La democracia tiene dos dimensiones a partir de las que puede comprenderse su funcionamiento: consenso y conflicto. La primera alude a la permanente búsqueda de acuerdos para la gestión del bien común y radicación del conflicto. La segunda entiende a esta forma de gobierno como un juego de suma cero, una lucha por el poder en la que lo que gana uno lo pierde el otro. A diferencia de otros regímenes políticos, la democracia se caracteriza por tener momentos de incertidumbre en torno a quien detentará el poder, lo que abre un juego de enfrentamientos entre proyectos de poder antagónicos e irreconciliables entre sí.
En esta segunda dimensión, la inherente e inerradicable conflictividad propia de la democracia tiene, al menos, dos subdimensiones que tienden a complementarse en el marco de estos enfrentamientos por el poder.
Democracia argentina: amada, tolerada… y bajo sospecha
La primera es visible y está vinculada a sus tradicionales reglas de juego. Como en una guerra convencional, la lucha contra el enemigo se despliega por tierra(penetración y labor territorial), mar(operacionesal interior del sistema político) y aire(medios de comunicación y redes sociales).Este es el clásico comando de guerra que los aparatos partidarios construyen y utilizan para ganar elecciones en los distintos niveles de gobierno.
Sin embargo, una segunda subdimensión complementa la dimensión conflictiva de la democracia. Es aquí en donde ingresa una herramienta de guerra prácticamente invisible e imperceptible, pero imprescindible en la construcción estratégica y exitosa de proyectos de poder en contextos democráticos: la imposición de un discurso hegemónico. Esto implica condensar las distintas particularidades en una única universalidad, o bien que una única particularidad se torne universal y verosímil. Aquí es donde reside el corazón de la lucha política.
Así, la lucha política se manifiesta en una lucha por la creación, apropiación, asignación y resignificación de significados y significantes a través del lenguaje político, con el objetivo de imponer un discurso dominante que socave al discurso contra-hegemónico del enemigo.
En el marco de la guerra discursiva los jugadores le reasignan un sentido a la realidad, construyendo una interpretación intersubjetiva de ella que resulte verosímil, no necesariamente verdadera. La lucha política es, por lo tanto, una pugnapor laresignificación; es decir, por la asignación desentido en torno a elementos comunes en disputa.
A pesar de estar en el plano de lo discursivo y tender a la imperceptibilidad, la dinámica de esta pugna política es profundamente violenta en términos simbólicos, ya que la implantación de la propia hegemonía implica la cancelación del contra-relato potencialmente hegemónico.
Esta violencia se intensifica aún más en sociedades democráticas, en donde la lucha por la asignación de sentidos admite una mayor pluralidad de actores y valores. De este modo, la violencia simbólica desciende hacia la comunidad y allí se instala, manifestándose en la vida cotidiana de una sociedad que la ejerce y padece.
En este doble movimiento simultáneo imposición – cancelación el lenguaje ya no es un producto del electorado, sino de la intervención de un poder que permea en la mente de ese electorado a través de la performatividad de su discurso; es decir, la retórica es constitutivo de lo que nombra y ello adquiere sentido en tanto otorga significado. En este marco, la batalla discursiva abre ventanas de oportunidad para estereotipar y estigmatizar al adversario, pudiéndolo llevar a la “muerte” política y social.
Esta supone una lectura alternativa a la tradicional visión procedimental de la política democrática. La política no es (o no sólo es) la administración que lo que “ya existe” por parte del Estado, sino una actividad que lo trasciende, dinámica, creadora y re configuradora de la realidad, el orden social y sus actores.