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sábado 5 octubre, 2019

Roy Harley, el sobreviviente de la Tragedia de los Andes que esperó 40 años para hablar

"Cierro los ojos y recuerdo todo, hasta los olores", dice sobre el accidente de los rugbiers uruguayos en 1972. El miedo a volar y su negativa a leer los libros de sus compañeros.

por Agustín Jamele

Historia. (De izq. a der.) Antes del despegue de Uruguay el 12 de octubre de 1972. Ya “perdidos” en Los Andes. El 23 de diciembre, Roy Harley cuando lo rescataron. Foto: gza. rh
sábado 5 octubre, 2019

“No me gusta volar”, dice Roy Harley, y lo remarca con firmeza dos veces. Para alguien cuyo primer viaje en avión terminó convirtiéndose en “la tragedia de los Andes”, el miedo a los aviones está más que justificado, aunque asegura que tuvo que aprender a manejar ese temor. “Si no te subís a un avión hoy en día te quedás aislado del mundo”, explica a PERFIL el uruguayo que tenía 20 años cuando pasó 72 días perdido en la cordillera.

Hoy, con 67 años y luego de cuatro décadas, decidió contar su historia y da charlas, que esta semana lo trajeron a Argentina.

—¿Es de venir mucho al país?

—Sí, y lo recorrí todo. Como los aviones no eran lo que más me gustaba en la vida, cuando mis hijos eran chicos hacía viajes en auto por Argentina. Viajé por Mendoza, Córdoba, los Valles Calchaquíes, Río Gallegos, Puerto Madryn, Península Valdés, y puedo seguir...

—¿Por eso empezó con las charlas acá?

—Arranqué por Argentina por varias razones. Una de ellas es que me queda cerca, y además tengo muchos amigos. Pero la principal es que tenemos culturas muy parecidas, y porque acá se vivió el accidente. Nosotros nos caímos en Argentina, no habíamos llegado a cruzar. Las personas acá vivieron muy de cerca al accidente.

—¿Por qué tardó en comenzar con las charlas?

—Porque yo era ingeniero y trabajaba en una corporación muy importante. Lo cierto es que las últimas décadas me dediqué a trabajar, y no podía decirle a mi jefe que me iba unos días a dar una charla. Tenía un puesto importante y no podía dedicarme a otras cosas. Además, creo que en la vida para hacer bien un proyecto hay que dedicarle tiempo.

—¿Cómo se hizo el tiempo?

—Cuando quedé libre en diciembre de 2014 me tomé un año para buscar el rumbo de lo que quería hacer. En 2016 encaré esto de lleno y me organicé. Armé todo y empecé a promocionar, porque no estaba promocionado. Se conocía a (Nando) Parrado, a (Roberto) Canessa y algún otro, pero no a mí. Además, en estas últimas décadas me pidieron dar charlas varias veces pero no solo no tenía tiempo, sino que tampoco tenía preparado un material. Uno de los que siempre me incentivaron y me decía que tenía que dar estas charlas es Carlos Páez (también sobreviviente), un gran amigo. El me ayudó a armar la charla y su esquema.

—¿Cree que todo el tiempo que pasó lo ayudó a procesar el accidente y por eso ahora puede hablar en charlas?

—Sí, puede ser. A mí me costó mucho. Se murieron mis mejores amigos ahí, y al principio pensaba que esa historia tenía que quedar ahí y que no podíamos divulgarla. Además, en nuestra historia, para que sobrevivieran 16 tuvieron que morir 29. Me costaba mucho que la gente, cualquiera, fuera al lugar del accidente. Sentía ese lugar como propio, y hasta llegué a pensar que teníamos que cercarlo y no dejar entrar a nadie. En estos 47 años que pasaron la cosa se fue depurando y filtrando, lo que hace que uno vea toda la historia desde otra óptica sin perder los detalles. Yo, si cierro los ojos, me acuerdo de todo, hasta de los olores.

—¿Qué devoluciones tiene de las charlas?

—Nunca imaginé cuánto le sirven a la gente. Me impresiona el cariño con el que te saludan al final. Ahí te das cuenta de la fuerza que tiene esta historia. Hace 47 años que pasó, pero la vigencia y la fuerza que tiene en la gente son brutales.

—¿Se ve con los demás sobrevivientes?

—Sí, todo el tiempo. Con algunos más y con otros menos porque, como en todo grupo que uno no eligió, hay afinidades mayores y menores. No es pecado eso. La vida te va llevando por distintos lados. Lo que sí, todos los años nos juntamos a festejar el día que nos rescataron.

—¿Cómo describiría lo que les sucedió?

—Hace unos años estaba con uno de mis hijos en casa mirando la tele. De repente empieza un programa que se titulaba Las 10 historias de supervivencia más grandes de los últimos 100 años. Ahí le dije a mi hijo: “Acá estoy”. Pero empiezan a pasar las historias, y cuando llega a la cuarta y no nos nombran, dije: “Hubiera jurado que estábamos”. Y resulta que éramos la número uno, por la cantidad de días que estuvimos perdidos, por la cantidad de gente que murió, por las condiciones climáticas y porque tuvimos que utilizar los cuerpos de nuestros amigos para sobrevivir. Todo eso suma, y resume que es la historia de supervivencia más importante de los últimos cien años.

—¿Qué le pasa cuando ve películas o documentales basados en la historia?

—Normalmente no las veo porque me aburren. De los libros que se publicaron y que escribieron mis compañeros no leí ninguno. Del de Roberto, La caminata, leí una parte. Después, partes del de Pedro Algorta, con quien tengo buena relación, pero la verdad es que me aburre leer sobre la historia. La película la vi una sola vez y no la vi más porque no me gustó: no nos consultaron mucho, la hicieron basada en un libro y el guionista no vino a Uruguay a conocernos.


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