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domingo 8 febrero, 2015

René Lavand: un ilusionista que hizo arte con los naipes

Falleció en Tandil este showman que con una sola mano, barajas y relatos creó un estilo inimitable en el mundo. Tuvo tres esposas y cuatro hijos. Una vida de película.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc

La frase “No se puede hacer más lento” remite –quizá no a las generaciones más jóvenes– a una persona: René Lavand, el mago que a pesar de contar con un solo brazo era experto en hacer trucos con los naipes. Pero esa frase ya no se escuchará, o al menos no de su boca, porque ayer falleció a los 86 años años en una clínica de Tandil

Su nombre verdadero era Héctor René Lavandera y había nacido el 24 de septiembre de 1928. En 1937 y con sólo 9 años fue atropellado por un  auto le destrozó el antebrazo derecho motivo por el que tuvieron que  amputarselo. Ese trágico accidente fue la motivación para desarrollar su arte decidico a ser un ilusionista de la baraja. Con el tiempo, acompañó esa destreza con el relato de textos fantásticos.

Tras la muerte de su padre y debido a las deudas que heredó su familia, entró en 1943 como cadete en el Banco Nación de Tandil. Allí,  en el cajón de su escritorio siempre guardaba un mazo de cartas, y cuando no quedaban clientes mostraba a sus compañeros sus trucos de magia. La primera presentación pública la hizo en el Hotel Continental de Tandil ante cincuenta personas. En 1960 ganó una competencia de ilusionismo y le ofrecieron debutar en Buenos Aires. El primer lugar donde se presentó fue en  El Show de Pinocho, luego saltó al teatro Tabarís y finalmente al Teatro Nacional con un espectáculo propio. Fue en ese momento donde “nace” René Lavand.

La conquista. Sus shows se hicieron conocidos en el mundo. En los años 70 llegó a Las Vegas y tras el rumor de que un mago manco actuaría en el casino logró una gran convocatoria, sobre todo productores. Ese día René mostró sus mejores trucos y fue un suceso.

Con tres cartas rojas y tres negras, Lavand podía hipnotizar. Las mezcla, las alterna  una arriba de otra, pero al final siempre aparecen las negras con las negras y las rojas con las rojas. Para que no queden dudas repite el truco más despacio. “No se puede hacer más lento”, decía mientras repetía el juego. Su destreza lo hizo diferente al resto de los ilusionistas: no hacía las cosas rápido para despistar sino lento, una y otra vez... Y ahí estaba su poder.

Corazones. En lo que respecta al amor tuvo tres: primero se casó con Sara, con la que tuvo dos hijas: Graciela y Julia. Luego conoció a Norma y tuvieron a Lauro y Lorena. Finalmente conoció a Nora, con quien pasó sus últimos años en Tandil.

Fue allí donde muchos se acercaron para aprender sus trucos. Pero no era fácil ser alumno de Lavand, no sólo era caro sino que el mago no estaba dispuesto a perder el tiempo: para él enseñar era cosa seria. Discípulos, pocos.

“Lo primero que hago, cuando viene alguien a verme para que le enseñe, es escucharlo, ver cómo camina, cómo se sienta, cómo saluda. Yo no puedo enseñarle nada; sólo mostrarle”, solía decir al respecto.
 

Lavand publicó cinco libros de técnicas para especialistas y uno de anécdotas. “La única misión del artista es convencer al mundo de la verdad de su mentira, sino fijate cómo mienten los poetas: ¡Qué mentirosos son pero qué bien mienten!”, decía.

En cine participó de Un oso rojo, de Adrián Caetano, y tuvo su  documental, El gran simulador. En su Tandil natal hay incluso una estatua en su honor en los Jardines del Palacio Municial de Tandil.


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