domingo 14 de agosto de 2022
SOCIEDAD Basta de "and a lavar los platos"

El trabajo femenino en la Argentina del siglo XX

La historiadora Mirta Lobato, reconocida por sus investigaciones y su profundo conocimiento del mundo del trabajo en la Argentina, ofrece en este libro un panorama de las tareas femeninas. Hasta hoy, el trabajo de la mujer no había sido objeto de un estudio que hiciera foco en la singularidad que le es propia. Lobato remedia este olvido y trae a primer plano la saga del quehacer industrial fuera de casa, con sus reglas, su cultura y su modo de sobrellevar el tradicional machismo. Un homenaje a ellas ante el 1º de Mayo.

02-05-2007 13:58

El 9 de mayo de 1920 Alfonsina Storni publicaba una de sus notas periodísticas en la columna Bocetos Femeninos del diario La Nación titulada “ La perfecta dactilógrafa” en donde realizaba una clara descripción de un viaje matinal en la ciudad de Buenos Aires:
Si de 7 a 8 de la mañana se sube a un tranvía se lo verá en parte ocupado por mujeres que se dirigen a sus trabajos y que distraen su viaje leyendo. Si una jovencita lectora lleva una revista política podemos afirmar que es obrera de fábrica o costurera; si apechuga con una revista ilustrada de carácter francamente popular, dactilógrafa o empleada de tienda; si la revista es de tipo intelectual, maestra o estudiante de enseñanza secundaria, y si lleva desplegado negligentemente un diario, no dudéis… consumada feminista, espíritu al día; punible Eva. Pero queden tranquilas las Evas no punibles. En las manos de las viajeras matutinas abundan las revistas de carácter popular, aquellas de las confidencias amorosas”.

Obrera, costurera, dactilógrafa, empleada de tienda, maestra, Evas no punibles (amas de casa) y militantes desfilan en este retrato que une trabajo, artefactos culturales y lectoras en la ciudad de Buenos Aires en la década de 1920. La imagen contrasta ostensiblemente con los textos de los epígrafes y con otras visiones de la época: la costurerita que dio el mal paso, los residuos de fábrica, las milonguitas, mujeres condenadas al trabajo y en cuyas vidas se cruzaban en permanente tensión honradez y virtud, el poder despótico y sanguinario de los patrones, la indiferencia de los varones. La extensa y persistente difusión de estos motivos ha creado un cierto espejismo respecto al conocimiento que se tiene sobre las labores, los espacios, los poderes y saberes que articulan el trabajo femenino y sus relaciones con los compañeros varones; sin embargo, es poco lo que se sabe de esa compleja experiencia.

Para conocerla se impone responder al interrogante sobre cuántas eran las trabajadoras, cuáles eran los espacios laborales, las actividades y el tipo de tareas que desarrollaban. Las respuestas se encuentran diseminadas en fuentes diversas: impresiones de viajes, recuerdos de viejos, información de la prensa, investigaciones gubernamentales e información estadística.

Numerosas memorias fueron publicadas hacia fines del siglo XIX. Con asombro señalaban los cambios en la vida cotidiana, en las relaciones sociales, en los vínculos entre varones y mujeres, en la economía y la política. También, por esa época, algunos visitantes que pasaron por el país narraron sus impresiones de viaje, donde relataban la vida política, el bullicio y la actividad febril que se podía observar en las ciudades, particularmente en Buenos Aires y Rosario y, sobre todo, el visible incremento de las actividades económicas. Muchos de esos relatos hablan de las mujeres, de sus trabajos, de los modos de vestir, de las costumbres y de los cambios en las maneras de relacionarse con los varones.

Paralelamente, se fueron realizando informes gubernamentales y se construyeron más sistemáticamente informaciones estadísticas cuando las autoridades nacionales se plantearon conocer el territorio, tener alguna idea de la población, de la producción y de las labores que se realizaban, como parte de una política del Estado nacional y de las provincias para ordenar y legislar. Para tener información de la cantidad de población, de las actividades que se desplegaban, del comercio de importación y exportación y de las profesiones se levantaron los censos nacionales y las estadísticas provinciales. El primer censo nacional fue realizado en 1869, en 1895 se hizo el segundo y aunque el objetivo era efectuarlo cada diez años, lo cierto es que en la etapa del siglo XX que se privilegia en este estudio sólo fueron realizados los correspondientes a los años 1914, 1947 y 1960. Se levantaron también algunos censos y estadísticas industriales sobre todo en las décadas de 1930 y 1950, y en cada provincia se realizaron estudios específicos. Esas radiografías numéricas son indicios también sobre las ocupaciones femeninas.

La casa de mi madre, la obra de su industria, cuyos adobes y tapias pudieran computarse en varas de lienzo tejidas por sus manos para pagar su construcción, ha recibido en el transcurso de estos últimos años algunas adiciones que la confunden hoy con las demás casas de cierta medianía”, escribía Sarmiento en Recuerdos de provincia, publicado en 1850. La cita menciona las labores de las “ mujeres industriosas” y de los cambios de la época, pero en el libro desfilan imágenes que pueden multiplicarse en otras provincias como las de Salta, Jujuy, Catamarca, Santiago del Estero y Córdoba. La vida de la madre de Sarmiento permite imaginar la de otras mujeres, de aquellas anónimas que no sólo realizaban labores de tejido (“estableció su telar, y desde allí yendo y viniendo la lanzadera asistía a los peones y maestros que edificaban la casita”), sino que desplegaban una variedad de trabajos y actividades (“las industrias manuales poseídas por mi madre son tantas y tan variadas, que su enumeración fatigaría la memoria con nombres que hoy ya no tienen significado”, “Hacía de seda suspensores […] pañuelos de mano de lana de vicuña […] corbatas y ponchos […]”, que proveían al sostenimiento de la familia y con sus ahorros permitían sobrellevar las contingencias de la vida (“con el producto de sus tejidos había reunido mi madre una pequeña suma de dinero”).

La voz de Sarmiento se suma a las memorias de viejos que aparecieron en el último cuarto del siglo XIX. Esas memorias están marcadas por la nostalgia del pasado, y como ha señalado Adolfo Prieto, en un texto ya clásico, son relatos de personas que integraron los grupos dirigentes, que participaban de una cultura letrada y que se cobijaban en los pliegues del poder. Aunque pueden marcarse rasgos peculiares para cada momento histórico, las autobiografías y memorias deslizan, detrás de los relatos de quien necesita justificar sus actos frente a la opinión pública, otras narraciones que, en tanto variantes de la escena familiar o de costumbres, hablan de los trabajos y de los oficios de quienes los rodean. En Sarmiento es su madre la que teje los hilos de las labores femeninas pero, en otros casos, desfilan en una suerte de galería costumbrista la servidumbre y los vendedores ambulantes.

Ellos aparecen en La sociedad de antaño escrita por Octavio Botalla. Frente al avance arrollador de la modernidad el autor rescataba las costumbres de la gran aldea que consideraba irremediablemente perdidas. El mundo que describe era un universo de contrastes y las mujeres trabajadoras aparecían como sombras desdibujadas de las damas de la sociedad. Las criadas y la servidumbre adquirían presencia en tanto decían algo de la posición social de las familias ricas. Ellas eran parte del mobiliario, de las alfombras, del oratorio, de la vajilla, de los carruajes. Una de las imágenes recurrentes es la referida a las “ cosas de negros”, entendidas como “c iertas aptitudes, modalidades y ocupaciones características de esa desventurada fracción del género humano, conocida por la raza de color”.

Las trabajadoras negras estaban diseminadas por toda la ciudad de Buenos Aires y en las quintas, chacras y estancias. Podían realizar casi todas las tareas pero sobre todo eran cocineras y mucamas y, como trabajadoras por cuenta propia, vendían dulces, panes y postres (alfajores, rosquillas y tortas).

Los varones, en cambio, podían ser cocheros o changadores, además de mucamos. Cerca del Río de la Plata, en la ciudad de Buenos Aires, se encontraban las lavanderas, negras y blancas, con las ropas secándose al sol. José Antonio Wilde coincide con Botalla en que “ las morenas o negras se ocupaban del lavado de ropa” y remarcaba que “ ver en aquellos tiempos una mujer blanca entre las lavanderas, era ver un lunar blanco, como hoy es un lunar negro ver una negra entre tanta mujer blanca, de todas las nacionalidades del mundo, que cubren el inmenso espacio a orillas del río, desde la Recoleta y aún más allá, hasta cerca del Riachuelo”. Entre sus otras ocupaciones estaba “ la de vender tortas, buñuelos, etc. Se sentaban en el cordón de la vereda con una bandeja que contenía pastelitos fritos bañados con miel de caña [...] y amamantar y cuidar niños”, pues, como dice Wilde, las “amas de leche eran en esos tiempos casi exclusivamente negras, y los médicos las recomendaban como las mejores nodrizas”. Menciona también a las cigarreras y señala que “ este ramo de industria está, puede decirse, exclusivamente en manos de la mujer, y muchas familias pobres se sostenían bien con sólo la fabricación de cigarros de hoja”.

Las negras se ganaban la vida como lavanderas, planchadoras, costureras, cocineras, vendedoras, pero a Víctor Gálvez le llamó la atención entre los oficios femeninos el de las “ achuradoras”, aquellas mujeres que se “apoderaban de los despojos que abandonaban en los mataderos, pues recogían el sebo de las tripas, de las cabezas, de las patas de los animales vacunos…; en cestas, tipas de cuero, traían todas las tardes esos despojos y los beneficiaban en sus casas”. Como más tarde sucedería con las obreras de los frigoríficos, la mirada masculina pasaba rápidamente del trabajo a los cuerpos femeninos y a las sensaciones que producían: “ Eran hediondas y sucias”. Claro que, como señaló el mismo Gálvez, “con esa industria hacían su peculio, y con sus economías compraban un terreno de poco precio y construían su rancho”.

El trabajo en el campo fue recordado por John Brabazon, un inmigrante que se benefició de la coyuntura económica favorable que siguió a la expansión de la ganadería ovina a mediados del siglo XIX. Brabazon llegó al país en 1845 después de una travesía marina de tres meses y para vivir realizó numerosas tareas en la ciudad y en el campo: fue zanjador, albañil, carpintero, ovejero, acopiador de frutos del país, comerciante y ganadero. De una de sus primeras andanzas por la provincia de Buenos Aires recuerda que “ todos los esquiladores eran paisanos excepto mi hermano y yo [...] y los otros eran una india y sus dos hijas, y un hijo y su madre”.

Otro de los memoriosos fue Ramón J. Cárcano, quien relató los sucesos y acontecimientos en los que participó durante su larga vida. Como fue un hombre que intervino activamente en la vida pública, sus impresiones se concentraron en los acontecimientos políticos que envolvieron a su Córdoba natal, y al país mismo. En sus memorias desfilan su educación en el Colegio de Montserrat, las vicisitudes que rodearon la elaboración de su tesis doctoral, sus vínculos políticos con Juárez Celman, gobernador y ministro de esa provincia y presidente entre 1886 y 1890, las revoluciones de la época, los actos de su gobernación en Córdoba, la organización de los comedores escolares. La intimidad del hombre público sólo aparece en el capítulo dedicado a su esposa Anita, pues en los relatos de infancia las mujeres (la madre, la abuela y la sirvienta) apenas son mencionadas.

El capítulo de Anita es un pretexto para asomarnos a la vida cotidiana y a los trabajos de las mujeres de elite. Aunque en la literatura social aparecen como las “ niñas burguesitas”, vale la pena romper las fronteras de las clases y preguntarnos sobre ellas. Criadas en el desahogo de las fortunas, adquirían una educación que las preparaba –como dice Cárcano– para ser mujeres de hogar y de salón. Debían aunar el talento para ser madres excelentes y, al mismo tiempo, brillar por las luces, la libertad de juicio, la información y la cortesía. La virtud de Anita era ser unaeficiente ama de casa (“practica las tareas del hogar, donde el bienestar se conserva por el orden y el trabajo”) y una madre ejemplar (“infunde los sentimientos y nutre la mente de sus hijos”) siempre dispuesta a cumplir con su “deber” (“metódica, económica, exacta, diligente, infatigable, invariablemente unida al deber”). Anita, como las otras damas de la sociedad, necesitaban de un ejército de sirvientes que cocinaban, servían el té, hacían las compras, limpiaban la vajilla. Muchos criados y criadas eran recordados con cariño (“Vivía en el interior de la casa entre los criados y criadas; su sociedad me encantaba, y sería ingrato si no recordara con afecto a aquella buena gente con quien pasé los primeros años de mi vida”) y en algunas ocasiones objeto de las licenciosas costumbres masculinas (“Mi maestro Josef odiaba a los enamorados, a pesar de las libertades que se tomaba él con las sirvientas del colegio, a quienes manoteaba demasiado”).

Otras mujeres se asoman en el relato asociadas al brazo educador del Estado, pues Ramón J. Cárcano fue presidente del Consejo Nacional de Educación en 1932. Una de las políticas llevadas a cabo por la institución fue la instalación de los comedores escolares. Cuando visitó las escuelas de diversos barrios de la ciudad de Buenos Aires (Lugano, Nueva Pompeya, Liniers, Mataderos, Chacarita, Villa del Parque, Villa Urquiza, Boca, Barracas, el barrio de la quema de basuras y los bañados de Flores), Cárcano descubrió la situación de miseria y el hambre de los niños y niñas que asistían a las escuelas. Es el hambre de los niños lo que facilita la mención de la directora de una escuelita de Villa Lugano reclamando la instalación de un comedor escolar, diligencia que realizó empujada por las advertencias de una maestra sobre las necesidades de los pequeños.

Las postales de la nostalgia permiten apreciar un abanico de actividades; vendedoras ambulantes, lavanderas, achuradoras, maestras y eficientes amas de casa que organizaban el trabajo de la servidumbre. Eran ricas y pobres, blancas, negras e indias. La enumeración de estas actividades se repetía en la mirada de los viajeros, esos extranjeros que se aventuraban por motivos diferentes más allá del espacio que conocían.

El viaje, los viajeros y sus relatos recortan experiencias e imágenes superpuestas de América, de Europa, de proyectos, de impugnaciones. Entre los años 1820 y 1835 se destacaron los viajeros ingleses que construyeron imágenes del país articulando en sus discursos elementos racionalistas y románticos, donde se mezclaban aventuras, paisajes, diagnósticos y juicios. La preocupación por la emergencia de una literatura nacional enlaza el análisis de los viajeros ingleses con el de quienes, al revés, se dirigían a Europa (Francia, España, Inglaterra) y a los Estados Unidos ávidos de ideas, experiencias personales, científicas y estéticas. David Viñas ha analizado las variaciones del viaje (colonial, utilitario, balzaciano, consumidor, ceremonial, estético y de izquierda) como parte de las búsquedas de las elites intelectuales y políticas, sean ellas conservadoras o impugnadoras. Viñas sugiere también los deslizamientos de la mirada hacia “ las menudas ceremonias domésticasdonde cobran fuerza el “niño” y las “niñas” oligárquicas con sus criados y criadas. Son los deslizamientos de las miradas de quienes visitaban la Argentina y su suspensión sobre los rincones de la ciudad y de las casas los que dibujaron también los lugares y las labores de mujeres.

En 1901 el periodista Jules Huret, enviado por L’Echo de París y Le Figaro , visitó Buenos Aires y recorrió la Argentina. De ese largo viaje testimonian sus libros De Buenos Aires al Gran Chaco y Del Plata a la Cordillera de los Andes, publicados en 1911. En sus narraciones aparece acentuada la consolidación de dos esferas separadas: una para los varones, el espacio de la política, del trabajo y el comercio, y otra para las mujeres, la de la casa familiar, la sala, la cocina y las labores domésticas. Pero esa separación ideal de los espacios se desdibujaba en sus relatos. Cuando Huret llegó a tierras jujeñas se sorprendió ante la presencia femenina en el ingenio Ledesma.

Descubrió allí, en medio de un “ cuadro en extremo pintoresco y raro [...] un grupo de mujeres de una suciedad repulsiva, cargada con haces [sic] [...] Cuesta trabajo distinguirlas de los hombres [...] trabajan como ellos en las plantaciones de cañas y además crían a sus hijos. Así, el trabajo, la maternidad frecuente, la suciedad y la embriaguez marchitan pronto su juventud”. Las trabajadoras aparecían mimetizadas con los hombres y en su visión eran sucias y provocaban rechazo. [...]

Las contradicciones y los distintos posicionamientos de las formas de ver aparecen cuando se leen en paralelo memorias y relatos de viajeros. Para Emile Daireaux las calles estaban abiertas a las “ tentativas comerciales” de cualquiera, hasta de los niños, “ sólo no se encuentra a la mujer”, pues todos los oficios eran acaparados por los hombres y por el peso de las “ leyes españolas” que las prohibía. En contraposición, José Antonio Wilde hablaba de la fabricación y el comercio de cigarros como una actividad principalmente femenina: “ Uno de los recursos con que muy legítimamente contaba ésta era el de vender por menudeo, pues es claro que del atado (128 cigarros) que vendía al almacenero o pulpero por seis pesos, por ejemplo, ella sacaba diez, y no faltaban compradores”. Muchos de ellos se acercaban atraídos por las más jóvenes y entablaban amenas conversaciones, todo “dentro de los límites del decoro”.

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