Me preocupa la relación que una parte importante de la dirigencia judía argentina ha establecido con Javier Milei. Y el problema no
es, principalmente, Milei. Somos nosotros.
Los judíos argentinos estamos acostumbrados al prejuicio, al chiste del ruso amarrete y a explicar boludeces: que no manejamos la economía
mundial, que no somos todos ricos, que Israel es un país y nosotros ciudadanos argentinos, que Soros no nos manda instrucciones por WhatsApp.
De pronto aparece un presidente que no se limita al saludo de rigor para Rosh Hashaná. Habla de la Torá, estudia con rabinos, viaja a Israel, besa el Muro de los Lamentos y defiende a Israel con una intensidad inédita. ¿Cómo no nos va a gustar? El problema empieza ahí.
Hay perros callejeros que llevan tanto tiempo sin que nadie los toque que basta una mano en el lomo para que la sigan cuarenta cuadras. No
hace falta darles comida. Alcanza con una caricia. Tengo la impresión de que ese síndrome funciona entre nosotros. Nos acariciaron y seguimos al de la mano sin preguntar hacia dónde va.
De administrar cementerios a combatir el terrorismo
La AMIA y la DAIA no son lo mismo ni nacieron para lo mismo.
La AMIA fue durante décadas una mutual: cementerios, escuelas, asistencia, vida comunitaria. Mi padre ayudó a construir el edificio de Pasteur 633 que voló por el aire el 18 de julio de 1994 y también integró su Tribunal de Ética, una especie de arbitraje comunitario. Sus dirigentes eran habitualmente lo que llamamos un askan: un comerciante, un profesional o un intelectual. Alguien respetado. No eran Kissinger. Ni tenían por qué serlo.
La DAIA tenía otra misión: enfrentar el antisemitismo y representar a la comunidad frente al Estado.
Después del atentado quedaron metidas en algo para lo cual nadie las había preparado. El 17 de julio de 1994 un dirigente podía discutir un cementerio. Veinticuatro horas después tenía enfrente al presidente, jueces, fiscales, la SIDE, policías, servicios extranjeros y una causa de terrorismo internacional con 85 muertos.
Lo raro sería creer que, por haberte tocado esa silla, adquiriste también los conocimientos necesarios para ocuparla. No los tenían. Lo grave fue no entender que había que buscarlos.
Se necesitaban especialistas capaces de desconfiar del Estado, porque el Estado investigaba mientras algunas de sus estructuras estaban metidas hasta el cuello en la mugre. Había que revisar pruebas, policías, espías y jueces. Había que saber decir no. Demasiadas veces se aceptó la hoja de ruta oficial.
Yo planteé aquellas dudas en Septiembre de 1995, en una audiencia en el Congreso de los Estados Unidos , no treinta años después, cuando resulta comodísimo descubrir que uno siempre había sospechado todo. Poco después del atentado encontré documentación estadounidense con objeciones coincidentes. Después supimos del pago ilegal a Telleldín, la manipulación y luego llegaron las condenas a los principales investigadores, al juez y a los fiscales.
El poder enseña rápido
Rubén Beraja era presidente de la DAIA y también del Banco Mayo. Mi padre siempre había desaconsejado que un empresario demasiado
importante encabezara una institución que podía verse obligada a enfrentarse al Gobierno. No era marxismo. Era sentido común.
Un pequeño comerciante de Once puede mandar a un ministro a la mierda y abrir su local al día siguiente. Un banquero tiene banco central, regulaciones, créditos e inspecciones. Tiene vulnerabilidades.
Durante aquellos años el Banco Mayo pasó de estar al borde de la quiebra a crecer extraordinariamente. No hace falta convertir eso en prueba automática de una contraprestación para advertir el problema: cuanto mayor es la dependencia de un dirigente respecto del Estado, más difícil es enfrentarlo.
Pero el atentado les dio otra cosa: poder.
De golpe, los presidentes de AMIA y DAIA eran recibidos por presidentes, ministros y embajadores, opinaban sobre política internacional y
hablaban en nombre de “la comunidad judía”.
Una experiencia así puede dejar dos enseñanzas: estuvimos demasiado cerca del poder y salió mal; mantengamos distancia. O: qué lindo es
estar cerca del poder. Me temo que aprendimos la segunda.
La DAIA no es nuestra Cancillería
AMIA y DAIA deben representar los intereses de la comunidad judía argentina, no los del Estado de Israel.
Israel nos importa. Mucho. Pero yo soy argentino. Un judío argentino no es un israelí en comisión de servicio en Buenos Aires. Los intereses de Israel y los de los judíos argentinos a veces coinciden y otras no. Por eso hace falta una dirigencia independiente.
La prioridad debería ser vivir en una Argentina democrática, tolerante, con instituciones y reglas. Porque si la Argentina se hace mierda, no existe una puerta lateral por la que los judíos salgamos a otra Argentina reservada.
¿Qué hacía la DAIA apoyando a Lijo?
Cuando Milei propuso a Ariel Lijo para integrar la Corte Suprema, la DAIA apoyó públicamente su candidatura. Mi pregunta es anterior: ¿qué cuernos tenía que hacer la DAIA opinando sobre quién debía integrar la Corte? ¿Había antisemitismo? No. ¿Una escuela amenazada? No. ¿Un cementerio profanado? No. ¿Libertad religiosa en riesgo? Tampoco. Entonces, ¿qué interés específico de la comunidad judía estaba representando?
Un judío puede creer que Lijo es un gran juez y otro lo contrario. Ambos siguen siendo judíos. La DAIA no recibió mandato para resolver
esa discusión.Su presidente puede ser mileísta y poner la foto de Milei en la mesita de luz. Lo que no puede hacer es convertir ese entusiasmo en la opinión de “los judíos”.
Yo también soy uno. Y nadie me consultó.
Milei encontró la tecla
Durante generaciones aprendimos a detectar el peligro: el comentario, la broma, el club al que no entrabas, el apellido que convenía disimular. Durante la dictadura, sobrevivientes contaron el ensañamiento contra prisioneros judíos.
Hoy la Argentina es otra cosa. Un judío puede vivir abiertamente como judío. Pero la memoria no se evapora. Entonces llega un presidente que no solamente no nos rechaza: nos festeja. Parece querer muchísimo todo lo judío.
Era previsible que una parte de la comunidad quedara encantada. El problema es confundir gratitud con adhesión. Porque un presidente no gobierna solamente frente al Muro de los Lamentos. Gobierna también el martes a la mañana, cuando vuelve a Buenos Aires.
Una Torá bastante selectiva
Milei habla permanentemente de judaísmo, pero parece haber conseguido una edición de la Torá a la que le faltan algunas páginas. Bastantes. Porque el judaísmo no es solamente Moisés y los Diez Mandamientos. Está obsesivamente del lado del pobre, de la viuda, del huérfano, del extranjero, del jornalero y del deudor.
La tzedaká está vinculada con la justicia. “No endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano” no parece escrito por Ayn Rand. La Torá no establece el déficit fiscal óptimo ni el tamaño del Banco Central. Pero sí una mirada: una obligación moral hacia el otro. Resulta curioso ver a dirigentes judíos emocionarse porque el presidente cita la Biblia sin mirar qué páginas cita y cuáles mantiene cerradas.
El hombre besa la tapa. Nosotros deberíamos comprobar si leyó el libro.
El problema no es solamente económico
Lo que más me preocupa de Milei ni siquiera es la economía. Es el clima. La conversión del adversario en enemigo. El que no coincide es comunista, rata, degenerado, traidor. No hay matices: hay trincheras.
Las minorías deberían desconfiar siempre de las sociedades organizadas en trincheras.
Cuando el que piensa distinto deja de ser adversario y se convierte en enemigo, la sociedad es menos segura para todos, especialmente para las minorías. Esto los judíos no deberíamos necesitar que nos lo expliquen. Nos costó bastante aprenderlo.
¿Israel a cambio de qué?
El apoyo de Milei a Israel produce una gratitud comprensible, sobre todo después del 7 de octubre. Pero esa gratitud no puede convertirse en un contrato: usted apoya a Israel y nosotros miramos para otro lado con el resto. Porque “el resto” es nuestro país. Acá viven nuestros hijos, trabajan nuestras familias, están nuestras escuelas y vecinos.
Cuando cierra una fábrica no existe el cierre judío y el cierre católico. Cuando se rompe una sociedad, la rotura no consulta religión antes de entrar.
Si la dirigencia judía privilegia la relación del Gobierno argentino con Israel por encima de aquello que el Gobierno hace en la Argentina, dejó de recordar a quién representa.
Después llega la factura
Supongamos que el Gobierno termina mal. Quedarán las fotos, los abrazos y una dirigencia que apoyó decisiones que nada tenían que ver con defender a los judíos.
Sería antisemita responsabilizar por eso a una comunidad entera. Pero el antisemitismo tiene la desagradable costumbre de ser antisemita: no podemos exigirle ecuanimidad.
Por eso una dirigencia judía debería mantener distancia del poder: agradecer y criticar cuando corresponde, y no confundir una caricia presidencial con un cheque en blanco.
Cuarenta cuadras
Por eso vuelvo al perro. Un animal acostumbrado a las patadas puede confundir una caricia con amor. Pero una caricia es apenas una caricia. El amor debería incluir alguna preocupación por la casa donde vive el acariciado, por el futuro de su familia y de su gente.
Mientras una parte de la dirigencia judía celebra que por fin un presidente nos soba el lomo, convendría mirar qué ocurre con la casa. Porque podemos descubrir, cuarenta cuadras más tarde, que seguimos encantados con el hombre que nos acarició.
Pero que nos alejó mucho del lugar donde queríamos vivir.