Los sábados a las 18, la sala Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, CABA). se transforma en un viaje a la infancia desde una óptica nostálgica y muy cálida. Quedan sólo dos funciones por el momento para Cuando Dejé de Volar, la obra de Pablo Golero con música original de Fernando Nazar. Con un texto emotivo que cala hondo, sobre todo en los mayores (aunque la propuesta se presenta también como para adolescentes) porque remite a una infancia lúdica en la que la imaginación era el principal motor del juego.

El punto de partida es el regreso de Jerónimo a la casa de su infancia y su reencuentro con la habitación tal como la dejó: un universo de fantasías y juegos que lo acompañaron cuando era niño. Entre objetos, canciones y viejos compañeros, aparece con su versión infantil, su amigo imaginario Darío y hasta con el perro de la niñez, el inolvidable Francisco. Salvo el niño, que está interpretado por un actor, los otros personajes aparecen en forma de títeres de gran realismo, lo que potencia el relato hasta hacerlo tangible.
Una evocación luminosa
Es un viaje emotivo del que el público también es partícipe y llega a preguntarse cómo fue la propia infancia ya que la mayoría comparte las mismas circunstancias: no existían los celulares ni se conocían los peligros de andar solo en la calle, y todo parecía más simple. En el texto de Gorlero, que también dirige, hay humor, hay recuerdo y un momento muy especial cuando el protagonista encuentra una carta de su padre.
Lejos de la nostalgia, todo está llevado de una manera amable y delicada, casi como si el público viera una película de su propia infancia. El colorido de los personajes y la escenografía de Vanesa Abramovich que regala una imaginativa puesta en escena y la gran interpretación de Jerónimo Dodds hacen el resto. Los de títeres creados por Alejandra Farley y María Victoria Kohakura, son manejados magistralmente por Mariano Agustín Botindari y Diego Ferrari, y nos hacen olvidar que son objetos inanimados. Sobre todo Francisco, un bello perro articulado creado por Inés Sceppacuercia, a quien vemos mover la cola, olisquear y prestarse a las caricias como cualquier can. Maravilloso.

Además de los magistrales titiriteros, Jerónimo está acompañado por un niño actor (alternativamente Gonzalo Aguirre y Teo Rotenberg Hirsch), con el que desarrolla coreografías simples como la época de la vida que reflejan en esta obra, creadas por Marina Svartzman. Todo aquí está equilibrado: el humor, la ternura, la desolación de la orfandad aunque sea un adulto y la recuperación de una infancia olvidada, dejada de lado, perdida.

Y el espectador adulto no puede evitar emocionarse y hasta llorar, no por ese niño dejado atrás sino por la belleza de un tiempo de libertad, de transparencia y de picardía. Cuando Dejé de Volar es una obra hermosa, entrañable, luminosa, que vale la pena disfrutar. Y donde el alma de Gorlero está en primer plano, tanto en el cuento que cuenta como en el recuerdo su perro Francisco, un amor que se atesorará durante toda la vida.
Aprovechen las dos funciones que quedan para disfrutarla, no se van a arrepentir. Encontrá acá más info sobre las entradas.