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legado más allá de la música

A diez años de la muerte de David Bowie

La figura de David Bowie vuelve a interpelar al cumplirse una década de su fallecimiento. Por su desafío frontal a las normas de género, su uso político de la sexualidad y una estética que tensó los límites de la tolerancia en una sociedad atravesada por más de un estigma, el artista británico representó la vanguardia. Las transgresiones que aplicó usando su cuerpo como elemento base superaron un prejuicio de la industria musical de entonces: esa ambigüedad generaba dinero. David Bowie murió el 10 de enero de 2016, en su casa de Lafayette Street, en Nueva York, a los 69 años.

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Tributo. En Brixton, al sur de Londres, gente observa y fotografía uno de los varios murales que decoran Inglaterra, en homenaje al artista británico David Bowie. | afp

Al cumplirse diez años de la muerte de David Bowie –ocurrida el 10 de enero de 2016–, su legado vuelve a leerse desde una dimensión que excede lo musical. El artista británico incomodó y descolocó a la sociedad con su visión sobre el género, la sexualidad y la provocación en una época de corrección política. Mucho antes de que la diversidad se convirtiera en consigna global, Bowie utilizó el cuerpo, la moda y la puesta en escena como herramientas de intervención cultural directa.

De fines de los años 60 y comienzos de los 70, el Reino Unido atravesaba una paradoja legal y social. En 1967, el Parlamento había aprobado la Sexual Offences Act, que despenalizaba los actos homosexuales en privado entre hombres mayores de 21 años, pero el estigma seguía intacto y la figura de la “indecencia pública” seguía habilitando la persecución. Fue en ese clima de tolerancia técnica y condena moral donde Bowie comenzó a construir una identidad artística que desafiaba esas normas.

Prejuicio vencido. Su posicionamiento no solo impactó en la escena musical, sino que alteró la conversación pública. Bowie no buscó adaptarse, sino que eligió incomodar, provocar y desarmar categorías, incluso exponiéndose a la burla, la censura o el rechazo institucional. El cuerpo como manifiesto: androginia, escena y ruptura cultural.

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El primer golpe fuerte llegó en 1970 con The Man Who Sold the World. En la portada de la edición británica, Bowie aparece recostado en un chaise longue vistiendo un “vestido de hombre” diseñado por Michael Fish. No se trataba de una parodia ni de una apropiación de lo femenino: era alta costura pensada para la anatomía masculina. Dos años después, profundizó esa ruptura con una declaración que marcaría una época. En una entrevista con Michael Watts para la revista Melody Maker afirmó: “Soy bisexual y lo he sido siempre”. La frase fue disruptiva porque era la primera vez que una estrella de rock en ascenso utilizaba un medio masivo para romper la presunción de heterosexualidad obligatoria en el rock.

Ese mismo año, Bowie irrumpió con su personaje Ziggy Stardust como un fenómeno cultural. El impacto fue inmediato: el álbum alcanzó el puesto número cinco en las listas británicas y permaneció allí durante dos años. El éxito comercial desarmó un prejuicio central de la industria sobre que su sexualidad era un “veneno” para las ventas.

Hostilidad mediática. En términos escénicos, su formación con Lindsay Kemp fue clave. Bowie incorporó recursos del teatro físico, el “blanco de payaso” y elementos del kabuki japonés diseñados por Kansai Yamamoto. El icónico mono asimétrico, por ejemplo, estaba pensado para borrar las formas secundarias masculinas –hombros anchos, caderas estrechas– y construir una silueta neutra. El 6 de julio de 1972, en la presentación de Starman en Top of the Pops, realizó un gesto que quedó grabado en la historia de la televisión: rodeó con su brazo el cuello del guitarrista Mick Ronson frente a más de quince millones de espectadores. Fue el primer contacto físico afectivo entre dos hombres transmitido en horario central por la BBC. Las quejas telefónicas se contaron por miles, y la prensa reaccionó con hostilidad, calificándolos como “un espectáculo de decadencia moral”. Eso funcionó como catalizador y Bowie se convirtió en una prueba de que la identidad podía ser una construcción voluntaria.

Macho y moda. En el plano sonoro, también hubo decisión política. Junto a su productor Ken Scott, Bowie eliminó las frecuencias graves asociadas al “macho rock” y optó por un sonido más brillante, agudo y teatral.

El impacto en la moda fue inmediato. Diseñadores como, por ejemplo, el francés Jean Paul Gaultier o el británico Alexander McQueen, reconocieron en las siluetas de Bowie entre 1972 y 1974 como base del prêt-à-porter andrógino. Hizo del vestuario escénico una declaración política y habilitó que prendas antes prohibidas para hombres ingresaran al circuito global de la moda.