Héctor Timerman murió procesado por encubrimiento, después de haber sido acusado de traición a la patria. Murió con prisión domiciliaria sin ver el final de una causa construida sobre una premisa que hoy resulta cada vez más difícil de sostener: que negociar con Irán era, en sí mismo, la prueba de un encubrimiento.
Fui amiga de Héctor Timerman. Lo declaro de entrada para que cada lector descuente lo que crea necesario. Lo que sigue, sin embargo, no depende de mi afecto: depende de hechos que cualquiera puede verificar.
Ahora aparece algo que debería incomodar a quienes lo condenaron en la plaza pública antes que los tribunales. El lunes, una investigación del New York Times reveló que Israel mantuvo durante años un plan de inteligencia para reclutar a Mahmoud Ahmadinejad —presidente de Irán cuando se firmó el Memorándum— como activo encubierto, con el objetivo de reinstalarlo al frente del país tras un cambio de régimen. La operación empezó alrededor de 2022, cuando Ahmadinejad ya era un expresidente enfrentado con la cúpula del régimen, y por eso mismo le resultaba útil al Mossad. Reuniones secretas en Budapest, gastos pagados en las sombras, un intento de extracción armada en pleno estallido de la guerra: ese es el nivel de vínculo que Israel cultivó, según funcionarios que conocieron la operación, con un hombre que negó el Holocausto y pidió la destrucción del Estado israelí.
Israel habría intentado reclutar a Ahmadinejad como espía y devolverlo al poder en Irán
A Timerman se lo acusó de traidor por cruzar notas diplomáticas —a la vista del mundo, con un acuerdo aprobado por el Congreso que nunca llegó a entrar en vigencia— para destrabar una causa judicial paralizada durante veinte años. Años después, Israel, que objetó el Memorándum desde el primer día, se sentaba en secreto a negociar el futuro político de Irán con uno de los personajes más aborrecibles para su propia historia, porque le convenía.
Y hay más. Hace un mes, Estados Unidos firmó con Irán un memorando de entendimiento —así se llama, igual que el de 2013— para terminar la guerra que los enfrentó este año, con negociaciones abiertas sobre el programa nuclear, las sanciones y los activos congelados del régimen. Esta misma semana ese memorando saltó por el aire: Trump lo declaró “terminado”, Estados Unidos reimpuso el bloqueo naval sobre Irán y encara ya varias noches consecutivas de ataques, mientras Teherán acusa a Washington de haber “hecho añicos” el acuerdo. Ni siquiera eso alcanzó para que alguien hablara de traición. Nadie habló de encubrimiento. Se lo presentó, mientras duró, como lo que fue: diplomacia.
¿Alguien va a explicar esa diferencia? ¿Alguien va a decir, con la misma vehemencia con la que se acusó a Timerman de encubridor, que pagarle los gastos a un negacionista del Holocausto y planear instalarlo en el poder también es una forma de trato con el enemigo, de traición a los propios principios?
No. Porque la diplomacia y la inteligencia nunca se juzgaron con la misma vara. Hay una vara blanda cuando el que negocia en secreto es un aliado, y hay una vara implacable cuando el que negocia busca justicia para 85 muertos y no tiene con quién más hablar.
La memoria sigue presente: dirigentes de 14 provincias reclamaron justicia por la AMIA
Conviene recordar dónde quedó la causa. En 2021 un tribunal sobreseyó por unanimidad a todos los acusados por inexistencia de delito, y el fiscal ante Casación coincidió: un tratado entre dos Estados soberanos no puede ser la base fáctica de un delito. Uno de los jueces fue más allá: dijo que esa reparación del buen nombre debía alcanzar también a Timerman, pese a que su causa ya se había cerrado en 2018 por su fallecimiento, porque —palabras del propio fallo— la prisión preventiva que le dictaron tuvo “un propósito más infamante que procesal”. Las querellas apelaron y la causa hoy espera juicio oral; más de una década después de la denuncia de Nisman, no hay una sola condena.
Y sin embargo, la reputación de Timerman sigue cargando el peso de la acusación.
Timerman nunca dijo que Irán fuera un socio confiable. Dijo que, después de dos décadas sin poder siquiera interrogar a los sospechosos, había que intentar un camino distinto. Se puede discutir esa estrategia. Lo que ya no se puede sostener es la ficción de que hablar con un adversario equivale a encubrir un atentado.
Héctor era hijo de Jacobo Timerman, el periodista que la dictadura secuestró y torturó también por judío, y cuyo cautiverio recorrió el mundo como denuncia. Cuarenta años después, al hijo de ese hombre se lo acusó de encubrir el peor ataque antisemita de la historia argentina. Él midió esa crueldad mejor que nadie: dijo que la acusación lo golpeaba doblemente por ser judío. Con esa herida encima murió.
La Argentina le debe a Héctor Timerman mucho más que un sobreseimiento post mortem. Le debe el reconocimiento público de que se lo destruyó en vida con una acusación que jamás llegó a condena y que la evidencia central desmiente.
Esa disculpa nadie se la pidió en vida. Hoy solo puede llegarle a su memoria. Que al menos llegue.
ML