“El otro día, mi hija Lola entró al supermercado y se puso a saludar a la dueña en chino y hasta le cantó en ese idioma”, cuenta orgulloso Julio Argañaraz, papá de una nena argentina que cursa sala de 5 en la primera escuela bilingüe argentino-china, que abrió este año en el barrio de Parque Patricios.
Este novedoso proyecto pedagógico funciona en la Escuela Infantil Nº 11 y surgió como parte de un acuerdo entre el gobierno porteño y la ciudad de Beijing. Para este año lectivo, se abrieron dos salas integradas de 4 y 5 años.
Las paredes del aula están llenas de afiches con fotos y dibujos del alfabeto, los alimentos y los números del 1 al 10 en ambos idiomas. Son las dos de la tarde y en una de las salas, cerca de veinte chicos recortan unas cartulinas para darle forma a un antifaz, que usarán para aprender los colores. “Uno de los objetivos del jardín es que los chicos sepan que hay letras y números y que cada uno tiene una función social diferente”, explica la docente china Lin Lin, que trabaja en conjunto con otra maestra hispanoparlante.
Buscan enseñar a través del juego y el uso de herramientas tecnológicas. “Ponemos el acento en la integración cultural, el respeto por la diversidad y las normas de convivencia”, agrega la directora Bibiana Bren.
“Esta iniciativa responde a un modelo pedagógico conocido como de inmersión dual o recíproco”, explica Gabriela Wu, coordinadora general del proyecto. Se aplica en países como Canadá y Estados Unidos, y está diseñado para implementarlo en escuelas bilingües, en las que la mitad de los hablantes debe ser de un idioma y la otra mitad, del otro. Así los alumnos aprenden a hablar en su propia lengua y en la de sus compañeros, siendo éstos un modelo lingüístico de aprendizaje y viceversa.
“A los chicos cuya lengua materna es el chino se les posibilita escolarizarla y a los otros les permite manejar una lengua adicional como si fueran nativos”, comenta Wu. Sin embargo, la especialista remarca que para un buen resultado académico los padres deben “comprometerse a permanecer en la escuela los seis años”.
Wang Xzao Jin nació en Fujian y hace ocho años vive en en Buenos Aires, donde formó su propia familia. “Me encanta que mi hija Luna pueda aprender las dos lenguas desde chiquita”, admite Wang y agrega que también le resulta muy útil “recibir las notas y mensajes de la escuela escritos en chino. Porque eso me permite entenderlas”.
Karina Gao, asesora cultural del Ministerio de Educación porteño, cuenta que los inmigrantes chinos acostumbran a enviar a sus hijos a su país de origen hasta los 9 años para que aprendan el idioma y la cultura. “Esta escuela resuelve todo, ya no es necesario interrumpir el vínculo de crianza entre padres e hijos”, explica Gao.
Después de la merienda, llega la hora de volver a casa. Los chicos aguardan el momento del saludo final. En el pasillo, donde también hay padres y maestros, se confunden las caritas de rasgos asiáticos y occidentales. Muchas de ellas quedaron escondidas debajo del nuevo antifaz que los mismos nenes confeccionaron y gracias al cual ahora sabrán cómo decir el nombre de su color tanto en español como en chino