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José María Di Paola, Padre Pepe: “Tenemos que lograr que en algún momento el Papa pueda venir a la Argentina”

Es uno de los fundadores y actual presidente de la Federación del Hogar de Cristo, que inauguró Bergoglio, para la recuperación de adictos en las villas y los barrios populares. Hoy son más de 200.

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Jose María Di Paola (Padre Pepe), en la entrevista con Jorge Fontevecchia | MARCELO DUBINI

—Comencemos con la celebración en Argentina de los diez años del papado de Francisco. ¿Cómo va a ser la misa en la Catedral de Luján?

—Vamos a hacer un encuentro grande, porque finaliza una peregrinación que hicimos por todo el país justamente por los quince años del Hogar de Cristo que Bergoglio, en su momento, cuando era obispo, inauguró formalmente en marzo de 2008. Y recorrimos todo el país visitando nuestros centros. Empezamos con un centro y ahora son más de 200. Recorrimos con un lema que nos gustó, porque incluye a toda la sociedad argentina, que es “Ni un pibe menos por la droga”, y tiene que ver con el trabajo de prevención y de recuperación. Y termina justamente en marzo para celebrar los quince años de ese momento y los diez años del papa Francisco. Salimos de Luján, termina en Luján, y estamos haciendo un gran encuentro, celebrando esta propuesta de vida en la plaza de Luján. Va a ser las seis de la tarde, con una misa presidida por monseñor Oscar Ojea, que es el presidente de la Conferencia Episcopal, y van a participar todos los centros barriales que tenemos, muchísima gente que está viniendo también del interior, que está trabajando en esto. Están invitados todos. Queremos que sea una fiesta también del pueblo argentino, por eso para nosotros es una celebración. Después va a haber un festival en el que van a estar Palito Ortega y Nahuel Pennisi. El mensaje es, justamente, de celebración. Tenemos un papa que es un líder planetario, es de nuestra tierra y que tuvo que ver con el origen de nuestra decisión de querer trabajar con los más pobres. O sea, estos mensajes de Francisco tienen que ver con ese Bergoglio que nosotros conocimos en las villas. Así que el 11 de marzo los esperamos a todos. Hemos cursado invitaciones a todos y estamos tratando de llegar a todas las autoridades. 

—El 11 de marzo, dos días antes de que se cumplan los diez años, es sábado. 

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—Es un sábado, porque como vienen delegaciones del interior, tenemos que dar tiempo a que regresen, y nos parecía el día más apropiado. Si lo hacemos el domingo, a la gente que viene del norte o del NEA le resulta muy difícil. Entonces, el sábado concentramos la actividad más importante. Si bien el encuentro dura dos días, con la gente nuestra del Hogar de Cristo invitamos a toda la sociedad a participar de este festejo, esta celebración. En esto lo importante es entender que así como festejamos el Mundial con banderas argentinas y ahí se abrazaba a todo el mundo, aquí también hay un hecho mundial, poder festejar que hay diez años de un papa que está siendo el líder de este tiempo, que es un líder espiritual, que sabe alinear corazones, proyectos, ilusiones, aun de la gente más diferente. Y entonces, la consigna es ir con banderas argentinas. Es realmente un momento de alegría y también de compromiso. El lema que elegimos “Ni un pibe menos por la droga” es algo que rompe la grieta. Hemos pasado por municipios en los que a lo mejor estaba alguien del Frente de Todos, o alguien del PRO; nadie puede decir que este lema no lo incluye. Creo que es un lema que hace que pensemos una Argentina donde los chicos puedan crecer sanamente, donde podamos tener espacios de recuperación. Un compromiso realmente serio en ocuparse de aquellas personas que están más descartadas de la sociedad. Concentramos en este festejo los quince años del Hogar de Cristo y los diez años del papa Francisco. Y creo que tiene mucho que ver saber que en 2008 fue Bergoglio el que nos apoyó, y además empezamos muy de abajo haciendo centros en la Villa 21, después hicimos una pequeña granja; fue creciendo y se fue replicando una propuesta de abordaje de territorio en las adicciones, o sea, hacer que en el territorio, en la comunidad, pueda realizarse la persona, pero también pueda recuperarse e integrarse. 

“El lema que elegimos ‘Ni un pibe menos por la droga’ es algo que rompe la grieta”

—¿Cuál fue el máximo de personas que han estado en la Plaza de Luján, frente a la Basílica? 

—La verdad que no lo sé...

—Quiero recordar la visita de Juan Pablo II. 

—Dicen que ese fue el encuentro más grande que se dio en Luján. Creo que es un hito histórico, recuerdo el evento, fue extraordinario. 

“Festejaremos diez años de un papa que está siendo el líder espiritual de este tiempo”

—Además, en un momento muy particular de la Argentina. ¿Va a haber un mensaje grabado por parte de Bergoglio ese sábado?

—No sé eso; lo que sí vamos a mostrar son imágenes de él y esta Iglesia que él está proponiendo, de esta vida espiritual que le propone al mundo. Y en esta convocatoria queremos que realmente todos se sientan invitados; vamos a invitar a todas las autoridades, a los gremios, pero siempre con banderas argentinas. 

—El otro Mundial. 

—Exacto. Tenemos un Mundial que es el que nos unió a todos. Nadie se fijaba si se abrazaba con alguien que pensaba diferente; había un sentimiento muy grande. Acá queremos que se viva en la Plaza de Luján ese mismo sentimiento con una continuación que tiene que ver con una causa muy importante como esta, y con un festejo que tiene que ver con este papa argentino. 

“Sabe alinear corazones, proyectos, ilusiones, aun de la gente más diferente”

—¿Cuánto del espíritu del papado de Francisco tiene que ver con el ethos de la federación de los hogares de Cristo? 

—Cuando conocí a Bergoglio en las villas, vi el tiempo que dedicaba, que me llamaba la atención, porque tenía muchas cosas que hacer; de hecho, era muy requerido en la Curia, pero sin embargo, siempre se tomaba en forma muy constante, muy disciplinada, el tiempo para ir a las villas y a los santuarios. Lo ibas a ver en San Cayetano, en San Pantaleón, donde estuve un tiempo también, él iba a confesar, iba a atender a la gente que pasaba por el santuario, así como se iba a las villas. Entonces, su mirada de la ciudad de Buenos Aires, como obispo, no era la mirada del centro, en donde está, a lo mejor, todo el poder concentrado en la Plaza de Mayo, por poner un ejemplo. Era una mirada que tenía que ver con lo que pasaba en la periferia; él habla de la periferia y lo importante de tener un conocimiento de la totalidad, desde la periferia. Y creo que eso influyó mucho también en nosotros, en seguir profundizando ese camino, y ha marcado también a él esta manera de pararse frente a la Iglesia universal. La Iglesia en el mundo, por ejemplo, en los viajes que ha hecho al África, sin importar la cantidad, sin importar la resonancia, sino dándole importancia al hecho de estar al lado de aquellos que él siente que tiene que estar. Y eso es algo muy importante que va marcando un camino también para nosotros como ejemplo. 

—¿Cuánto de la tradición del equipo de curas de las villas y barrios populares, que fundó Mujica hace cincuenta años, está llevado a través de él al Vaticano? 

—Él empatizó mucho con el equipo nuestro; por ejemplo, una de las cosas que valoraba era que el sacerdote viviera en el barrio, que viviera como un vecino más, que construyera la vida de la Iglesia y el trabajo espiritual y social, desde el mismo barrio. Entonces, cuando él habla de la comunidad espiritual que después se manifiesta en las encíclicas, tiene que ver con esta experiencia también, tiene alguna influencia y alguna conexión con esa manera de mirar la vida de la Iglesia. 

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IGLESIA, ESTADO Y POBREZA. “Así como nos unió festejar el Mundial, tenemos que unirnos también para trabajar ciertos puntos en los que todos los argentinos sabemos que estamos en una causa común”. (FOTO MARCELO DUBINI)

—Él dice que el pastor tiene que estar entre las ovejas. ¿Puede un obispo o un cardenal hacer eso?

—Sí, pongo el caso de Oscar Ojea, fue párroco mío, así que lo conozco muy bien. Es una persona que aun siendo el presidente de la Conferencia Episcopal, tiene un contacto con la gente del barrio que realmente lo hace posible. Lo mismo esas escapadas que decía de Bergoglio, siendo cardenal. Un día me acuerdo que estaba en la 21, me llamó y me dijo: “Mirá, tengo un amigo italiano que quiere conocer la villa”. Él estaba de vacaciones, pero se quedaba en la curia; lo único diferente es que estaba con un gorrito. Y nos fuimos a caminar por el barrio, y la gente decía: “¿Pero usted no es el monseñor Bergoglio, que nos confirmó?”. Todos los 8 de diciembre venía a confirmar él.

—¿En las vacaciones él se ponía un gorrito?

—Se quedaba en la curia y, cuando salía, a lo sumo se ponía un gorrito y venía a la villa, porque había un sol terrible.

“Los referentes son chicos que estuvieron, hace tres años quizás, en la misma situación de ellos”

—Era su espacio de no trabajo, cambiarse y ponerse un gorrito.

—Sí, muy particular. Es muy divertido, porque cuando lo vi así, me dije: “La única diferencia es que tiene un gorrito”. El que tiene autoridad y se da el tiempo lo puede hacer, y Bergoglio lo hacía; Ojea lo hace, o sea, realmente se puede, en la medida en que esté en el espíritu de la persona. 

—Se cuenta que él llamaba por teléfono a cualquier hora. ¿Se sigue repitiendo esto?

—Me manejo a veces con mails con él cuando necesito alguna pregunta directa de temas que me tocó charlar. Pero cuando era obispo de Buenos Aires, lo llamábamos, sabíamos que había un horario, a las seis y media, siete, te atendía directamente él. Y eso era muy importante, porque eran temas complicados, y él sabía que en las villas las cosas a veces son en blanco y negro; entonces, tiene que estar muy pendiente de la respuesta. 

“Concentramos en este festejo los quince años del Hogar de Cristo y los diez años del papa Francisco”

—¿Cómo es tu relación con Francisco hoy? 

—La verdad que con Bergoglio era muy buena porque estábamos trabajando juntos en esto. Realmente nunca me extrañó el espíritu que le dio a la Iglesia, porque lo conocíamos. Sí me gustó que dio como un salto cualitativo, porque es una persona más alegre. 

—Tenía la cara más adusta, estaba como enojado o preocupado. 

—Sí, por ejemplo, las fotos de comunión, confirmación que tiene la gente, lo ves siempre serio, y creo que en ese sentido, y en esto un poco la inteligencia de él, creo que tiene que ver con a los 75 años uno piensa que ya no cambia, y uno puede cambiar si el desafío es más grande, que sabés que estás comunicando con una sonrisa o con un gesto, a toda la humanidad.. Realmente me pareció algo positivo para el rol que tiene que cumplir. 

—Decís que cumple un papel pastoral con la sonrisa; esa también es una forma de comunicar. ¿Hay algo del Espíritu Santo que lo trasciende y que la persona en el rol es atravesada por determinadas sensaciones? 

—Creo que sí; nosotros desde la fe tenemos la convicción. Y así como a Benedicto le dio fuerzas para llevar adelante y también para decir: “Hasta acá llegué”, el Espíritu Santo fortaleció al papa Francisco para tener la capacidad de llevar adelante la Iglesia de este modo, con todas las preocupaciones y las dificultades que debe afrontar. 

“Su mirada de la ciudad de Buenos Aires como obispo no era desde el centro, tenía que ver con la periferia”

—¿Recordás cuando vino Juan Pablo II? 

—Sí, estuve las dos veces. En el 82 era seminarista y tuvimos que preparar, porque la visita fue de un momento al otro. Los seminaristas trabajamos bastante en lo que fue la preparación de la venida del Papa. Y en el 87 me ordenaba sacerdote, fue a varios lugares y se hizo el Domingo de Ramos aquí, así que en los dos estuve trabajando con la preparación. 

—¿Por qué creés que el Papa no viene? ¿Creés que va a venir en algún momento? 

—En algún momento pienso que él tenía el convencimiento de venir, después decidió que no era el momento. Pero creo que tenemos que lograr que en algún momento él pueda venir a la Argentina, porque el pueblo quiere que venga. Si preguntás en la villa o en un barrio popular o en una provincia, la gente realmente tiene ganas de encontrarse con el Papa, de tener un momento espiritual realmente profundo, así como lo tuvimos con Juan Pablo II, pero esta vez...

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PAPA FRANCISCO. “Es el festejo de los quince años de algo que empezamos con Bergoglio, y que lo unimos, sin duda, a esta propuesta de Iglesia del papa Francisco, que cumple diez años al frente de la Iglesia”. (FOTO MARCELO DUBINI)

—Con mucha más intensidad, obviamente. 

—Ojalá que en algún momento se den las circunstancias y que él pueda decir: “Voy a la Argentina”

—Una escuela de semántica de Palo Alto propone que no se puede no comunicar; cuando no se comunica, se está comunicando no comunicar. Evidentemente, al no venir, nos está enviando un mensaje. ¿Qué interpretación le das vos? 

—Creo que puede ser esto de “únanse”; la Argentina necesita más unidad, necesita menos rivalidades, que las diferencias se puedan lograr en el diálogo, los consensos, y pienso que ese es un gran desafío a todo nivel en la Argentina. Esto que hablamos recién del Mundial, cómo en pocos días parecíamos otro país, incluso en algunas cosas hasta se contagió. Me acuerdo que el domingo siguiente había más gente en misa que otros domingos.

—¿Eso que pasó en tu misa lo hablaste con otros curas? ¿Les pasaba lo mismo? 

—Es como que la alegría era desbordante, y en muchas cosas habrá pasado así; me parece que tenemos que buscar eso, tenemos que buscar en la Argentina lograr sentir al otro como un hermano, no como un rival permanentemente. 

“Una de las cosas que valoraba Mujica era que el sacerdote viviera en el barrio como un vecino más"

—¿Qué significa que Francisco sea, podríamos decir, el primer papa absolutamente producto del Concilio Vaticano II

—Puede ser el que más lo tiene incorporado, porque realmente en los otros encontramos el esfuerzo de poner una iglesia a tono con los desafíos del tiempo, y el Concilio fue realmente un trabajo extraordinario. Creo que Bergoglio ya lo lleva incorporado y tiene esa posibilidad de sentirse ya como un hijo del Concilio. 

—En ese sentido, tres cuartas partes de los cardenales con derecho a voto fueron elegidos en el papado de Francisco. ¿Cambia a la Iglesia esto, es un punto de inflexión el papado de Francisco? 

—Yo pienso que sí, además es como que Francisco está poniendo los puntos más importantes por donde tiene que caminar la Iglesia. Hay un llamado a la reflexión muy grande a los sacerdotes, a las religiosas, a los laicos, hay también una puesta en orden en muchas cosas; él dice, con énfasis, una Iglesia abierta, una iglesia en salida, una iglesia como hospital de campaña, o les dice a los jóvenes: “Hagan lío”. En el discurso de Panamá habla de la Federación de los Hogares de Cristo, como ejemplo, esto que vamos a festejar ahora. O sea, esa iglesia en salida, que está trabajando y que no se encierra en el templo o en la sacristía, que hace todo lo que tiene que hacer el templo, pero su vida se prolonga en la sociedad y se compromete con la sociedad. Para eso también hay un inicio, que lo marca él y que lo seguirá otro, que tiene que ser alguien que tome esta idea, este proyecto. 

“Creo en ese sistema de trabajo preventivo que tenemos en las villas, da mucho resultado”

—¿Es un punto bisagra en la historia de la Iglesia, como fue el Concilio Vaticano II?

—No sé; para mí va a ser como una continuidad que va a posibilitar que muchas de las ideas que hoy Francisco está promoviendo después se concreten en obra.

—¿A qué atribuís que muchas de las reformas que él lleva o intenta llevar adelante parecen más resistidas dentro de las jerarquías eclesiásticas que en la población?

—Conozco poco la curia romana, pero me parece que son grupos que se acostumbraron a mirar la Iglesia hacia adentro, eso que justamente se opone al pensamiento de Francisco, y encontrás la mirada sesgada de este pequeño grupo, pero que realmente estaban con mucho poder, por así decirlo. De hecho, estas reacciones que vamos viendo de algunos de estos grupos significan que Francisco está poniendo a la Iglesia en clave del Evangelio, de compromiso de fe, de apertura y de salida. Entonces, es lo contrario a lo de estos grupos. 

—¿Hay algo en él que genera cierta admiración por parte de la gente y cierto resquemor en aquellos que consideran que la Iglesia no debe ser mundana? 

—Claro, porque ellos consideran que por ahí son mundanas algunas cosas que son realmente las que hacía Jesús. Por ejemplo, esto de acercarse al leproso, acercarse a la persona de mala vida, a los borrachos, lo que hacía Jesús también sería mundano, quizá para estos grupos.

“Así como la persona se realiza en la comunidad, también se recupera en la comunidad”

—Cambiar esa iglesia no mundana es el espíritu del Concilio Vaticano II; antes el cura daba la misa dando la espalda a la gente en un idioma que no comprendía. 

—Son grupos que resisten siempre estos cambios, que son más parecidos a lo que en el Evangelio aparece como fariseos, atados a costumbres, y no son capaces de ver lo importante de la fe o de la religión. 

—El Papa pone énfasis en tema del hábitat. ¿Hay algo del hábitat de la villa que modifique la subjetividad y que sea esencial en la perspectiva que la persona tenga de la vida?

—Sí, en la villa, porque se dan cosas saludables. Por ejemplo, una cosa es la relación que se tiene con los vecinos en los barrios populares, que es una relación muy directa, lo que los barrios tradicionales tenían hace 50 años.

—El vecino era parte de tu familia. 

—Creo que en las villas el hábitat es justamente sentir al otro como el vecino. De hecho, cuando empezó la pandemia y hacían esa propaganda de: “Quedate en casa, llevate el trabajo a tu casa”, nosotros le dijimos al Presidente que el mensaje no era el correcto, porque la gente de los barrios no iba a poder encerrarse en una casilla de chapa, vive mucha gente, y lo entendió. Pasó a ser: “Quedate en tu casa, quedate en tu barrio”. Hicimos una especie de spot. El barrio es un poco la prolongación, y donde hay lugar generalmente para todos, porque si hay algo importante en los barrios es que a lo mejor viene alguien de Paraguay sin nada, y de pronto hay un vecino que le dio un lugar para que empiece a hacer su casa, o al menos para que esté por un tiempo. 

—¿Hay más solidaridad?

—Hay más solidaridad, tiene los problemas de la marginalidad que ocasionan la violencia, la droga, pero por otro lado encontrás estos valores que como curas villeros hemos detallado en un documento que hicimos de integración urbana, y hablamos de los valores que tiene la villa, que justamente es un hábitat comunitario, un hábitat que hace más feliz la vida del otro, porque hay un interés de uno por el otro. 

—Bergoglio habla de que hay que aprender de los pobres. ¿Qué aprendiste vos de ellos? 

—Desde que entré a los barrios populares aprendo todos los días. Una de las cosas que aprendí es que el pobre no tiene que ser el objeto de ayuda solamente, podés organizar algo, pero el pobre tiene que ser protagonista en esa ayuda. Y me han enseñado, primero, que tienen una calidad humana muy grande, tienen valores y tienen incluso capacidades que a lo mejor todavía no pudieron desarrollar por la situación en la que están viviendo. Pero una vez que la empiezan a desarrollar, forman parte de la comunidad, y te diría de una manera hasta liderando ciertas cosas. Por ejemplo, un joven que estaba en situación de calle hace cuatro años, en la villa de José León Suárez, hoy día es el que dirige la parte operativa en los comedores, le damos de comer a mucha gente; terminó su secundaria en estos años, recuperó sus hijos, o sea, me enseñó que tienen una capacidad de resiliencia muy grande, y la espiritualidad que tienen es muy profunda. También me enseñó que el pobre es una persona profundamente religiosa, pero no porque sea alguien que necesite porque no tiene otras cosas, sino porque realmente está formado en una fe profunda y seria. Entonces, esa apertura que tiene, una vez que vas metiéndote, te ayuda muchísimo. A mí me ayudó muchísimo como cura, y también en la organización de la vida de la Iglesia. 

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VILLAS Y NARCOTRÁFICO. “Realmente estamos contentos de haber hecho esta peregrinación, haber recorrido todo el país y todos los centros que son del Hogar de Cristo, y terminar en Luján”. (FOTO MARCELO DUBINI)

—¿Cuál es el saber que tiene la persona de esa situación de pobreza que no percibe quien tiene satisfechas todas sus necesidades?

—Tiene un sentido de trascendencia más grande, un sentido de la vida, de valorar lo que tiene, pues muchas veces lo poco que tiene lo valora mucho, y muchas veces este sentido solidario de lo poco que tiene lo comparte con el otro. Y esto que decía que alguien tiene un terreno pequeño y sin embargo le da un lugar para alguien que llegó de afuera, o recibir en su casa al hijo de la señora que está enferma en un hospital y tiene cuatro o cinco hijos; sin embargo, empieza a criar a los vecinos también. O sea, hay realmente una dinámica muy espiritual, muy solidaria. 

—Ustedes plantean las tres C, capilla, colegio, club. ¿Por qué las tres C, cuál es el factor estructurador que tienen?

—Nosotros creemos que en la realidad de la Argentina que estamos viviendo, para trabajar en prevención es muy importante fortalecer institucionalmente los barrios, porque durante mucho tiempo, en un discurso medio falso, se habló contra las instituciones, cuando en realidad lo que hay que hacer es que si una institución anda mal, darle una vuelta de tuerca para que empiece a funcionar bien. Entonces se han dinamitado los clubes, las capillas muchas veces están cerradas o los colegios solo piensan en su momento áulico y nada más, y pensamos en estas tres C, la capilla, el club, el colegio, ya se lo resumimos así, pero puede haber otros factores más dentro de un barrio, están bien paradas dentro de un barrio y un niño, tienen ese andar durante todo el día, durante su infancia y su adolescencia, un recorrido que le permite crecer sanamente. Entonces, una capilla con proyectos, con campamentos, con vida en sí misma; un club con distintas propuestas deportivas, que esté metido el barrio ahí; un colegio que esté pensando más allá del aula, al chico que peor anda lo tiene que poner en primer lugar. Trabajar coordinadamente permite lo que a lo mejor nosotros vivimos en los barrios cuando éramos chicos, en un club del barrio, la parroquia, el colegio, y eso nos fue formando. Eso es lo que precisan los barrios populares. Y creo que en ese sistema de trabajo preventivo que tenemos en las villas da mucho resultado. 

“Tenemos que buscar en la Argentina lograr sentir al otro como un hermano, no como un rival permanentemente”

—¿Qué diferencia creés que hay entre los barrios populares de la Argentina y de otros países? ¿Hay algún punto de contacto? 

—En otros países no te sabría decir. Encontré mucha similitud, ahora recorriendo el país con la peregrinación, en muchos barrios de la Argentina que pertenecen ahora a lo que es el Renabap (Registro Nacional de Barrios Populares), en donde están asentados muchos de los centros nuestros, hay puntos de contacto y hay otras diferencias; por ahí las villas de Capital crecen más hacia arriba; las demás tienen más extensiones, en las que están en el interior no hay construcciones de primero y segundo piso. Pero en la Argentina sí podría decir que hay una similitud, por eso se pueden trabajar muchos de estos temas, como lo estamos haciendo en forma conjunta. 

—Se cumplen 50 años de lo que el padre Mujica comenzó en la villa con la parroquia Cristo Obrero, él integró el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. ¿Sentís que hay en Mujica una especie de pater seraphicus, un guía? 

—Sí, nosotros a Mujica lo tenemos en un lugar muy importante en nuestra vida espiritual, porque es de ese equipo fundador en el que estaban el padre Ricciardelli, el padre Vernazza, el padre Goñi, Daniel de la Sierra; había varios, pero Mujica es el mártir de ese grupo. Y a partir de ahí, ha inspirado a aceptar los desafíos que los barrios populares tuvieron en su momento. Los desafíos de él fueron unos; los que vinieron después de la dictadura fueron otros, los que vinieron en la época nuestra, en donde los barrios empezaron a tener estos problemas de violencia…, entonces cómo pararnos con ese mismo espíritu, con esa misma intensidad en la labor pastoral, pero frente a realidades diferentes. Tenerlo realmente como alguien que te inspira y no vivir de nostalgia. Pensar: ¿qué es lo haría Mujica hoy? Tratar de reflexionar sobre eso, y es lo que pensamos como equipo muchas veces, tratamos de dar respuesta a los tiempos que nos tocan vivir. 

“Empezamos a motivar una especie de propuesta que naciera de la comunidad”

—Algo que sucede ahora, y que no sucedía en la época de Mujica, es que hay tres generaciones de personas que no vieron ni a su abuelo, ni a su padre, ni ellos mismos trabajar. ¿Cómo afecta esto a la subjetividad? ¿Esa gente quiere trabajar o está fuera de su perspectiva?

—La gente quiere trabajar y pienso que también incide esto, que hay muchos que no tuvieron la oportunidad de ver a su padre trabajar, porque en la época de casi pleno empleo que hemos vivido en esos tiempos ya es un recuerdo. 

—Argentina en 1974 tenía un 4% de pobres, un 6% de desempleo y un producto bruto per cápita equivalente al de Australia o Canadá, o sea, un mundo totalmente diferente. Aquella villa y la de hoy son cosas muy distintas. 

—En la villa de aquella época muchos venían y enseguida se iban, eran temporarios, conseguían el trabajo y se iban. Y creo que la villa de hoy es también fruto de la realidad de que el país ha cambiado. En el interior pasa lo mismo, se formaron grandes conglomerados porque la gente se fue del campo, entonces vas a una ciudad capital como Santiago del Estero y La Banda y ha crecido mucho, hay un montón de barrios nuevos, hay un montón de situaciones que cambiaron.

“El Hogar de Cristo se propuso como meta un abordaje territorial e integral de las adicciones”

—Supongo que volviste al lugar donde estuviste antes. 

—No, no pasé, pero me hice una escapada. 

—¿Y qué te encontraste? 

—Es un pueblo muy lindo.

—¿Cuánto tiempo pasó entre una cosa y la otra?

—Hace diez años. 

—Una década. 

—Estuve dos años. Cuando volví, que empecé en San Martín, es que Bergoglio va para Roma. 

—Justo los diez años desde que Bergoglio es papa.

—Es así. Fue una experiencia que me ayudó porque yo estaba en la villa y veía lo que pasaba en la Capital, y sobre todo en la villa mía. Y de pronto, en medio del monte santiagueño, me abrió también una perspectiva como cura, y con el tema de adicciones también, mucho más amplio, porque empecé a saber las regiones, otras situaciones como la ruralidad, los maestros rurales, el trabajo con el campesino, con la gente de un pueblo. 

—¿Es distinta la pobreza allí?

—Sí. 

—¿Es menos pobre la persona que está en contacto con la naturaleza?

—Tiene menos cosas, pero una persona que vive en un paraje ahí en Santiago, al menos en donde estaba yo, estaba a 60 kilómetros de Campo Gallo y no tenía ni luz, no tenía agua de red. 

—Cloacas. 

—No tienen nada. Sin embargo, es la simplicidad de la vida, la austeridad, pero no encontrabas.. 

—Elementos tóxicos que hay aquí. 

—Claro, los dramas que encontrás en los conurbanos de cualquier ciudad.

—¿Qué son exactamente los hogares de Cristo?

—Empezó siendo una propuesta de abordaje territorial, porque veíamos que el problema de las adicciones en las villas no tenía una respuesta concreta. O estaba en la comunidad terapéutica, que era inaccesible, el Estado muy lejano, estamos hablando de 15, 20 años atrás, entonces empezamos a motivar una especie de propuesta que naciera de la comunidad; así como la persona se realiza en la comunidad, también se recupera en la comunidad. Hay que hacer un esfuerzo grande, es implicar a toda una comunidad, como fue en la Villa 21, a que acepte esta propuesta. Podían ser sus hijos o nietos, a lo mejor un vecino. Y así fue diseñado, que sea en el territorio; yo tenía dos parroquias, Caacupé y Virgen de Luján, en Parque Patricios. A una, literalmente, la cortamos al medio y la transformamos en el primer centro. Entonces, los chicos jóvenes de Zavaleta o de la Villa 21 pueden venir caminando acá, o vamos a buscarlos con el auto, tenemos una combi con la que los pasamos a buscar y los llevamos a pasar el día. Y ahí empezamos a diseñar una propuesta en donde hubiese pasos, momento de recibirlos; lo hacemos con mucho cariño, es algo en lo que los chicos  sienten realmente que no se ven descartados. De pronto viene un grupo que los recibe con mucho afecto, que les proponen charlas, que les proponen comer. Si se quieren bañar, pueden, y estaban en situación de calle. Empezamos a tener lugares para que vayan a desintoxicarse, a iniciar un camino espiritual, y nos propusimos la otra parte. Además de la verdad y territorial, es un abordaje integral, porque el pibe de los barrios populares tiene muchos problemas, no es solamente dejar la droga. Si está un año en una granja quizás puede dejar la droga; el tema es que está atravesado por problemas de salud, a veces no tiene documento, tiene problemas con la Justicia. Entonces, ¿cómo podemos ir dándole este abordaje integral? El Hogar de Cristo se propuso eso como meta, un abordaje territorial e integral de las adicciones. Y se fue dando, se fue generando en la Villa 21, se fue replicando en las otras villas de Capital, y después se fue extendiendo por el país. Es una propuesta simple y concreta, práctica, que nace de la Iglesia, después es tomada como un modo de política de adicciones. O sea, uno de los tantos modos que puede haber, entonces, con el aval de Sedronar pudimos acceder al psicólogo, al psiquiatra, al operador, poder fortalecer y dinamizar esta vida que significaba el Hogar de Cristo en un barrio. Se fue trabajando mucho en la comunidad y eso es lo importante; muchas de las cosas que tenemos en los barrios populares, escuelas de oficio, los mismos dispositivos de ayuda empiezan a hacer que estos jóvenes, una vez que se recuperaron, empiecen a... 

—En la conferencia de los jóvenes en Panamá, el Papa citó el ejemplo de lo que ustedes hacen. ¿Es algo replicable fuera de Argentina? 

—Sí; de hecho, estamos charlando con gente de otros países de América Latina, que están viendo esta experiencia y que realmente tienen la intención de hacer lo mismo, en algunos lugares. Es decir, este modo práctico, concreto, siempre decimos no es una cuestión solamente de profesionales, porque muchas veces está la tendencia de pensar que solamente el profesional es el que va a solucionar el problema, incluso aquellos que dieron ese paso y ya se recuperaron, los llamamos acompañantes pares, hacen que los chicos se transformen en los protagonistas más importantes de la recuperación de sus compañeros. Entonces, los referentes son chicos que estuvieron hace tres años quizás en la misma situación de ellos. 

—Quisiera que dejaras un mensaje a la gente que te gustaría que fuera a Luján el 11 de marzo. 

—Realmente estamos contentos de haber hecho esta peregrinación, haber recorrido todo el país y todos los centros que son del Hogar de Cristo, y terminar en Luján para nosotros es muy importante, en marzo de este 2023, porque es el festejo de los quince años de algo que empezamos con Bergoglio, y que lo unimos, sin duda, a esta propuesta del papa Francisco, que cumple diez años al frente de la Iglesia. Entonces, queremos realmente que sea una fiesta, celebrar la vida, que sea un momento de encuentro entre todos. Y por eso está planeado así; van a venir las delegaciones del interior, pero está abierto a que cualquiera pueda participar con su bandera argentina, sin banderas particulares, que podamos revivir ese momento del Mundial en Luján. Compartir la misa, la oración de agradecimiento. Y por otro lado, un festival que va a ser realmente muy directo, con personas que ya cuando las eligieron me pareció que tanto Palito Ortega como Nahuel Pennisi tienen un perfil que le da fortaleza al acto, y queremos que vengan todos. 

—No católicos también.

—También, todos. A veces en ese sentido tenemos más amplitud, pero de la política argentina nadie puede decir que no se lo invitó. Están invitados todos, y el que quiera participar lo puede hacer. Obviamente, teniendo esta premisa de que la bandera es argentina, entonces estamos todos unidos junto al papa Francisco festejando, y con este lema que creo que nos une mucho, “Ni un pibe menos por la droga”; así como nos unió festejar el Mundial, tenemos que unirnos también para trabajar ciertos puntos que sabemos que estamos en una causa común todos los argentinos.  

 

Producción: Melody Acosta Rizza y Sol Bacigalupo.