POLICIA
identidades falsas, una fuga y una condena a prisión

El historial delictivo del narco del Mercedes-Benz que desparramó 260 kilos de cocaína

Carlos Manuel Fiordellino Celis supo integrar la lista de los prófugos más buscados del país tras escapar de una alcaidía en Rosario. Sobrevivió años con identidades falsas, acumuló una condena unificada de 14 años por narcotráfico agravado y hasta atravesó un tratamiento oncológico mientras cumplía pena en prisión. Hoy, quedó otra vez en el centro de una causa judicial tras una persecución en Entre Ríos que terminó con el hallazgo de 260 kilos de cocaína descartados entre los pastizales.

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Alta gama. El Mercedes-Benz C200, valuado en 35 mil dólares, en el que se movía Carlitos, fue interceptado en la ruta provincial 28. | cedoc

El Mercedes-Benz C200 Avantgarde parecía fuera de lugar sobre el ripio entrerriano. Un coche de lujo pensado para pisarlo en la autopista, no para terminar rodeado por policías, con bolsos tirados entre pastizales y 260 kilos de cocaína desparramados a pocos metros de la banquina.

Al volante iba Carlos Manuel Fiordellino Celis, conocido como “Carlitos”, un hombre de 53 años que conoce demasiado bien el olor del encierro, el ruido de las sirenas y la adrenalina de la fuga. Para los investigadores, su detención en Entre Ríos no fue la caída de un improvisado ni de un simple transportista: fue el regreso a escena de un nombre pesado en los expedientes narco.

La secuencia que derivó en su arresto comenzó el 28 de mayo pasado, en un control vial del puesto caminero Puente de Hierro, en el departamento de Feliciano. Los policías frenaron el Mercedes y pidieron revisar el baúl. Fiordelino respondió con una excusa: no podía abrirse desde afuera. Volvió al asiento del conductor con el supuesto objetivo de destrabarlo.

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En lugar de abrirlo, pisó el acelerador.

La maniobra activó una persecución que terminó sobre la ruta provincial 28, donde el vehículo finalmente fue interceptado. Para entonces, parte de la carga ya no estaba dentro del auto. Durante un rastrillaje, los agentes encontraron mochilas y bolsos ocultos entre la vegetación. Adentro había 250 ladrillos de cocaína, además de un arma, teléfonos celulares y otros elementos que, según la investigación, fueron descartados durante la huida.

Pasado, presente y futuro. Para entender por qué el expediente dejó de ser una causa narco más, hay que retroceder varios años.

Mucho antes de la fuga en el Mercedes-Benz. Carlitos ya tenía un nombre dentro del mundo del hampa. Su legajo arrastra condenas por tráfico agravado de estupefacientes y portación de arma de guerra, con una pena unificada de 14 años de prisión.

Su historia criminal, sin embargo, quedó sellada en 2011, cuando protagonizó una fuga que todavía se recuerda en tribunales santafesinos. Escapó de la Alcaidía Mayor de Rosario y desapareció del radar judicial sin disparar un tiro ni romper una reja. Simplemente salió y se esfumó.

Desde entonces pasó a integrar la lista de los prófugos más buscados del país.

Durante casi cinco años se movió con identidades falsas, documentación adulterada y una fisonomía distinta. Se transformó para sobrevivir. Una de esas identidades fue Santiago Freschi, un nombre prestado que le permitió circular mientras el aparato judicial intentaba reconstruir su rastro.

Por esos años, Rosario ya se había convertido en un ecosistema donde el narcotráfico no se limitaba al negocio de la droga: implicaba territorios, lealtades, armas y muerte. En ese mundo, sobrevivir requería moverse rápido y desconfiar de todos.

Cuando finalmente volvió a quedar detenido, parecía que el recorrido criminal empezaba a cerrarse.

Durante su detención en el penal de Marcos Paz, una dolencia persistente lo llevó una y otra vez a la enfermería. Los estudios terminaron revelando un diagnóstico severo: cáncer de estómago. Fue operado, sometido a tratamientos y atravesó sesiones de quimioterapia. La enfermedad reconfiguró su presente y abrió una etapa marcada por pedidos de morigeración de encierro y evaluaciones médicas constantes.

Nada de eso, sin embargo, lo alejó definitivamente del circuito narco.

En marzo del año pasado obtuvo la libertad condicional. Con el tiempo apareció un nuevo mapa en su vida: Corrientes. Y con él, una conexión que hoy también aparece en el expediente judicial. Allí entra Sebastiana Brítez, pareja de Fiordellino y madre de Benjamín Maciel, el joven de 19 años que viajaba junto a él en el Mercedes.

Brítez también tenía antecedentes: registraba una condena por transporte de estupefacientes y nuevamente volvió a quedar comprometida tras allanamientos posteriores a la detención de Carlitos. Su hijo, en cambio, abrió su primer legajo de antecedentes.

Esta semana, la jueza federal de Concordia, Analía Ramponi, procesó a los tres con prisión preventiva al considerar que no se trató de un episodio aislado ni improvisado, sino de una maniobra organizada.

Para Carlitos, el círculo parece repetirse con una precisión brutal.

Quince años después de la fuga que lo convirtió en un fantasma judicial, volvió a quedar acorralado por la misma lógica que moldeó toda su vida: droga, armas y escapes. Esta vez no alcanzó con acelerar. Tampoco con tirar la carga entre los pastizales. El Mercedes se detuvo. Y con él, al menos por ahora, otra huida de Carlitos.

La conexión Itatí

La aparición de Itatí en la causa de Carlitos no pasó inadvertida para los investigadores. No porque exista, por ahora, evidencia de vínculos con la estructura criminal desarticulada en el Operativo Sapucay, sino porque el pueblo correntino sigue siendo un enclave sensible dentro del mapa narco del Litoral.

El vínculo concreto surge a través de Sebastiana Brítez, pareja del narco rosarino, detenida en un allanamiento realizado en esa ciudad tras la caída del cargamento de 260 kilos de cocaína en Entre Ríos.

En 2017, el Operativo Sapucay expuso una trama de narcopolítica que sacudió al país: fueron detenidos el entonces intendente Roger Terán, el viceintendente Fabio Aquino, policías y miembros de fuerzas federales, acusados de facilitar el tráfico de droga proveniente de Paraguay.

La investigación reveló una logística aceitada: lanchas cruzaban cargamentos por el río Paraná en maniobras que duraban apenas minutos. Desde allí, la droga era redistribuida hacia distintos puntos del país, incluyendo el AMBA, Rosario y Córdoba.