Desde el aceleramiento técnico que empezó hace dos siglos, muchas veces el hombre se tentó a decir que “esta vez” sí la historia iba a cambiar para siempre. Que aquel último invento iba a modificar el rumbo de la humanidad. Saltos como la energía a vapor, la corriente alterna, la radiodifusión, internet, entre otros, son sin dudas transformaciones tan profundas que ya forman parte de nuestra intuición de vida más básica, como el ejemplo de Borges de los camellos en el Corán.
La inteligencia artificial -y las vidas no biológicas- parece que finalmente sí podrá dar cuerpo a esa sentencia. En el pasado, una persona millonaria podía comprar lo que quisiera en su vida, menos dos cosas: tiempo y conocimiento. Hoy, por lo menos una de ellas ya es asequible para gran parte de la humanidad: el conocimiento.
Y esto es así porque lo hemos exteriorizado en una herramienta que es mejor que nosotros en todos los aspectos que nos podamos imaginar. Nos supera en cálculo matemático, en conocimiento de la historia, en diseño industrial, en el arte culinario, en edición de textos, en programación informática, etcétera, etcétera, etcétera.
En los próximos años veremos un avance impresionantemente veloz de la robótica física, para darle cuerpo a ese cerebro interconectado e inacabable. Ese será el mercado más expansivo del futuro cercano. Es decir, llevar a la vida material concreta lo que ya está disponible en la conversación con un modelo de IA en la nube.
Quién será mi nuevo gurú
Hace un siglo, sentado en una chirriante silla de madera, bajo el ala de una galería exterior, mirando el campo sembrado, el viejo campesino observaba el tiempo transcurrir y podía decirse que sabía lo que iba a pasar, más por viejo que por diablo.
Sabía que el clima se iba a enrarecer porque conocía esas nubes en el Este, imaginaba que su nieto iba a terminar haciendo pareja con la jovencita del campo de al lado con quien jugaba diariamente, anticipaba el volumen de la cosecha mirando el polvo volar y calculando la sequía que se acumulaba en la tierra. Su conocimiento estaba en su experiencia acumulada. Y eso explicaba por qué a los ancianos se los consideraba sabios en todas las culturas pre-industriales.
Algo parecido pasa con el pediatra de mis hijos. Confío en que estudió un montón para obtener su título y que realmente sabe de lo que habla y puede identificar síntomas. Pero también busco que tenga experiencia, porque no hay nada como estar 10, 15 o 20 años en un consultorio viendo pasar niños todos los días con todos los tipos de tos imaginables. Sé que ese saber es técnico, pero sobre todo acumulado, experiencial.
Sucede que ahora hay una inteligencia no humana que no requiere generaciones para perfeccionarse, sino que sabe más que el viejo en la silla o el pediatra en el consultorio. Una IA global e interconectada que puede leer condiciones climáticas, evaluar métricas del suelo, acceder a cantidad de lluvias acumuladas en el ciclo, y darme estimaciones precisas de cómo será el rinde de ese suelo y qué chances hay de que una tormenta se lleve puesta mi cosecha.
Todo al alcance de cualquier mano, con apenas un par de preguntas acertadas. Y lo mismo para cualquier campo de la medicina, como para casi cualquier otro campo humano.
En resumen… antes el conocimiento era un valor técnico caro, que las empresas compraban pagando salarios altos y que las personas buscaban formándose o estudiando sus áreas de expertise durante toda su vida. Hoy el conocimiento es un commodity, es un bien adquirible por unos pocos dólares.
Por ahora seguimos imaginando cómo se podrán construir puentes más armónicos entre ese gran cerebro artificial y el cerebro de la humanidad. Cómo haremos para aprovechar al máximo esa inteligencia; ¿será con un chip introducido en la cabeza para darnos letra cuando la necesitamos?
Pero lo que irá ganando espacio, posiblemente, será cómo hacemos para construir cuerpos sintéticos más armónicos para dotar a esa gran fuente de saber de una materialidad astuta, con motricidad fina, con capacidad de interacción fluida. En otras palabras: cómo construimos humanoides que usen esa IA para asistirnos y acompañarnos en nuestras múltiples necesidades.
Ya no tenemos el monopolio de la cultura
Otro ser generará cultura. Aquello que durante 200 mil años nos diferenció del resto del mundo animal ya no será patrimonio exclusivo de la humanidad.
En la primera mitad de la década de 1940, el neomarxismo alemán -en la voz de Max Horkheimer y Theodor Adorno- denunció la creciente tendencia a la “fabricación” masiva de cultura para el consumo popular. Lo llamaron "industria cultural" (Kulturindustrie), ya exiliados del nazismo, desde las entrañas del monstruo: se habían mudado a Estados Unidos donde pudieron continuar con su Instituto de Investigación Social.
En ese entonces era inconcebible para muchos teóricos que la cultura (como expresión de un sentir, vivir o pensar del pueblo) pudiera ser estandarizada y producida en masa, para venderse como cualquier otro bien, como si uno fuera a comprar un kilo de pan y de paso tres canciones nuevas.
Con el tiempo, esa estandarización y pseudoindividualización se transformaron en el fundamento de cualquier algoritmo de social media, y ya nadie parece alterarse por la existencia de monopolios culturales que producen bienes a escala, midiendo reacciones minuto a minuto y creando por ejemplo canciones con combinaciones que les den un share más alto.
Algo parecido está pasando con la IA. Para muchos pensadores, un texto escrito por una inteligencia artificial no puede ser parte de la cultura. Eso no es un acto cultural, aducen. Una foto creada en un chat no es lo mismo que una foto o un dibujo creado por un humano.
Sin ánimo de zanjar este debate, sí en cambio es posible afirmar que esos “productos”, esos textos en su sentido más general (como dispositivo generador de sentido), ya forman parte de nuestra cultura. Ya circulan en nuestras sociedades, generando reacciones, emociones, acumulando memorias, traccionando acciones, influenciándonos.
Ya sea que los llamemos cultura o que inventemos otros nombres, el dato sociológico más gravitante es que el monopolio humano de generación de sentido social a partir de producciones tangibles ya no existe.
Hoy hay investigaciones sobre la posible conciencia de los modelos de inteligencia artificial, con hallazgos como los que publicó Anthropic bajo el nombre de J-space, en el que se detectan patrones internos que representan aquello que el modelo "tiene en mente". Pero cómo, ¿el modelo piensa?, ¿tiene algo en mente?
En términos más técnicos, encontraron una capa funcional de la conciencia de la IA, que se puede medir, intervenir y entrenar (y manipular). Incluso, así como los humanos son sensibles a la audiencia con la que interactúan, la IA también se adapta y “razona” pensando en el otro que está frente a sí.
Si son conscientes o si tienen capacidad de generar cultura es una pregunta que no estamos aún listos para responder. Sabemos que si la consciencia es traducible en una combinación química del cerebro, entonces no va a faltar tiempo hasta que se les pueda adjudicar esa capacidad.
Pero si hay algo intrínseco al ser humano, casi metafísicamente, la pregunta sobre la conciencia permanecerá abierta. ¿Qué evidencia estaríamos dispuestos a aceptar como respuesta? ¿Aceptaríamos que esa evidencia puede venir de la propia IA cuestionándose a sí misma?
El mero hecho de estar reflexionando sobre otro ser, sintético, que puede dialogar con nosotros y producir un bien cultural que impacta en nuestro entorno, ya nos permite imaginar que este cambio tendrá igual o mucho mayor dimensión que los otros que transformaron la humanidad. Así que, esta vez sí, la IA cambiará la historia para siempre. A prepararse para ello.