Nadie dirá que no es justo que paguemos un trabajo que,
aunque no se vea, requiere, cada día,
el esfuerzo de millones y millones de mujeres
Evita, La Razón de mi Vida, 1951
La maternidad, con todos los esfuerzos que comporta, debe obtener también un
reconocimiento económico igual al menos que el de los demás trabajos afrontados para
mantener la familia en una fase tan delicada de su existencia
San Juan Pablo II Carta a las Familias, 1994
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Cada tanto se instala en los debates públicos la posibilidad de valorizar social y económicamente el trabajo que hacemos las mujeres para convertir una casa en un hogar. Es un eje aglutinador del Sindicato de Amas de Casa desde el año 1983.
Hay debates que son ideológicos y otros que simplemente muestran la ignorancia y el desapego, ambos frustran la frase con la que iniciamos este escrito. Últimamente disparó esta discusión un tweet de la vicejefa del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que tiró una
perdigonada de lugares comunes que paso a responder.
Las frases que transcribí al inicio pertenecen, una a Evita y se publicó en 1951, diría muy anterior a la expresión “género” usada en el debate sobre la situación de las mujeres en nuestro país. Antes bien era la época en que el peronismo equiparaba a ambos sexos en los derechos políticos, que se instalaba el principio de que por el mismo trabajo se debe percibir igual salario, en que los trabajadores rurales dejaban de ser “el último orejón del tarro” y se incorporaban a la legislación laboral en Argentina. En ese marco, Evita detectó la importancia de que las luces de la ciudad no dejaran en la sombra el lugar más importante que tenemos: el cuidado de nuestra familia. Y por lo tanto propone que se asigne a la mujer -que conforma un hogar- un ingreso económico, porque sostiene que con las mujeres ocurre igual que con los países y los pueblos, si no son económicamente independientes no se les reconoce derechos.
Esa bandera, olvidada por décadas, fue recogida por el SACRA, como una reivindicación de nuestra identidad de pueblo mestizo, trabajador, solidario, que necesita los recursos materiales y también se alimenta de sus valores espirituales.
Falso es que esa reivindicación instale competencias entre varones y mujeres, antes bien, va a fortalecer a familias. El ama de casa no es empleada de su marido -si es que lo tiene- es la jefa del hogar.
En las últimas décadas los reflectores empezaron a mirar el trabajo doméstico (sea el remunerado o el que hacemos las amas de casa), aunque coincidiendo con la instalación de una mirada sobre la equidad entre los géneros que privilegió el individualismo, instaló un “yo soy, yo merezco, yo tengo derecho”, muy distante del yo en comunidad, muy distante del “nosotros” que caracterizó siempre a nuestro pueblo y en ese sentido lejos de valorizar el trabajo doméstico (o sea el trabajo de cuidado en el hogar) se buscaron las mil formas de atomizarlo, reemplazarlo proponiendo a las mujeres que la única forma de realizarse debía ser fuera del hogar.
Como en el juego de la oca, se avanzaron casilleros al empezar a mirar el trabajo de cuidado y a veces se retroceden cuando se ignora a la primera de las personas responsables, las amas de casa.
En contraposición, hoy aparecen otros movimientos de mujeres en otros países que rechazan la participación de las mujeres en los ámbitos públicos y reivindican el trabajo de la mujer en el hogar, aunque ellas también lo ven en confrontación.
En fin, la única verdad es la realidad y vamos a derribar algunos mitos:
1. La expresión ama de casa nos describe a la gran mayoría de las mujeres adultas que, según todas las encuestas de uso del tiempo nos ocupamos del hogar y los miembros de la familia, no menos que en el 92% de los casos. Se trata del sector de trabajadores más
numeroso aún sin que haya un registro prolijo en su complejidad, el INDEC revela que se definen como amas de casa 2.5 millones de mujeres, que no se dicen profesionales, no son jubiladas, no son empleadas, no son autónomas, no son pensionadas. Son AMAS DE CASA.
2. No hay diferencia salarial entre los sexos, hay diferencia de ingresos porque las mujeres dedicamos el triple de nuestro tiempo al trabajo no remunerado que el que aportan los varones. Ellos por el contrario tienen una mayor cantidad de horas en el trabajo por el que
se percibe un salario. Sumado a esto que la representación femenina en puestos de mayores ingresos es bastante inferior a la de los varones. Resuelto el misterio de la diferencia.
3. La moratoria previsional que impulsó en su gobierno Néstor Kirchner, incluyó a trabajadores de ambos sexos que no habían completado o no habían tenido inscripción en la seguridad social en un número extraordinario, en la primera camada hubo 2,5 millones
de jubilados, de los cuales el 80% al menos eran mujeres. Probablemente madres como la madre del presidente o de la vicejefa, o sea personas que les dieron oportunidad a sus hijos de recibir amor, abrigo, alimento, valores, identidad. Todo eso mediante el trabajo
cotidiano. Todo eso, sin preguntar si se lo reconocen. Pero todo eso, con un valor que es el que nos permite decirnos humanos, crecer en comunidad.
4. Las alternativas que se barajan como en un péndulo que va de extremo a otro son: o simplemente que nada cambie, que los varones estén eximidos de comprometerse con su paternidad y que la situación de niños, personas enfermas o con alguna disminución de su
capacidad de valerse por sí mismos por alguna carencia o simplemente porque con el paso de los años volvemos a ser un poco o un mucho más dependientes, como al principio que no sabíamos hablar, ni caminar ni alimentarnos, todo eso este en exclusivas manos
nuestras y prohibido siquiera comprender que es trabajo. En el otro extremo del péndulo se imaginan que robots en el futuro o el cuidado fuera del hogar (de todas las tareas que el cuidado implica) van a ser la perspectiva para “una mujer moderna, libre, casi como un
varón”.
5. Ni tan calvo ni tan peludo dice el dicho. Ni las mujeres estamos esclavizadas, ni queremos desconocer la naturaleza y la potencialidad de nuestro género (que obviamente lejos está de ser el “sexo débil”) ni queremos que sean progresistas o liberales los que nos digan cómo “tenemos” que vivir.
6. La realidad de cada una la construimos como podemos en el marco de lo que queremos, y tener una expresión sindical, colectiva, amorosa, para encontrarnos y reflexionar sobre los temas comunes, lejos de traer desdicha nos permite extender el brazo bienhechor de
nuestro amor por el prójimo, no sólo al ámbito fundamental de la familia sino de la comunidad a la que pertenecemos.
7. No hay casualidad en que sean las Madres del Dolor, las Madres del Paco, las Madres de los Héroes de Malvinas, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las “mamis” de los whatsapp de las escuelas. No hay casualidad. No la bastardeen ni por izquierda ni por derecha.
* Pimpi Colombo, Secretaria General
Sindicato de Amas de Casa- Pimpicolombo1gmail.com
IG @colombopimpi