POLITICA
Ruta de las coimas

El periodista que investigó los "cuadernos K" revela cómo llegó a la información

Diego Cabot brindó un relato sobre los hechos. Un anotador, seis cuadernos espiralados y uno de tapa dura, el comienzo de todo.

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Diego Cabot periodista del diario "La Nacion" | Cedoc

Diego Cabot es el periodista que destapó el escándalo de corrupción más fuerte de la gestión K. Hace más de una década que investiga los desmanejos de la obra pública. Ahora, tras la publicación de los cuadernos de la corrupción kirchnerista, contó con lujo de detalles cómo fueron los hechos.

"El 8 de enero fue un día sofocante en Buenos Aires. A las 13.38, cuando llegó a mis manos una caja con los cuadernos sobre una de las tramas de corrupción más detalladas de las que hasta ahora se tenga conocimiento, la temperatura era insoportable. Al abrirla, encontré un anotador, seis cuadernos espiralados y uno azul de tapa dura, que bien podrían haber sido de cualquier nostálgico que decidió guardar sus viejos apuntes de colegio. También facturas de una marroquinería de Once, prueba de la compra de bolsos", señaló en un artículo publicado en La Nación, medio para el cual trabaja.

"La sorpresa no terminaba ahí. Entre los cuadernos encontré videos y unas pocas fotos no muy nítidas. Todas esas piezas unidas sirvieron para exhibir el camino de las coimas, que partían de las instrucciones de Néstor Kirchner, continuaban con los recorridos de los laderos de Julio De Vido por las empresas contratistas del Estado para recolectar bolsos repletos de millones de dólares sucios, que terminaban en la quinta de Olivos, en la Jefatura de Gabinete o en el departamento de la familia de los expresidentes, en Juncal y Uruguay", consignó.

"El chofer del auto, silencioso testigo de lo que sucedía en su Toyota Corolla en el que trasladaba a Roberto Baratta durante al menos diez años, se encargó de tomar nota de todo lo que podía escuchar y ver, con la precisión de un orfebre. Con cada detalle intentó barnizar de veracidad su relato. No dejó escapar ni siquiera un número que veía al pasar, tomó las direcciones, los nombres, los montos y describió las características físicas de quienes no conocía. Incluso registró hasta el peso de los bolsos o las valijas con plata", agregó.

La investigación y el poder del material era tan amplio que Cabot decidió pedir ayuda. Su relato lleva a entender cómo consiguió que otros dos periodistas procesaran la información y cómo fue llegando a cada empresario apuntado:

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La magnitud de lo que tenía enfrente me llevó a tomar una decisión: a poco de andar solo convoqué a dos alumnos de la Maestría en Periodismo de la Universidad Di Tella (UTDT) y LA NACION. Candela Ini y Santiago Nasra se sumaron con una sola premisa: estructurar la información para luego sí empezar a desandar el camino del relato periodístico. Nunca nos pusimos plazos para contar la historia. Solo un puñado de personas sabían de la existencia de aquellos cuadernos, y en ese selecto grupo jamás estuvieron los hoy detenidos o investigados, que desconocieron siempre la existencia de semejante prueba. Fueron horas de madrugada para ordenar los registros, de largos debates, de sorpresas por los nombres que aparecían y, también, de asombro por la impunidad con la que aquellos funcionarios y empresarios se habían movido y lo seguían haciendo hasta ahora.

Establecimos un compromiso: trabajo silencioso y no publicar nada. Así fueron noches de tipeo, acopio de información y café, en las que se nos hicieron familiares muchas de las personas que hoy están detenidas, varias de las cuales eran desconocidas para nosotros.

Listamos nombres, direcciones, cargos, empresas, montos y dominios de autos. Hicimos un chequeo de cada uno de ellos y llegamos a varias conclusiones. Todo en silencio. Así conformamos una potente base de datos con el detalle de cada movimiento de los que estaban registrados en diez años de anotaciones, que aspiramos a compartirla online en algún momento.

Las anotaciones en los cuadernos nos llevaron a las cocheras donde se hacían los intercambios de bolsos y pudimos comprobar cuánto pesan los dólares, "el fresco". También ingresamos en habitaciones de los hoteles señalados por el chofer de Baratta, subimos a lujosas torres de poderosos en Puerto Madero y caminamos, de la mano de la corrupción, por los balcones ubicados en los pisos treinta y pico desde donde todo se ve pequeño. Encontramos conocidos, paseamos por fachadas sospechosas, fotografiamos domicilios y, finalmente, empezamos a confrontar la información con varios de los personajes mencionados en los cuadernos.

Un día cité a un empresario al mismo café donde arreglaba sus negocios con el poder de entonces y pude comprobar la transformación de un rostro cuando se lo atosiga con datos, fechas y nombres. La cara de jugador de póker, de aplaudidor de actos oficiales, tiene un límite y ese mediodía lo encontró. Otro día vi cómo me enrostraban la impunidad: "No tiene nada, nunca me van a agarrar", le dijo a su jefa de prensa un viejo empresario, hombre avezado en eso de hurgar en latas, cuando le hice saber que teníamos registros de cuándo y dónde había pagado coimas. Hoy tramita la libertad bajo fianza.

En ese punto de la investigación comenzaron las consultas con periodistas cuya trayectoria respeto. Habíamos llegado lejos y había que tomar una decisión. Una de las opciones que se barajaron fue volcar la información y las conclusiones en una nota importante, con el riesgo de quedar expuestos a la posibilidad de que el escritor negara sus textos. La otra era hacer una ficción con la historia de los coimeros y, la última, intentar desenmarañar la forma de hacer negocios que se impuso por años entre el Estado y muchos contratistas. Elegimos esta última opción, que significaba ceder una primicia y dejar en manos de la Justicia la investigación que hasta ese momento habíamos encarado.

La decisión de LA NACION fue no publicar una línea hasta que la Justicia actuara. Y eso fue lo que hicimos: entregamos nuestro trabajo y ofrecí mi testimonio.

El 10 de abril de este año, después de cinco horas en una oficina de los tribunales, el secretario de la fiscalía me miró y soltó: "Te hago otro café para que no te duermas". Era el tercero que tomaba en esa pequeña habitación de no más de dos metros por dos y medio. Tomó una cápsula y la colocó en una máquina ubicada en un costado de su atiborrado escritorio. "No te hagas problemas, no te va a hacer mal; es descafeinado", me dijo. Había dos escritorios y centenares de expedientes apilados en estanterías, en el piso, en el pasillo, en todos lados. Eso sí, una ventana que daba al puerto porteño y que le entregaba un aire fresco al espacio.

Mientras el secretario escribía, algo corto en el trato pero dispuesto, imaginé las consecuencias de aquella larga declaración. Fueron varios meses más de silencio sin publicar, en los que especulamos con los tiempos judiciales. Pero la Justicia tiene medios mucho más potentes para verificar la veracidad o no de un documento, o de centenares, como era este caso.

El remisero fue detenido anteayer y ayer mismo empezaron a verse las consecuencias de aquella investigación iniciada en el verano. Nadie imaginaba que ese testigo cauto había construido una enorme prueba de la trama de la corrupción de la Argentina. Lo hizo en la cara de los funcionarios. Pero la impunidad ciega, tanto que Baratta nunca imaginó que ese hombre, al que alguna vez le regaló una valija vacía después de sacar los 4 millones de dólares que contenía hasta minutos antes, construía la prueba más contundente de lo que había sido su función en el gobierno de los Kirchner.