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¿Y si Milei, en vez de Trump, se parece a Macron?

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Donald Trump, Javier Milei y Emmanuel Macron. | NA

En febrero de 2020, el recién asumido y todavía venerado Alberto Fernández viajó a París para reunirse con el presidente Macron. Tras conocerlo y expresar su admiración por él, dio un discurso solemne ante un millar de políticos, estudiantes y personalidades francesas. Durante una larga hora pintó un retrato exhaustivo de los problemas profundos que sufría la Argentina y, ante la mirada atónita de algunos argentinos que estábamos presentes, los adjudicó todos a la gestión de Mauricio Macri. Su análisis concluyó tajantemente con la idea de que el peronismo es el único partido que siempre pudo gobernar la Argentina.

Fue ovacionado por un público poco conocedor de nuestro país, cegado quizás por la liturgia falsamente progresista. Frente a esa secuencia, quien escribe no pudo resistir la necesidad de interpelarlo y plantearle lo que cualquier argentino atento a la historia reciente le hubiese preguntado.

Ya que Fernández había alagado el ímpetu de Macron, me tomé el atrevimiento de tomar un micrófono e interpelarlo con un concepto macroniano. Tras confesarle que había trabajado en el gobierno del presidente Macri, le conté que me había graduado en esa universidad varios años antes y que, en ese mismísimo escenario en el que él se encontraba, un joven Ministro de Economía llamado Emmanuel Macron había dado mi discurso de graduación. Aquella noche, le dije, Macron pronunció una frase legendaria que, incluso años después, seguía resonando en las mentes de todos los que la habíamos oído: “En política, si alguien les dice que algo se hace de cierta manera ‘porque siempre se hizo de esa manera’, hagan de esa justificación mediocre su principal motivación para cambiarlo y superar esa inercia”. Entonces le compartí a Alberto que me desvelaba pensar cuál era esa inercia mediocre que había que romper en el caso de la Argentina, y le pregunté: “Usted habló de los problemas argentinos… Teniendo en cuenta que en los últimos cien años muchas décadas fueron gobernadas por el partido al que usted pertenece, ¿qué responsabilidad le cabe al peronismo, qué rasgos del peronismo pudieron haber contribuido y qué va a cambiar usted de esos rasgos para superar la inercia mediocre y no obtener el mismo resultado que sus predecesores?”.

Alberto Fernández
Alberto Fernández

Su respuesta, aunque amable y respetuosa, fue anodina. Me contestó que el peronismo se dedica a arreglar los problemas que otros generan. No reconoció la paternidad peronista de ninguna patología argentina, no dijo qué haría diferentemente de sus predecesores y, lo que fue aún más revelador, no aportó ningún indicio de cómo honraría aquel coraje macronista que había ponderado minutos antes.

Cuatro años y un mandato después, la inercia argentina no hizo más que profundizarse. Como diría Perón, la única verdad es la realidad y la realidad probó que de macroniano no tenía nada.

Propongo entonces reiterar hoy la pregunta -porque es tan válida y relevante como hace 4 años. En este caso, a su sucesor en la investidura kirchnerista. ¿Qué responsabilidad le reconoce Sergio Massa al peronismo en la inercia mediocre que sufre la Argentina y qué va a cambiar él de esos rasgos para no seguir profundizando el desmoronamiento? La respuesta del candidato sería bienvenida, claro, pero el peso de la demostración reposa inexorablemente de su lado.

Lo que está en juego

Aquel espíritu que había seducido a Fernández en su encuentro con el presidente francés claramente no se le impregnó. Y no podía impregnársele -como posiblemente tampoco a ningún otro líder peronista-. Porque, en definitiva, el ímpetu que llevó a Macron a transformar Francia implica una irreverencia disruptiva que nació, precisamente, para desmantelar un sistema paralizante que impedía modernizar. Un sistema de poder enquistado igual que el populismo en la Argentina.

Ahora bien, la pregunta macronista, en el caso de Milei, la podemos responder. Usualmente comparado a Donald Trump, Milei tiene similitudes estructurales con Macron. En primer lugar, mientras Trump profundizó la vieja polarización ideológica en EEUU y se erigió en estandarte supremo y extremo de uno de esos dos campos, Macron hizo emerger nuevas contiendas propias del siglo XXI y, por ende, nuevos ejes ordenadores: tanto la derecha como la izquierda tradicional se fracturaron respectivamente entre los Macron-compatibles y los anti-Macron. Algo similar a lo que estamos viendo, en directo, con las particiones dentro del PRO y del radicalismo entre los Milei-compatibles y los anti-Milei -e incluso en el peronismo, con figuras tradicionales como Schiaretti acreditando gran compatibilidad-.

Pero esa reconfiguración del tablero político francés fue la consecuencia de algo mucho más profundo. La joven aventura política que inició Macron fue, por sobre todo, el vector de una revolución que modernizó la idiosincrasia francesa. Debajo de cada nueva reforma que planteó Macron, yacían las raíces de nuevos imperativos morales que pasarían a constituir el repertorio de mandamientos sagrados de una Francia revitalizada y digna de su potencial. Así, con un método que el macronismo llamó “ir al corazón de la bestia“, se defendieron principios impopulares pero necesarios para el progreso que, aunque muy resistidos al inicio, hoy son aceptados por la casi-totalidad de la sociedad. Es el caso, por ejemplo, de la reivindicación de la Unión Europea que Macron pregonó en soledad frente a todo el resto de los candidatos en 2017 y hoy se ha vuelto sacrosanta (incluso para su nemesis Marine Le Pen). O del imperativo de reducir las burocracias corporativas del Estado para desbloquear el país. O de la importancia de generar estímulos regulatorios a la innovación, entre otros.

El presidente francés, Emmanuel Macron, recibió a más de 200 alcaldes de localidades golpeadas por los disturbios.
El presidente francés, Emmanuel Macron.

El coraje macronista se basó en luchar para cambiar la matriz de referenciales culturales que definen el marco de la acción política. Hoy es evidente que ese entramado cambió. Sin importar quién será el sucesor de Macron, esos principios se han vuelto intocables. Francia cruzó un Rubicón.

En nuestro país, independientemente de la valoración ideológica que uno tenga, estamos asistiendo a un proceso similar en los puntos medulares que motorizan la inercia mediocre. Hasta hace poco, Milei era percibido como un académico que promovía ideas económicas contraculturales, pero progresivamente los imperativos morales detrás de sus propuestas fueron permeando la conciencia colectiva. Hoy pocos cuestionan, por ejemplo, que el deficit fiscal es una imprudencia estrafalaria. O ningún dirigente defendería la emisión como mecanismo legítimo de financiamiento. Tampoco nadie se atrevería a defender en público el crecimiento del empleo estatal.

Hay que destacarlo y también reconocer que estos principios -y otros, como la meritocracia, la transparencia en el Estado, la importancia de modernizar las fuerzas de seguridad o la preferencia geopolítica occidental- fueron potenciados por el fervor de Milei pero plantados como semillas conceptuales por el gobierno del presidente Macri.

Desde esta columna (en otro diario), en 2019 se planteó que la reelección de Macri significaría para la Argentina cruzar el Rubicón hacia el siglo XXI. Que estábamos a orillas de ese río trascendental de nuestra historia, a punto de cruzarlo y entrar en una nueva era en la que aquellos imperativos necesarios para el progreso quedaran, por fin, fuera de discusión. Hoy estamos ante una nueva oportunidad.

Javier Milei 20231116
Javier Milei.

Más allá de que uno pueda pensar que el aborto debe seguir siendo legal, que el consenso existente en derechos humanos debe mantenerse o que el cambio climático es una prioridad global, hoy debemos preguntarnos con honestidad intelectual cuál es el corazón de la bestia del problema argentino y cuáles son los vectores que guían nuestra inercia mediocre. En esos puntos medulares -los que definirán si la mitad de los jóvenes argentinos seguirán siendo pobres, o si los más talentosos emprendedores seguirán yéndose a crear valor a otros horizontes, o si volveremos a ser un país donde las oportunidades existan para todos independientemente del origen geográfico o social- la inercia no puede ser una opción.

Por eso, cualquier intento de unidad nacional liderado por el peronismo es fundamentalmente distinto a las propuestas de moderación realizadas desde la oposición. Porque la unidad debe darse del otro lado del río. En otras palabras, sí a una mesa larga en la que nos sentemos todos los argentinos a discutir el futuro, pero en la cabecera no puede estar un movimiento que encarna el pasado.

Como en la Francia de Macron, ahora sí, de una vez por todas, crucemos el Rubicón.

 

* Ian Sielecki, exjefe de estrategia del canciller Faurie. Subcampeón nacional de debate de Francia en 2014 y asesor en la campaña de Emmanuel Macron en 2017. Director de Francia en el CARI