Reposando sobre un sofá verde de espaldar alto, acompañado de un libro cerrado y una copa de vino blanco que un mozo se dedicaba a mantener siempre llena, el teórico político Ernesto Laclau medía el pulso del cacerolazo por teléfono. "¿Cómo está el tema?, ¿hay mucha gente?", preguntaba a su interlocutor mientras arreglaba su agenda para el domingo, un viaje por el interior y otro para la próxima semana a Chile.
Utilizaba el teléfono inalámbrico del lobby del lujoso hotel cinco estrellas Claridge, en el Microcentro porteño. Uno de los conserjes caminaba los mismos treinta metros que separan la recepción del bar cuando había una llamada para el intelectual K.
No necesitaba mirar televisión y mucho menos salir a caminar pocas cuadras hasta la avenida 9 de Julio para tener una noción de lo que estaba ocurriendo; al prestigioso historiador y sociólogo de Oxford le bastaba con algunas llamadas telefónicas.