Mucho se habla del fin de la historia. Poco de su resurrección en la poesía. Japón es el país de más alto Producto Nacional Poético del mundo. Su Asahi Shinbun (7 millones de tirada diaria) jerarquiza la portada no con recuadro bursátil, farandulero o político, sino poético. Ooka Makoto, responsable de la sección, comenzó su columna "Oriori no uta" ("Apuntes de un poeta") en 1980. Un poema seleccionado y datos sobre la métrica clásica japonesa, como el "haiku" (poema de 17 silabas: 5-7-5) y el "tanka" (31 sílabas distribuídas en 5 líneas de 5-7-5-7-7). Se tarda menos de diez segundos en recitar un tanka. Para un haiku sólo cinco. Makoto cree que la brevedad sostiene su columna. Japón cuenta con 200 mil poetas registrados y 2 millones amateurs. Muchos son bardos de renombre que se ganan la vida enseñando a sentir y escandir tankas y haikus. El amor, el trabajo, la familia, la enfermedad y la muerte, son los asuntos que más inspiran a su gente. Ooaka Makoto cree que el haiku y el tanka resurgieron como reacción y resguardo ante a un mundo que sustrae la riqueza de la originalidad y diversidad del individuo. También ironiza sobre los cientos de originales que recibe: “En Japón se dice que "el polvo que se acumula hace montaña”. En mi casa, eso sucede con los libros. Hacen montaña. Mi piso está cediendo"
Algunos de sus seleccionados se hacen célebres. La maestra Tawara Machi, ganó el concurso nacional de haikus de 1987 con "Sarada kinembi". Un título que vendió 3 millones de ejemplares y que en traducción literal es un atentado al canon de la belleza occidental: "Ensalada de aniversario" (sic). Esta celebración pública de la poesía no solo se da en Japón. En Marruecos la gente va a las plazas a recitar en verso los sucesos del día. En Londres los coches del subway llevan de viaje afiches con poemas de Keats, Auden, Silvia Plath y otros. Lo mismo en Nueva York. También se los podía leer en los subtes porteños. Pero los quitaron. (Con el bien que hacían asistiendo al pasaje en el momento de "ponerse el cuerpo" y entrar en la batalla del día).
Este parpadeo de luz sobre la realidad llamado haiku, puede rastrearse, con otros matices, en la poesía popular de cualquier país. Sea cuando se pregunta por la edad de un bebe ("¿Cuánto tiempo tiene?") o al definir José Hernández a ese mismo tiempo como "la tardanza de lo que está por venir". Con el poema, el hombre busca echar la máxima luz en el mínimo espacio. Lo consigue al plasmar con un relámpago el sentir y el pensar. El haiku y las formas breves de las poéticas del mundo, prueban que así como “El camino que está en el mapa no es el camino” tampoco el lenguaje que utilizamos para el comercio de los días, es el lenguaje que mejor nos expresa. Y menos todavía el abichado idiolecto depredador de neuronas del tartamudeo digital en boga.
¿Llegaremos a tener un país de alta densidad poética?. Para ello deberíamos abrevar a diario no en los clásicos de fútbol o de la tevé, sino en la belleza portátil y original de cada cual. La copla es la más próxima réplica local del haiku. En la desmesura de Macedonio Fernández, en la aforística de Antonio Porchia o en la orfebrería de Borges (quien construye poemas mediante eslabones invisibles de haikus). Nuestra vida cotidiana es una sucesión de coplas, entrevistas o no. Para convocarlos basta convivir con el asombro. Y aparecen. En Yupanki (“El hombre es tierra que anda”) o en Porchia (“Todo juguete tiene derecho a romperse”). O en lo que a cada instante se suelta, mágico, de la boca de la gente. Luminoso y único. No perpetrando gansadas enfermizas al estilo de Takira Kónex Naroski, quien la pasa bombardeando emisoras de radio sin que Greenpeace proteste y los locutores se rebelen. Al contrario, nunca falta uno que "coloque" la voz y anuncie el recién llegado. “El agua moja y además es húmeda”, dice. Y una parte del país entra en hipo.
De elegir una belleza breve, me inclino (lejos) por un terceto del mexicano Xavier de Villaurrutia. Con solo sumar una letra por verso nos dejó en la boca esta gota de miel: "Cuando la vi/Cuando la vid/Cuando la vida". No hay quien la emparde. ¿Vió qué fácil? Atrévase. Nadie le dirá "mariquita". Eso era antes.
(*) Especial para Perfil.com