OPINIóN
ANÁLISIS

La energía como motor de las exportaciones argentinas: de promesa a realidad

Durante años, la energía fue presentada como una promesa de futuro. Los datos muestran que empieza a convertirse en una realidad del presente.

Comercio Exterior - Cierre Aduana Córdoba
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Durante décadas, la economía argentina vivió pendiente del clima. Una lluvia a tiempo, una sequía inesperada o una caída en los precios internacionales de los granos podían alterar el ingreso de divisas, las reservas del Banco Central y hasta las perspectivas de crecimiento.

La historia económica reciente estuvo marcada por esa dependencia. Por eso, el dato conocido días atrás sobre el comercio exterior argentino trasciende ampliamente las estadísticas mensuales: revela que algo más profundo está comenzando a cambiar.

En mayo, Argentina registró el mayor superávit comercial de su historia reciente. El saldo positivo alcanzó los US$3504 millones, impulsado por exportaciones récord de US$9537 millones. Pero lo verdaderamente relevante no es la magnitud del resultado, sino los factores que explican. Esta vez, el sector energético, junto al agro, también tuvo un papel muy relevante.

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El boom exportador sostiene la recuperación económica, pero el desafío sigue siendo el empleo

Las exportaciones energéticas alcanzaron los US$1745 millones, un salto interanual superior al 167%, mientras que el superávit del sector llegó a US$1543 millones. Dicho de otro modo, casi la mitad del saldo comercial positivo generado por el país durante mayo provino de la energía.

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La historia económica reciente estuvo marcada por la dependencia del clima asociada a la productividad del campo.

No se trata simplemente de un buen mes para una industria determinada. Es la evidencia de que Argentina está empezando a modificar una de las características más persistentes de su estructura económica.

Durante años, el país convivió con la paradoja de poseer enormes recursos energéticos y, al mismo tiempo, enfrentar recurrentes déficits en el sector. En distintas etapas fue necesario importar combustibles, destinar miles de millones de dólares a cubrir faltantes y resignar divisas que escaseaban por otras vías. Hoy el escenario parece invertirse. La energía dejó de ser un problema para transformarse en una de las principales soluciones.

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Lo más interesante es que este fenómeno ocurre en un contexto donde el resto de la economía todavía busca consolidar una recuperación sostenida. Mientras algunos sectores avanzan a velocidades moderadas y otros continúan atravesando procesos de ajuste, la energía exhibe una dinámica propia, con capacidad de generar dólares genuinos, atraer inversiones y mejorar la posición externa del país.

Los números acumulados del año refuerzan esa percepción. Entre enero y mayo, el superávit comercial argentino alcanzó los US$11.783 millones, prácticamente US$10.000 millones más que en igual período de 2025.

En apenas 5 meses, se logró un saldo similar al obtenido durante todo el año pasado. La explicación excede cualquier circunstancia coyuntural: detrás de esos resultados aparece un cambio estructural en la composición de las exportaciones argentinas.

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Sin embargo, toda transformación de esta magnitud abre nuevas preguntas. La experiencia internacional muestra que los recursos naturales pueden convertirse tanto en una plataforma para el desarrollo como en una fuente de dependencia excesiva. La diferencia suele radicar en la capacidad de convertir esa riqueza en inversiones productivas, infraestructura, innovación y competitividad para el resto de la economía.

La discusión, por lo tanto, ya no pasa únicamente por cuánto petróleo o gas puede producir Argentina. El desafío consiste en determinar qué hará el país con la oportunidad que esa
producción genera.
Porque los dólares que ingresan por exportaciones energéticas pueden servir para estabilizar la macroeconomía, pero también para financiar un proceso más
amplio de crecimiento y transformación productiva.

Por eso, el récord comercial de mayo merece una lectura que vaya más allá del entusiasmo estadístico. Los números son importantes, pero la verdadera noticia es otra: la Argentina
parece estar asistiendo al nacimiento de un nuevo motor exportador. Uno capaz de complementar, y en algunos momentos incluso superar, el protagonismo histórico del agro.
Durante años, la energía fue presentada como una promesa de futuro. Los datos muestran que empieza a convertirse en una realidad del presente. Y quizás allí radique la principal
novedad económica de esta etapa: por primera vez en mucho tiempo, el país cuenta con una fuente adicional de generación de divisas con potencial suficiente para alterar su mapa
productivo y sus perspectivas de desarrollo.

Todavía es temprano para saber hasta dónde llegará esa transformación. Pero los resultados de mayo sugieren que la discusión ya no gira en torno a si la energía puede cambiar la economía argentina. La pregunta relevante es cuánto está cambiándola ya.

(*) Ezequiel García Corado es especialista en comercio exterior.