha distancia. Por suerte en nuestro país las armas no son de venta libre. Pero el “magma del odio” que le preocupa al papa Francisco derrama en nuestra sociedad al igual que en el resto del mundo. Cuando una decena de jóvenes son capaces de matar a patadas a otro joven al grito de “negrito de mierda”, es tanto o más grave que el caso del policía que con su rodilla segó la vida de George Floyd en Minneapolis. 

Los extremismos interpelan a los perdedores de la globalización. Culpan a un enemigo común de todos los males

Pero cuidado, no podemos quedarnos solo en la descripción de las consecuencias. Como bien explica Gonzalo Fiore Viani en su reciente libro Crónicas sobre el populismo de ultraderecha: “Lo cierto es que mientras el progresismo parece hablarle solo a las minorías, incorporando un discurso que tiene más que ver con la clase media urbana, sobreeducada y, paradójicamente, mayoritariamente blanca, Salvini, Le Pen, Orbán, Kurz, o –fuera de Europa– Trump buscan interpelar a un actor político que parecía patrimonio del siglo XX: el trabajador, específicamente el desempleado, muchas veces debido a que su ámbito laboral se trasladó a algún país con mano de obra más barata. (...) Es innegable que, en los últimos años, la extrema derecha ha logrado volver a ser cool para algunos sectores de la juventud. Recuperando incluso el elemento dinámico y antisistema del fascismo original. (...) Los extremismos logran interpelar de manera eficaz a los perdedores de la globalización. Captan el descontento con un discurso que arremete contra lo ‘políticamente correcto’, identificando a un enemigo común como culpable de todos sus males”. 

Pero bueno, este análisis sobre las causas del avance de la ultraderecha en América y en Europa debería ser motivo de una próxima nota.

 

*Autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Peron.


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