martes 16 de agosto de 2022
OPINIóN Análisis

Diciembre de 2001: ¿una crisis inaplazable?

Diez años de apreciación monetaria pudieron estabilizar la economía, mientras nos mantuvieron como el país más caro del mundo, así, la desindustrialización y el desempleo siguieron su curso, y los problemas socio-económicos fueron recalentando la arena política.

14-12-2021 07:20

Si vivís en el país más caro del mundo durante 10 años, ¿qué se espera que ocurra? ¿Que nadie compre bienes y servicios argentinos? Sí. ¿Y si nadie nos compra bienes y servicios argentinos por un período prolongado de tiempo, cierran los comercios y empresas y aumenta el desempleo? Sí.

Retrocedamos en el tiempo: luego de varios años de cruel dictadura, en prácticamente toda la región latinoamericana, la política se encontraba desarticulada, la sociedad flagelada, y la economía y las finanzas destrozadas. La deuda que contrajo la dictadura desde 1976 en Argentina fue descomunal, y llegado 1982, nuestro país, en sintonía con los demás, necesitaba acordar un plan de renegociación dela misma, que no se pudo concretara través del Plan Baker, de ahí la calificación de “década pérdida” a los casi 10 años de default que tuvo que soportar la región y Argentina en particular. Por otra parte, la crisis fiscal, externa y la inflación también formaron parte de la herencia maldita que recibió el Dr. Raúl Alfonsín de la Unión Cívica Radical (UCR) al llegar a la presidencia en 1983.

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Culminando la década del ´80 sí se pudo salir del default, así los diferentes países de América Latina firmaron su Plan Brady de reestructuración de deuda. ¿Hubo algún acontecimiento externo que ayudó a que los mercados dejen de estar racionados hacia la región? Sí, cambiaron las condiciones financieras internacionales; ocurrió que a comienzos de los años ´90 Estados Unidos se encontraba atravesando una importante recesión y por esto definió descender su tasa de interés (y así descendió la internacional) generando que las condiciones financieras internacionales empiecen a jugar a favor de la región latinoamericana, que podía empezar a atraer capitales ofreciendo altas tasas.

¿Alcanzó solo con esto último para que empiecen a ingresar masivos flujos de capitales a la región? No. Ocurrió al mismo tiempo que, frente a la grave crisis macroeconómica (fiscal, externa e inflacionaria) se debatió en la ciudad de Washington en el año 1989, un programa llamado Consenso de Washington, y dicho programa consistió en una serie de políticas de reforma impulsadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, con el propósito de reducir la injerencia del Estado y ampliar la esfera del Mercado; así, en una suerte de recetario neoliberal, comenzó a diseñarse e instrumentarse en la región, un programa de reforma ortodoxa destinado a equilibrar la economía.

 

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Entre las diez medidas que sugirió/ordenó el Consenso de Washington, algunas fueron pilares fundamentales, que, con mayor o menor rigor y mayor o menor celeridad se implementaron en todos los países de la región. Entre las políticas pilares de reforma podemos identificar un plan de privatizaciones, que dispuso que las empresas de servicios públicos sean transferidas al sector privado (en Argentina se privatizó y se desnacionalizó al mismo tiempo). Bajo el plan de privatizaciones se estimaba, con lógico criterio, que se reduciría el déficit fiscal. Otra medida central de la reforma consistió en la desregulación del comercio; se estimaba, también con lógico criterio, que la libre competencia estimularía un disciplinamiento de precios internos para poder competir en el mercado, lo cual descendería los precios y resolvería el problema inflacionario. Otra medida pilar consistió en la desregulación del mercado financiero; sin duda, atraer capitales externos podía ayudar a salir del estrangulamiento bajo el cual nos encontrábamos, y en un contexto de libertad en el movimiento de capitales con altas tasas de interés en la región, la atracción de capitales se volvió más imponente aún. 

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De tal modo, las medidas inspiradas en el Consenso de Washington conformaron un plan de reformas estructurales de tinte ortodoxo, que llevaron a equilibrar las cuentas macroeconómicas. Junto a esto, en Argentina, gobernada por el gobierno peronista del Dr. Carlos Saúl Menem, ocurrió algo más en abril de 1991: se estableció por ley una relación cambiaria fija entre la moneda local y la estadounidense, a razón de 10.000 australes por cada 1 dólar, y posteriormente 1 peso convertible a 1 dólar, a través de la implementación del llamado Plan de Convertibilidad. Sin duda, esto último ayudó a reforzar el programa antiinflacionario que Argentina no dudó en perseguir. Sin embargo, diez años de apreciación monetaria pudieron estabilizar la economía, mientras nos mantuvieron como el país más caro del mundo, y con esto, el libre mercado no nos permitió poder competir bien, la desindustrialización y el desempleo siguieron su curso, la pobreza aumentó ostensiblemente, y los problemas socio-económicos fueron recalentando la arena política.

Fernando De la Rúa de la UCR (en una fórmula con Carlos “Chacho” Álvarez y con la apreciada presencia de Graciela Fernández Meijide, del FREPASO, con quienes conformó la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación) comenzó a comunicar en campaña “el 1 a 1 no se toca, que quede claro, el 1 a 1 no se toca”. ¿Y esto es lo que los votantes querían escuchar? Por supuesto que sí; una devaluación en medio de una sociedad altamente endeudada, resultaría más que inconveniente. ¿Pero era posible seguir sosteniendo la convertibilidad como anunciaba en campaña De la Rúa? No. En algún momento tenía que pasar lo inevitable, que se devalúe la moneda local atada al dólar de manera “forzada”, y pasó. Sostener una moneda local apreciada requería de una circulación inmensa de dólares, pero en determinado momento los acreedores dijeron “no va más”. En este marco, un periódico nacional, en las vísperas del 20 de diciembre de 2001, anunció que se tornaba inminente la devaluación en Argentina, y la desesperación de los ahorristas por querer recuperar sus pesos que se encontraban en los Bancos, antes de que una devaluación los empobrezca, desembocó en el llamado “corralito”(masivos ahorros incautados en entidades bancarias).

¿En Argentina un problema de enorme gravedad económico-financiera puede decantar en un problema de enorme gravedad política? Sí. En nuestro país, con frecuencia, la ingobernabilidad económica ha resultado en ingobernabilidad política, y a fines de diciembre de 2001 volvió a ocurrir; y para “suerte” de todos, en esta ocasión esta crisis política reveló una insalubre salida anticipada de un presidente, pero no implicó la terrorífica salida de un régimen de tipo democrático. Algo demostramos avanzar. El 1 a 1 se tocó, pero la democracia no.

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¿Podía el gobierno de De la Rúa (debilitado, ya sin su vicepresidente, que renunció en octubre de 2000 denunciando corrupción en el Senado Nacional) haber gestionado una mejor salida de la convertibilidad? Probablemente. Así como el gobierno de De La Rúa también podía haber tenido mejor suerte, sí, por ejemplo, los precios de los commodities se hubiesen ido “por las nubes” como ocurrió cuando asumió posteriormente Néstor Kirchner, y la demanda masiva de los alimentos argentinos comenzó a llenar las arcas del Estado.

En una región donde predomina la baja institucionalidad, las condiciones financieras internacionales y los términos de intercambio pueden cambiar el destino de un presidente, de un gobierno y hasta de un régimen. A fines de diciembre de 2001 en Argentina cambió el destino de un presidente, de un gobierno, pero no de un régimen. Y así, y a pesar de todas las penurias presentes, que son extremas e impostergables, el último 10 de diciembre pudimos sumar un nuevo año de sagrada democracia.

 

* Sandra Choroszczucha Politóloga y Profesora (UBA). www.sandrach.com.ar