La historia nuclear argentina tiene una paradoja difícil de encontrar en otros capítulos del desarrollo científico nacional: comenzó con un fiasco y, sin embargo, terminó construyendo una estructura científica y tecnológica capaz de diseñar reactores y exportarlos a países desarrollados. Cómo ocurrió esa transformación es el interrogante que recorre La construcción de un programa atómico en la periferia, el nuevo libro del físico argentino Mario Mariscotti, publicado recientemente por Eudeba.
Su texto arranca a fines de los años 40, cuando el austríaco Ronald Richter convenció al gobierno de Juan Domingo Perón de que podía conseguir la fusión nuclear controlada. En 1951 el Gobierno anunció que el objetivo había sido alcanzado en las instalaciones construidas en la isla Huemul, frente a Bariloche. No era cierto: una comisión integrada, entre otros, por el físico José Antonio Balseiro revisó los experimentos en 1952 y concluyó que las afirmaciones de Richter carecían de todo sustento. El proyecto fue clausurado y olvidado.
“En Argentina pensamos que todo lo que es tecnología tiene que venir desde afuera”
Pero de aquel fracaso surgió algo mucho más sólido: se formó la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), creada en 1950, que reunió a científicos, formó especialistas y abrió laboratorios.
En 1955, mediante un convenio con la Universidad Nacional de Cuyo, nació en Bariloche el Instituto de Física que luego llevaría el nombre de Balseiro. Y en enero de 1958 entró en funcionamiento el RA-1, primer reactor nuclear experimental de América Latina.
Mariscotti reconstruye esa transformación a lo largo de 624 páginas apoyándose en archivos, documentos y testimonios, pero también desde una posición poco habitual para un historiador: fue protagonista de parte de los acontecimientos que relata. Doctor en Física Nuclear por la UBA, trabajó durante 28 años en la CNEA, donde llegó a dirigir Investigación y Desarrollo. También presidió la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y fue el primer presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.
Su trayectoria ayuda a explicar la mirada del libro. Mariscotti no estudió el programa nuclear únicamente desde los documentos: participó del sistema científico que describe. En la CNEA intervino, entre otros proyectos, en la instalación de un gran acelerador electrostático y desarrolló líneas de investigación en física nuclear. Su apellido incluso quedó asociado internacionalmente al “Mariscotti Peak Search”, un método para el análisis automático de espectros nucleares. Ya había investigado los orígenes de esta historia en El secreto atómico de Huemul, publicado originalmente en 1985 y convertido en una referencia sobre aquel episodio.
El otro gran protagonista del nuevo libro es INVAP. Su origen se remonta al programa de investigación aplicada iniciado en el Centro Atómico Bariloche durante los años 70. Creada formalmente en 1976, la empresa terminó convirtiendo conocimiento acumulado durante décadas en tecnología exportable: desarrolló reactores de investigación para Argelia, Egipto y Australia y luego extendió esas capacidades hacia satélites, radares y medicina nuclear.
Así, La construcción de un programa atómico en la periferia excede la historia de una tecnología. Mariscotti intenta explicar cómo un país alejado de los grandes centros mundiales pudo formar científicos e ingenieros, sostener instituciones durante décadas y alcanzar autonomía en áreas de enorme complejidad. Es también una reflexión sobre una discusión recurrente en la Argentina: cuánto puede hacer un país periférico cuando decide invertir, de manera sostenida, en conocimiento propio.