Cada septiembre se repite el diagnóstico: Naciones Unidas está en crisis, el multilateralismo pierde relevancia y las grandes decisiones se toman fuera de sus instituciones. Sin embargo, Nueva York volvió a concentrar la atención política mundial y la Asamblea General de la ONU debatió las reglas de un sistema internacional en transformación.
Una organización descripta como debilitada sigue siendo el único espacio donde todos los Estados disputan sus visiones del orden internacional. Quizás lo que esté en crisis no sea el multilateralismo, sino una forma histórica de organizarlo.
Ningún Estado ha abandonado definitivamente la ONU. Indonesia anunció su retiro en 1965, pero retomó su participación en 1966: incluso en crisis, la organización sigue siendo un espacio común.
La ONU pasó de 51 miembros en 1945 a 193 hoy, con un voto por Estado en la Asamblea General. Esa universalidad convive con un Consejo de Seguridad que conserva la arquitectura de posguerra. La 81ª Asamblea mostró esa tensión: numerosos mandatarios reclamaron adaptar las instituciones al mundo multipolar y ampliar la representación del Sur Global.
La soberanía ocupó un lugar central. Para buena parte del Sur Global implicó autonomía, no injerencia y evitar que sus territorios fueran escenario de disputa entre potencias. Pero soberanía no significa rechazar las reglas internacionales.
Para los Estados pequeños y medianos, el derecho internacional permite reducir asimetrías. La discusión es quién construye las reglas, quién las aplica y si obligan por igual a todos.
Las votaciones de 2026 ilustran esta tensión. El 24 de febrero, la resolución sobre una paz duradera en Ucrania obtuvo 107 votos a favor, 12 en contra y 51 abstenciones. Estas últimas revelan posiciones intermedias y estrategias de autonomía que desbordan la división entre bloques.
El 17 de septiembre, la resolución sobre la participación del Estado de Palestina durante la 81ª sesión obtuvo 152 votos a favor, 3 en contra y 4 abstenciones. Ambas muestran que la Asamblea puede construir mayorías amplias sin garantizar consensos ni implementación. Aprobar no es ejecutar.
El problema no es la falta de participación, sino la distancia entre representación, mayorías y capacidad efectiva para convertirlas en decisiones. De allí puede emerger un multilateralismo de geometría variable: instituciones universales, organizaciones regionales, coaliciones temáticas, cooperación Sur-Sur y alianzas flexibles.
No se trata de construir un sistema paralelo a la ONU, sino de combinar su legitimidad universal con mecanismos capaces de producir respuestas más ágiles.
La sucesión de António Guterres agrega una dimensión política y simbólica. En ochenta años, la ONU nunca fue conducida por una mujer y existe la expectativa de que la próxima Secretaría General corresponda a América Latina y el Caribe, región con una tradición de solución pacífica de controversias, no intervención, integración y autonomía.
La Asamblea de 2026 mostró una contradicción: la ONU aparece debilitada cuando el mundo necesita espacios capaces de procesar sus diferencias. El desafío no es defender nostálgicamente el multilateralismo conocido ni aceptar un orden donde la capacidad de imponer decisiones sustituya a las reglas.
Es construir uno más representativo, flexible y democrático, capaz de combinar soberanía con cooperación, autonomía con reglas comunes y diversidad con acción colectiva.
Durante una semana, todas las miradas volvieron hacia Naciones Unidas. Lejos de demostrar su irrelevancia, esa atención expuso algo diferente: el multilateralismo no ha desaparecido. Está siendo disputado. Y de esa disputa dependerá buena parte de las reglas del nuevo orden global.