OPINIóN
ANIVERSARIO

La herida de América Latina

A cien años del nacimiento de Fidel Castro, el autor analiza el impacto del castrismo como una perversión política y cultural en América Latina, e insta a consolidar una alianza hemisférica para derrotar de forma definitiva su legado autoritario.

fidel castro
Fidel Castro | AFP

A cien años del nacimiento de Fidel Castro, América Latina debería haber terminado con una de las mayores imposturas de su historia. El castrismo fue, y su herencia continúa siendo, un lastre político, criminal y cultural que durante más de seis décadas atacó el orden republicano, legitimó la violencia revolucionaria y convirtió la dictadura en una causa aparentemente honorable para la izquierda continental.

El régimen cubano persiguió opositores, encarceló disidentes, fusiló enemigos, censuró periodistas, eliminó la competencia electoral y condenó al exilio a generaciones enteras. Fidel y Raúl Castro no fueron guerrilleros románticos: construyeron deliberadamente una tiranía y luego procuraron exportarla al resto del continente.

Cuba no se limitó a imponer el comunismo sobre su propio pueblo. Convirtió la subversión revolucionaria en instrumento de política exterior. Promovió, entrenó y apoyó movimientos armados que pretendieron conquistar el poder y destruir el orden republicano en distintos países de la región.

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Existe una verdad incómoda para quienes todavía conservan estampitas del Che Guevara: los guerrilleros que decían luchar por los trabajadores también asesinaron trabajadores. Mataron sindicalistas, policías, militares, empresarios y civiles. Secuestraron, pusieron bombas, ejecutaron personas y pretendieron imponer mediante el terror un proyecto totalitario que la sociedad argentina jamás eligió. No fue militancia apasionada. Fue terrorismo.

Nada de esto disminuye un milímetro la condena absoluta al terrorismo de Estado posterior. La democracia argentina debe sostener las dos verdades sin complejos ni indulgencias: nunca más terrorismo de Estado y nunca más terrorismo revolucionario. Una víctima no vale más o menos según la ideología de su asesino, y ningún crimen cometido por la guerrilla puede ser moralmente absuelto por la retórica revolucionaria.

El verdadero problema

El daño más profundo del castrismo no fueron solamente las armas. Fue la perversión cultural de América Latina. Instaló una aberración moral: que una dictadura podía resultar tolerable siempre que se proclamara de izquierda. La censura pasó a llamarse defensa de la Revolución; la persecución política, justicia popular; el partido único, poder del pueblo; el fracaso económico, resistencia heroica; y el fusilamiento del adversario, justicia revolucionaria.

Intelectuales, profesores, periodistas, artistas y dirigentes latinoamericanos terminaron defendiendo desde sociedades democráticas un sistema bajo el cual ellos mismos habrían sido silenciados por cuestionar públicamente al poder.

El castrismo consiguió algo extraordinariamente perverso: convertir al victimario en símbolo romántico y presentar el totalitarismo como una forma de sensibilidad social. Ese fue su verdadero veneno. Y todavía circula.

Cambiaron el método, no la matriz

La caída de la Unión Soviética modificó el escenario, pero no la ambición de poder. Cuando el fusil perdió viabilidad como vía para conquistar América Latina, aparecieron nuevas formas de articulación política. Llegó el Foro de São Paulo. Después Hugo Chávez y el llamado Socialismo del Siglo XXI. Más tarde, nuevas estructuras regionales como el Grupo de Puebla.

Ese es el escándalo histórico. Cambian las siglas, los candidatos y las consignas. Desaparece el uniforme verde oliva y aparecen los trajes, las campañas profesionales, las universidades, los organismos internacionales y los discursos sobre derechos humanos. Pero frente a Cuba siempre llega la excusa, frente a Venezuela la relativización y frente a Nicaragua el silencio.

El problema, entonces, no son solamente Castro, Chávez, Maduro u Ortega. Es también la enorme estructura política, intelectual, universitaria, sindical y cultural que durante décadas fabricó justificaciones para ellos. El socialismo latinoamericano degeneró en algo todavía más peligroso: su convivencia con la corrupción estructural, el crimen organizado y el narcotráfico. Venezuela muestra hasta dónde puede llegar esa degradación.

Ya no estamos ante la vieja postal propagandística del revolucionario romántico. Estamos ante algo mucho más oscuro: Estados degradados en los que soberanía, ideología y aparatos de seguridad pueden terminar convertidos en instrumentos de supervivencia de estructuras políticas corruptas y criminalizadas.

Es el maridaje más siniestro de nuestra historia reciente: ideología para justificar el poder, corrupción para conservarlo y narcotráfico para financiarlo. Y todavía existen dirigentes y partidos latinoamericanos, Argentina incluida, incapaces de condenar sin reservas a los regímenes que protagonizaron esa degradación.

El Escudo de las Américas y la Doctrina Monroe

Esta historia no tiene por qué terminar en otra derrota. Con Donald Trump liderando nuevamente a los Estados Unidos y con figuras como Marco Rubio y Peter Lamelas, cuyas historias familiares están atravesadas por la experiencia cubana, existe una oportunidad estratégica para recuperar la seguridad hemisférica como prioridad política.

Para ellos, el castrismo no es literatura, una fotografía del Che Guevara ni folklore universitario: es memoria familiar. Para ellos, a esto se lo contiene, se lo enfrenta y se lo derrota políticamente. Por eso la Doctrina Monroe exige una lectura para el siglo XXI, la de una alianza soberana de las repúblicas libres para impedir el avance del narcoterrorismo, el crimen transnacional y las potencias autoritarias extracontinentales.

Sobre esa base debemos consolidar un verdadero Escudo de las Américas: una alianza geopolítica, defensiva y de Seguridad Nacional entre las naciones libres del continente.

La verdadera soberanía no consiste en invocar la no intervención para proteger tiranías, sino en garantizar que nuestras repúblicas tengan capacidad real para defender sus instituciones, sus fronteras, sus recursos estratégicos y sus ciudadanos.

Argentina debe participar de esa arquitectura como aliada soberana de los Estados Unidos, nunca como subordinada. Nuestra Seguridad Nacional no termina en la frontera y aquello que destruye una república vecina tarde o temprano amenaza a toda la región. En esa batalla, la Argentina no puede volver a ser neutral

La derecha latinoamericana cedió durante décadas a la izquierda palabras que jamás le pertenecieron: Trabajo, Pueblo, Industria, Soberanía, Justicia Social, Familia y Comunidad. Hay que recuperarlas.

El gran fraude histórico fue convencernos de que amar al trabajador, defender la industria nacional, valorar la comunidad y reclamar justicia social conducían necesariamente al socialismo. No le pertenecen. Nunca le pertenecieron. La libertad también es del obrero. La propiedad también pertenece al trabajador. La patria también pertenece al hombre o la mujer que quiere producir, ahorrar, formar una familia y progresar sin pedirle permiso al Estado.

Defender al humilde no significa condenarlo al estatismo. Defender al trabajador no exige destruir al empresario. Defender la industria no significa cerrar la economía. Defender la justicia social no exige sacrificar la libertad. Una derecha que abandona al trabajador termina regalándole el pueblo a quienes después utilizan su nombre para destruir la libertad.

Sin indulgencia histórica

Cuando muera Raúl Castro volveremos a escuchar la liturgia habitual sobre el "líder controversial", la "figura histórica" o el "último comandante". No habrá obligación de rendirle tributo. La historia no tiene obligación de ser cortés.

Raúl Castro fue uno de los principales constructores y conductores de una dictadura responsable de persecución política, encarcelamientos, fusilamientos y décadas de ausencia de democracia. La compasión ante la muerte de un anciano no obliga a falsificar su historia. A cien años del nacimiento de Fidel Castro, América Latina no tiene ninguna obligación de reconciliarse con su legado. Tiene la obligación de derrotarlo.

No mediante persecuciones, censura ni violencia, sino mediante aquello que el castrismo negó durante su existencia: elecciones libres, propiedad privada, libertad de expresión, Estado de derecho, capitalismo, Seguridad Nacional. Cuando desaparezca el último Castro habrá terminado una generación. Pero no necesariamente habrá terminado el castrismo.

La idea de que asesinar puede ser revolucionario. La idea de que encarcelar puede ser justicia. La idea de que repartir pobreza puede llamarse igualdad. La idea de que una dictadura deja de ser dictadura cuando gobierna la izquierda. La idea de que el narcotráfico, la corrupción o la violencia pueden relativizar cuando quienes los toleran se proclaman enemigos del "imperialismo". Esa es la herida. Y curarla constituye una de las grandes tareas políticas, culturales y morales pendientes de América Latina.

La batalla terminará cuando ningún joven latinoamericano vuelva a confundir a un tirano con un héroe, cuando ninguna fuerza democrática encuentre excusas para una dictadura por afinidad ideológica y cuando socialismo autoritario, narcotráfico y crimen organizado dejen definitivamente de encontrar refugio político en nuestro continente.

Extirpar ese problema no significa perseguir ideas ni sustituir un autoritarismo por otro. Significa impedir que la tiranía vuelva a presentarse como justicia social, que el terrorismo vuelva a disfrazarse de militancia y que una dictadura vuelva a encontrar indulgencia por llamarse revolucionaria. Sólo entonces podremos construir un hemisferio de naciones libres, soberanas, seguras y prósperas, desde Alaska hasta Tierra del Fuego, sin pedir disculpas por defender la libertad.

(*) Presidente de la fundación Diplomacia Ciudadana