BERLÍN — La noche del 12 de abril, mientras el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, admitía su derrota tras 16 años en el poder, las multitudes a lo largo del Danubio comenzaron a corear. No buscaron palabras nuevas; no las necesitaban. Recurrieron a palabras de hace cuatro décadas que habían anunciado un punto de inflexión en la historia: “Ruszkik haza” (“Rusos a casa”).
Pero esas palabras significaban algo diferente esta vez. En 1989, cuando el cántico reflejaba la demanda de los húngaros de poner fin al dominio comunista, Hungría había pasado más de tres décadas bajo la bota rusa, y no metafóricamente. A los tanques soviéticos que aplastaron la revolución de 1956 les siguieron tropas soviéticas que nunca se marcharon del todo y un sistema político y económico importado íntegramente de la URSS. Gritar Ruszkik haza entonces era exigir el fin de la ocupación extranjera y reclamar la soberanía.
¿Qué significó el cántico esta semana? Orbán no era un títere ruso; era un líder elegido libremente que, con el tiempo, optó por alinear a su país con el Kremlin de Vladimir Putin por razones de ideología, afinidad personal y, sobre todo, interés financiero. La Rusia que acechó estas elecciones no llegó en tanques. Se filtró a través de contratos de gas, redes oligárquicas y la corrosión constante de la vida pública mediante el enriquecimiento privado.
Al revivir el cántico, los húngaros rechazaban un sistema de saqueo que había enriquecido fabulosamente al círculo íntimo de Orbán mientras vaciaba al Estado. El enemigo no era la falta de libertad en su forma clásica, sino la cleptocracia. Esa distinción es crucial para lo que viene después: las ocupaciones terminan cuando los ejércitos se van, pero las cleptocracias no terminan con las elecciones. Debido a que estos sistemas se atrincheran en los tribunales, los medios de comunicación y las administraciones locales, pueden sobrevivir incluso a cambios radicales en la cúpula.
Por muy decisiva que sea la derrota de Orbán, no desmantela la maquinaria que pasó 16 años construyendo. La victoria de Péter Magyar marca solo el comienzo de una prolongada lucha institucional y económica, cuyo resultado seguirá siendo incierto incluso si su gobierno de Tisza logra una mayoría constitucional. Aun así, el resultado electoral es extraordinario: un líder que se hizo sinónimo de la "democracia iliberal" fue destituido pacíficamente en las urnas.
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En una década en la que el iliberalismo se ha presentado como la ola del futuro, los húngaros votaron mayoritariamente por invertir el rumbo. La ironía es absoluta: el proyecto de Orbán dependía de preservar las formas externas de la democracia mientras las vaciaba de contenido, ya que la pertenencia a la Unión Europea y sus subsidios exigían al menos una adhesión nominal a los procedimientos democráticos. Para que el dinero siguiera fluyendo, las elecciones debían continuar, y ahora Orbán ha sido expulsado del poder como resultado de ello.
Este resultado se celebra con razón como prueba de que incluso los regímenes iliberales arraigados pueden ser derrotados electoralmente. Pero también plantea una pregunta más difícil: ¿bajo qué condiciones pueden perdurar tales victorias? En 1989, los húngaros se movían hacia un destino claramente definido: el Occidente de la Guerra Fría. "Reincorporarse a Europa" significaba entrar en un orden de seguridad anclado por el poder estadounidense y su confianza ideológica.
Ese contexto ha cambiado radicalmente. En 2026, Estados Unidos no se alineó con las fuerzas de restauración democrática en Hungría, sino con Orbán. El presidente Donald Trump y su movimiento MAGA ven el sistema de Orbán como un modelo a emular en lugar de algo a lo que resistirse. Este cambio altera el significado del avance político de Hungría: ya no se trata de qué tan rápido se pueden unir a Occidente, sino de si la democracia liberal puede reconstruirse cuando su poderoso patrón estadounidense se ha vuelto indiferente o incluso cómplice de sus enemigos.
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En pocas palabras, ¿puede Europa cargar sola con esta responsabilidad? Si la renovación democrática de Hungría ha de consolidarse, "elegir Europa" debe traducirse en mejoras tangibles en la vida cotidiana que puedan competir con el legado de clientelismo de Orbán. Después de todo, aunque Orbán haya perdido el cargo, conserva una base política, un ecosistema mediático leal y una red de aliados. Su sistema tiene una capacidad de distorsión y obstrucción que no debe subestimarse.
En 1989, Ruszkik haza nombraba a un ocupante externo; en 2026, apunta a expulsar algo menos visible y más resistente: una forma de gobierno que opera a través de redes de dependencia e influencia que no pueden ser simplemente expulsadas. El cántico es el mismo, pero su significado es nuevo. En 1989, liberó a una nación cautiva; en 2026, mantiene el futuro abierto, y no solo para los húngaros.
Stephen Holmes, profesor de Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York y becario Richard Holbrooke en la Academia Americana de Berlín, es coautor (con Ivan Krastev) de "The Light that Failed: A Reckoning" (Penguin Books, 2019).
MEG/fl