Hay noticias que sorprenden y hay noticias que, aun cuando vuelven a aparecer, tienen la capacidad de incomodar. La declaración de Ricardo Cirielli en el juicio por la causa Cuadernos pertenece a esta segunda categoría.
Cirielli fue subsecretario de Transporte Aerocomercial durante los primeros años del kirchnerismo y ocupó el segundo lugar en la estructura que encabezaba Ricardo Jaime. Su testimonio no presenta, en términos estrictamente periodísticos, una historia desconocida. Los bolsos de Jaime y sus presuntos viajes nocturnos a la Casa Rosada ya habían sido mencionados públicamente y también habían formado parte de otras investigaciones judiciales.
Pero hay una diferencia importante: ahora ese relato vuelve a aparecer dentro del juicio oral por la causa que investiga el sistema de recaudación ilegal que quedó registrado en los cuadernos del chofer Oscar Centeno.
Cirielli contó que compartía con Jaime un ascensor exclusivo para funcionarios y que, aproximadamente una vez por semana o cada quince días, lo veía salir del edificio alrededor de las nueve de la noche con un bolso de cuero grande. Cuando le preguntaba adónde iba, según su declaración, Jaime respondía: “A ver al Loco”. El “Loco” era Néstor Kirchner.
La escena tiene algo casi cinematográfico. Un funcionario que sale de noche de su despacho, un bolso que parece pesado, un custodio, un viaje hacia la Casa Rosada y, poco después, el helicóptero presidencial que despega. Cirielli aclaró que nunca vio qué había dentro de aquellos bolsos. Ese punto es importante. Una cosa es lo que un testigo observa y otra, muy diferente, lo que interpreta sobre aquello que observa.
Sin embargo, el exfuncionario agregó que existían comentarios entre empleados de la Secretaría de Transporte acerca de personas que llevaban dinero en efectivo y de la necesidad de cambiar billetes de baja denominación por otros de mayor valor para facilitar su traslado.
La acusación fiscal y otros elementos incorporados al expediente ubican precisamente al área de Transporte dentro del esquema de recaudación investigado en los Cuadernos. En el juicio también fueron mencionados los pagos que empresarios del sector habrían realizado a Ricardo Jaime.
Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué aporta hoy el testimonio de Cirielli? Tal vez no aporte una revelación espectacular. Aporta algo diferente: la confirmación judicial de una escena que durante años circuló como denuncia política, periodística y testimonial.
El problema de la corrupción argentina es, en buena medida, que demasiadas veces aquello que parecía extraordinario termina convirtiéndose en paisaje. Los bolsos dejaron de ser una imagen extraordinaria. Los empresarios que entregaban dinero, los funcionarios que recaudaban, los intermediarios que trasladaban fondos y los funcionarios políticos que aparecían al final de la cadena forman parte de una historia que los argentinos conocemos demasiado bien.
Por eso el juicio por los Cuadernos debería ser mucho más que una sucesión interminable de audiencias. Debería permitir reconstruir cómo funcionaba aquella estructura de poder. Quién pedía. Quién recaudaba. Quién entregaba. Quién recibía. Quién sabía. Y, sobre todo, quién tenía capacidad para ordenar que el sistema funcionara.
En el caso de Ricardo Jaime, la Justicia ya tiene una historia judicial particularmente extensa. El exsecretario de Transporte fue condenado en distintas causas de corrupción y actualmente cumple una condena vinculada a la tragedia ferroviaria de Once. En el juicio de los Cuadernos está acusado de integrar el esquema de recaudación ilegal asociado al área de Transporte. Lo relevante, entonces, no es solamente si Cirielli vio un bolso. Lo relevante es qué significa ese bolso dentro del conjunto de evidencias.
Porque un bolso, por sí mismo, no prueba que contenga dinero. Tampoco prueba quién lo habría recibido. Pero cuando esa imagen aparece junto con otros testimonios, con las anotaciones de Centeno, con las declaraciones de empresarios arrepentidos y con los movimientos atribuidos a funcionarios de aquella estructura, adquiere un significado judicial que ya no puede ser tratado simplemente como una anécdota. Hay otra cuestión que tampoco debería perderse de vista.
Los Cuadernos fueron presentados durante años como una de las investigaciones de corrupción más importantes de la historia argentina. Sin embargo, el paso del tiempo, la complejidad procesal y las interminables discusiones entre jueces y abogados han contribuido a que el caso pierda parte de su impacto público. Y eso también es una forma de fracaso.
Una causa de esta magnitud debería poder avanzar con una velocidad compatible con la importancia de aquello que investiga. La sociedad no puede quedar atrapada durante años mirando cómo la Justicia discute sobre la propia Justicia mientras las preguntas centrales permanecen abiertas. El testimonio de Cirielli vuelve a poner sobre la mesa una de esas preguntas.
¿Qué ocurría realmente durante aquellas noches en la Casa Rosada? La respuesta no debería depender de una impresión, de una sospecha ni de una frase atribuida a un funcionario. Debería surgir de la prueba.
Eso es, precisamente, lo que se espera de un juicio histórico. Y por eso los bolsos de Jaime vuelven a ser noticia. No porque sean nuevos. Sino porque, tantos años después, todavía estamos intentando determinar qué había dentro.
MEG