OPINIóN
Fútbol y poder

La desquiciada Argentina, entre el blindaje judicial a Tapia y el arte de desmentir barbaridades

Protección en la Justicia, batallas contra idioteces de las redes y una búsqueda de impunidad que demuestra cómo las miserias de la corte isabelina siguen intactas en la Argentina de hoy.

Chiqui Tapia
Chiqui Tapia | CEDOC

Estimadísimos amigos, en la Argentina las cosas han alcanzado un nivel de distorsión verdaderamente fascinante. Vivimos en un ecosistema donde las derivaciones disparatadas no solo son la regla, sino que se transforman en doctrina.

A propósito del reciente fallo de la Cámara de Casación —que convenientemente confirmó al juez amigo de todo este entramado para dormir la causa—, el presidente de la AFA, Claudio "Chiqui" Tapia, hoy cuenta con una indiscutible protección judicial. Lo que en su origen debió ser una investigación y una persecución judicial absolutamente apropiada y rigurosa sobre los manejos de la dirigencia, se ha vuelto exactamente lo contrario: un manto de impunidad institucionalizado.

Con este blindaje en el bolsillo, Tapia reapareció en las últimas horas publicando una carta furibunda. Allí denunció que durante un mes existió una “campaña miserable” destinada a instalar que la Selección Argentina de fútbol “se había entregado”.

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A mí siempre me ha interesado el fenómeno de la gente que se dedica con fervor a desmentir cosas que jamás ocurrieron. Es una categoría psicológica y política maravillosa: uno puede enojarse con un énfasis arrollador, aclarar con elocuencia y dar un portazo frente a una estupidez que solo existió en la cabeza de tres fanáticos o en la ingeniería deliberada del propio sistema.

Algún idiota habrá dicho en una red social que la Selección entregó un partido. Pero cuando un idiota dice una idiotez, la clase de tipos como Tapia —potenciados infinitamente por la lógica perversa de los algoritmos— la toman para victimizarse. Tapia probablemente crea que existió una conspiración internacional antiargentina, una fe delirante que comparte con el presidente Javier Milei, quien ayer también revisó el asunto y se puso firme a denunciar la "operación miserable". Un gran y articulado disparate colectivo.

Todo esto ocurre mientras termino de preparar, a pedido de mi equipo, un trabajo especial sobre la vigencia de William Shakespeare. Tras visitar Stratford-upon-Avon —la ciudad donde el dramaturgo nació y murió—, me encontré con un universo político fascinante. Al revisar sus obras escritas hace 500 años, como Hamlet, uno descubre que las pasiones humanas, las paranoias autoinducidas y las miserias de la impunidad del poder no han cambiado absolutamente nada. De la corte isabelina a los pasillos del fútbol y la política argentina, el teatro del absurdo sigue siendo exactamente el mismo.

MEG / EM