Hay un pánico moral alimentado por afirmaciones difundidas desde lugares de poder que, alejadas de toda evidencia, atribuyen a la Educación Sexual Integral (ESI) un impacto en las conductas personales que esconde, en realidad, otra cosa.
Este año se cumplen 20 años de la sanción de una ley que propone una estrategia progresiva e integral para contribuir con información, contención y acompañamiento en el desarrollo educativo a lo largo de todo el ciclo de formación. El objetivo es que niñas, niños y adolescentes adquieran herramientas para tomar decisiones informadas, cuidar su salud, encontrar espacios y construir vínculos que les ayuden a gestionar sus emociones, así como también prevenir situaciones de riesgo o violencia.
Una resolución aprobada por el Consejo Federal de Educación en el año 2018 (es decir, las autoridades del área de educación de todas las provincias y de la Ciudad de Buenos Aires, representando a un amplio y diverso arco político) acordaron cinco ejes para llevar adelante este objetivo: cuidar el cuerpo y la salud, valorar la afectividad, garantizar la equidad de género, respetar la diversidad y ejercer los derechos.
Sorprende que todavía hoy los principios fundamentales de la ESI quieran ser debatidos con narrativas que, en general, están basadas en desinformación, miedos y prejuicios. Lo más sorprendente, es que esa narrativa que se presenta como en defensa de las familias y los niños, si fueran exitosas, se profundizaría la vulnerabilidad de quienes más protección necesitan.
La respuesta a estas declaraciones no llegan solo desde las organizaciones de derechos humanos y las organizaciones de mujeres. Es el propio Ministerio Público Tutelar de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el que aporta datos para responder, con evidencia, por qué la ESI es fundamental. Pilar Molina, secretaria general de Gestión de este organismo, destacó que entre el 70% y el 80% de los chicos y chicas de entre 12 y 14 años que pasaron por la sala de entrevistas especializadas pudieron reconocer y contar que habían sido víctimas de abuso gracias a lo aprendido en Educación Sexual Integral. Una actualización de esos datos en 2024 mostró que uno de cada cuatro chicos elige el entorno escolar para develar voluntariamente situaciones traumáticas. En una sociedad que muchas veces aparece como fragmentada e inerme frente al dolor de niños, niñas y adolescentes, la ESI permite que la escuela funcione como un refugio y espacio de confianza.
La evidencia que presenta el Ministerio Público Tutelar de CABA está muy en línea con la experiencia de gran parte de la sociedad argentina, que tiene una valoración positiva de la oportunidad de trabajar de manera conjunta entre las familias y las escuelas, reconociendo la importancia de todos los actores.
Por eso sorprenden las afirmaciones que señalan que la educación en sexualidad “es una trampa”, que han tergiversado valores o sentidos comunes que se promueven desde las familias. ¿Es eso lo que creen las madres y padres en relación con la educación que reciben sus hijas e hijos en la escuela?
El estudio Puntos de Vista sobre Géneros y Derechos Sexuales y Reproductivos en Argentina que llevamos adelante desde CEDES y ELA, brinda datos muy valiosos que permiten afirmar que las personas mantienen amplios y consistentes acuerdos con estos temas, una sociedad mucho menos polarizada de lo que suele aparecer en la conversación pública.
Seis de cada diez personas encuestadas consideran que hay un impacto positivo en la vida de las personas producto de la Educación Sexual Integral que se brinda en las escuelas. Siete de cada diez personas apoyan que se brinde ESI en las escuelas para evitar abusos sexuales en la infancia.
Si bien la mayoría de las personas considera que la educación sexual debe impartirse principalmente en la familia por parte de los padres y madres, esto es acompañado de un amplio respaldo a su enseñanza en las escuelas y a través de los profesionales de la salud. La sociedad no parece pensar la ESI como una tarea exclusiva de la escuela, sino como una responsabilidad compartida entre familias, docentes y profesionales de la salud. Está claro: lejos de existir un supuesto rechazo mayoritario, lo que vemos es una demanda de trabajo conjunto. En general, las personas cuyos hijos e hijas recibieron ESI, están satisfechos con los temas abordados.
El estudio también nos da datos que parecerían ir en contra de lo que las conversaciones públicas muchas veces nos dan a entender: cuando se pregunta cuál es el principal problema que enfrentan las mujeres en Argentina, por ejemplo, la respuesta más frecuente es la violencia en la pareja, seguida por los abusos y la violencia sexual. Esta percepción es compartida por mujeres y varones y concentra mucho más acuerdo que otras problemáticas que tal vez aparecen más altas en las prioridades de la política.
Entonces, cuando se atacan estas agendas: ¿a quién le hablan? ¿Por qué alimentan un pánico moral atribuyendo supuestos efectos, causas y consecuencias sin apego a la evidencia? Las encuestas y, francamente, las conversaciones cotidianas, muestran otra cosa. Tenemos mucho más en común de lo que creemos. El pánico moral, parece, no responde a la ESI, sino a la posibilidad de nuestra libertad.
*Abogada - Directora Ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).