OPINIóN
inteligencia crítica

Reconstruir Jerusalén en medio de Babel

¿Se puede desarmar esta lógica aparentemente implacable de datos, algoritmos y automatización que trajo la IA?

A fines del siglo XIX y a modo de premonición, Nietzsche afirmó que el “superhombre” del futuro sería el humano mejor asistido por la tecnología. Hoy esa anticipación parece cumplirse y quizás de un modo funesto. La inteligencia artificial ya organiza los hábitos cotidianos, la memoria, las relaciones afectivas y también el discurso público, la política, la guerra. Hay quienes afirman que reemplazará el trabajo humano, mientras a nivel global crecen la desigualdad y la deshumanización.

Frente a esto y a 135 años de la formulación de la justicia social como principio ordenador de la vida en común, León XIV presentó su primera encíclica Magnifica humanitas. Aquí la inteligencia artificial aparece como el nombre técnico de la disputa más antigua de todas: quién decide la forma de la vida común. La pregunta es quién la gobierna y, fundamentalmente, desde qué intereses.

Si en Laudato si’ Francisco había denunciado el paradigma tecnocrático, es decir, esa racionalidad que convierte la creación en objeto disponible y la persona en material de cálculo. León XIV toma esa herencia y la traslada al núcleo del presente: ¿se puede desarmar esta lógica aparentemente implacable de datos, algoritmos y automatización que trajo la IA?

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

De un modo muy agudo, la encíclica desplaza el debate desde la regulación hacia el gobierno. Regular importa, es cierto, pero llega tarde cuando el mundo ya fue diseñado por otros. El poder tecnológico reside cada vez más en actores privados, transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos y, por lo tanto, con capacidad para fijar estándares de conducta, consumo o seguridad. Peter Thiel, Alex Karp, Elon Musk, Sam Altman o Marc Andreessen encarnan la figura del tecnomagnate que aspira a definir el destino humano. O la parodia del rey filósofo del Platón.

Por eso la oposición de León XIV al aceleracionismo poshumanista resulta tan necesaria. Desde Nick Land hasta ciertas versiones de Nick Bostrom, Ray Kurzweil o el transhumanismo de Silicon Valley, una parte de la filosofía tecnológica sueña con superar el límite humano. Incluso el aceleracionismo de izquierda de Srnicek y Williams conserva la tentación de empujar al máximo las fuerzas técnicas existentes. El problema es que la velocidad rara vez pregunta por las víctimas.

Para pensar esto, la encíclica presenta dos alegorías bíblicas: Babel y Jerusalén. Babel es la ciudad de la técnica sin comunión, de la lengua única, del poder que pretende alcanzar el cielo. Es el mundo que traduce el misterio de la persona en eficiencia y dinero. Jerusalén, en cambio, aparece bajo la figura de Nehemías: es el muro reconstruido por un pueblo. La ciudad renace porque la comunidad recupera la responsabilidad sobre su destino.

Aquí aparece uno de los puntos políticos más valiosos del texto. Ni los tecnomagnates ni los Estados, tomados como instancias aisladas, pueden decidir por sí solos el destino de la IA. Los Estados son necesarios, desde luego, para reconocer derechos y establecer límites. Pero el bien común es patrimonio de la comunidad. La respuesta más fecunda anida en la sabiduría de los pueblos y se expresa en las comunidades; organizadas en cuerpos intermedios, universidades, sindicatos, iglesias, cooperativas, familias, movimientos populares e instituciones educativas.

La defensa del trabajo humano es otro núcleo decisivo. Los tecnócratas presentan la automatización como promesa de liberación. Algunos tecnomagnates postulan una renta universal como paliativo frente a la supuestamente inexorable automatización del trabajo. Sin embargo, lo que el avance del trabajo de plataformas ha producido es una precarización creciente de las condiciones laborales. La IA puede aliviar tareas pesadas o peligrosas, pero también puede desespecializar y expulsar. Vigilar y expulsar. Frente a esta deriva, León XIV retoma Rerum novarum y Laborem exercens: el trabajo es mucho más que el salario: es construcción de mundo y pertenencia social.

La batalla de fondo es teológica y política. El neoliberalismo de los tecnócratas predica una salvación por eficiencia: más velocidad, más datos, más riqueza para pocos. Frente a esto, León XIV propone una pedagogía que recupera la comunidad como lugar de reconstrucción del futuro compartido.

Magnifica humanitas formula la pregunta que ordenará el siglo XXI: quién gobierna. Si gobiernan los dueños de la infraestructura digital, la humanidad ingresará en una nueva servidumbre –voluntaria y más obediente que ninguna anterior. Si en cambio son los pueblos y las comunidades quienes participan en las grandes decisiones –los únicos capaces de organizar la técnica desde la persona y el bien común– todavía habrá historia. El futuro les pertenece a quienes sepan reconstruir Jerusalén en medio de Babel: con trabajo, memoria, instituciones vivas, inteligencia crítica y esa antigua palabra cristiana que hoy vuelve a sonar como resistencia y esperanza: misericordia.

*Filósofo.