Abandono escolar

Ir a la escuela no alcanza: por qué la Argentina no logra mejorar los aprendizajes

El 97% de los adolescentes argentinos de 15 y 16 años asiste a la escuela, pero solo 19 de cada 100 estudiantes alcanza los conocimientos esperados en Lengua y Matemática. La doctora en Educación Guada Molina advierte que mejorar los aprendizajes requiere propuestas pedagógicas relevantes, mejores condiciones para enseñar y un mayor acompañamiento del Estado.

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Solo 19 de cada 100 estudiantes argentinos de 15 años cursan el grado que les corresponde por edad y alcanzan los conocimientos mínimos esperados en Lengua y Matemática. Así lo señala el Índice de Resultados Escolares (IRE) en América Latina, elaborado por Argentinos por la Educación a partir de los resultados de las pruebas PISA 2025 y de encuestas de hogares. El estudio ubicó a la Argentina en el séptimo lugar entre nueve países de la región y mostró un retroceso respecto de 2009, cuando 26 de cada 100 estudiantes alcanzaban esos objetivos.

El informe también expone una diferencia entre el acceso a la escuela y los resultados educativos: el 97% de los adolescentes argentinos de 15 y 16 años está escolarizado, una de las tasas más altas de América Latina. Sin embargo, esa amplia cobertura no se traduce necesariamente en aprendizajes. Martín Nistal, uno de los autores del estudio, lo sintetizó así: “Que haya más chicos dentro del sistema educativo es una buena noticia en varios sentidos, pero no habla nada de los aprendizajes”. 

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A partir de este diagnóstico, la doctora en Educación y exdirectora de la Escuela de Ciencias de la Educación de la UNC, Guada Molina, plantea que el desafío no consiste únicamente en lograr que los estudiantes ingresen y permanezcan en la escuela, sino también en garantizar que aprendan. Para la especialista, el problema exige mirar qué ocurre dentro de las aulas, qué propuestas reciben los jóvenes y con qué recursos cuentan las instituciones para acompañar sus trayectorias.

“En general el nivel secundario ha vivido una transformación muy significativa y que se origina hace 20 años con la ley nacional de educación y la obligatoriedad del nivel”, explicó. Esa transformación también modificó la manera en que la escuela aborda las dificultades de los estudiantes. Según Molina, “hoy la escuela y el Estado se posicionan distinto, sobre un chico que no está en la escuela porque falta mucho, porque desaprueba las materias, hay otra pregunta y es dónde está ese pibe y qué podemos hacer con ese chico o esa chica para que esté en la escuela”, señaló.

Sin embargo, la especialista advirtió que garantizar la asistencia no alcanza. “Efectivamente que eso no basta porque no sólo hay que estar, sino que hay que aprender y hay que egresarse”, sostuvo. Y explicó por qué considera importante distinguir entre la presencia física y una experiencia educativa que realmente aporte a la formación: “Aprender significa que el estar en la escuela sea significativo y provechoso para los y las estudiantes”.

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Para Molina, la escuela debe ofrecer contenidos y propuestas que despierten el interés de los jóvenes y les permitan proyectar su futuro. “Los estudiantes valoran la escuela en cuanto a lo que la escuela les puede enseñar”, afirmó.

En ese sentido, remarcó que las instituciones necesitan conectar la enseñanza con las necesidades y expectativas de quienes las transitan. “No es suficiente con ir. Las propuestas pedagógicas deben ser de interés, de relevancia para la formación de la juventud, para la continuidad de sus estudios o para la inserción en el mundo laboral y para el mundo de la vida democrática”, planteó.

El rol del Estado

Molina considera que “la escuela no puede hacerse cargo sola si no es en la medida en que el Estado acompaña y provee las condiciones necesarias para que esa escuela pueda ser significativa para los jóvenes y pueda acompañar el egreso”, afirmó. Desde su perspectiva, las políticas educativas y los recursos disponibles inciden directamente en las posibilidades de sostener buenas propuestas pedagógicas.

La especialista cuestionó los discursos que trasladan toda la responsabilidad a las instituciones o a los docentes y dejan en segundo plano el papel de las políticas públicas. “Me parece que muchos discursos que tratan de justificar el retiro del Estado y tratan de justificar o poner a todo en un mismo nivel las responsabilidades respecto a la garantía de ese derecho ocultan de que en realidad hay responsabilidades distintas y hay posicionamientos distintos del Estado”, advirtió.

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La especialista también señaló problemas vinculados con las condiciones laborales y la formación docente. “No tenemos actualización del salario docente en función de criterios nacionales, es un problema”, sostuvo. A eso sumó la falta de herramientas y programas de acompañamiento: “No tenemos becas, no tenemos programas de apoyo a las distintas políticas que hacían al fortalecimiento de las propuestas pedagógicas”.

Molina insistió en que los resultados educativos no dependen exclusivamente del esfuerzo individual de cada docente. “Cuando decimos 'los chicos no aprenden', bueno aprenden menos si el docente no está bien formado, no está bien capacitado, si no hay recursos nacionales que acompañen, nacionales y provinciales también”, explicó. Y resumió: “Cuando no tenemos eso, estamos en peores condiciones”.

Entre las necesidades que identifica en las escuelas secundarias, mencionó además la falta de tiempo institucional para que los docentes puedan reunirse, planificar y trabajar de manera conjunta. Según explicó, se trata de una demanda que el sector sostiene desde hace tiempo y que resulta importante para fortalecer las propuestas de enseñanza.

La desigualdad también enseña

La especialista también advirtió que las dificultades educativas no pueden analizarse al margen de las condiciones de vida de los estudiantes. En ese contexto, Molina cuestionó que los resultados escolares se lean únicamente como una medida del desempeño individual de cada estudiante, sin considerar las circunstancias que atraviesan su vida cotidiana.

“Después viene la estadística y dice, el chico no aprende, el chico no egresa, y  sí, más vale, ¿cómo vamos a hacer con un chico que no come primero, o con un chico que tiene el padre preso, o que tiene la familia de 10 viviendo en un ambiente y medio?”, planteó.

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Para la doctora en Educación, la relación entre las condiciones sociales y las trayectorias escolares es estrecha. “Cuando la pobreza aumenta, las condiciones de escolarización empeoran, inevitablemente, aunque tengamos la mejor escuela del mundo”, afirmó. 

El diagnóstico del índice y el análisis de Molina apuntan a una misma tensión: la Argentina logró una amplia escolarización, pero todavía enfrenta dificultades para garantizar que los adolescentes aprendan los conocimientos fundamentales y terminen sus estudios en tiempo y forma.