Cultura Popular

El Coquena: la leyenda del guardián invisible de la fauna andina y las leyes del cerro

La figura de El Coquena representa la autoridad moral en las altas cumbres del norte argentino. Este numen de la naturaleza protege a las vicuñas y castiga a quienes cazan por codicia.

Cultura Popular Foto: Freepik

El Coquena es una deidad de origen calchaquí que habita en las zonas más elevadas de la Puna salteña y jujeña. Se lo describe como un hombre de baja estatura, rasgos indígenas y vestimenta típica de la región, que incluye un poncho de lana de vicuña, sandalias y un sombrero.

Su función principal es el pastoreo y la protección de los animales silvestres, especialmente de las vicuñas y los guanacos. Se cree que recorre los cerros durante el día, vigilando que los cazadores no excedan los límites permitidos por las leyes naturales del monte.

San Baltasar: el Rey Mago negro y el fervor de las charandas en el Litoral

La tradición oral sostiene que este ser es invisible para la mayoría de los mortales, manifestándose únicamente ante aquellos que rompen el equilibrio del ecosistema. Su presencia se percibe a través de un silbido agudo que resuena entre las quebradas de piedra.

El Coquena premia a los pastores humildes que cuidan a sus rebaños y castiga con severidad a quienes utilizan armas de fuego para matar animales por puro deporte. Es el ejecutor de una justicia ecológica que precede por siglos a las leyes ambientales modernas.

Los pactos de la Puna y el respeto a la deidad de las alturas

Los pobladores de los cerros mantienen una relación de respeto y temor hacia esta entidad, a quien consideran el dueño legítimo de las manadas. Antes de iniciar una travesía por las altas cumbres, es costumbre realizar ofrendas de coca y alcohol para pedir su permiso.

En el libro "Relatos de la Puna", se describe al Coquena como un ser que viaja montado sobre un gran guanaco o una vicuña líder. Esta imagen refuerza su rol como pastor divino, encargado de guiar a los animales hacia pastizales seguros y alejarlos del peligro.

Se dice que posee dos manos muy diferentes: una de lana, con la que acaricia y bendice a los animales, y otra de plomo, utilizada para golpear a los cazadores furtivos. Esta dualidad simboliza la benevolencia de la naturaleza y su capacidad de ser implacable.

A diferencia de otros duendes más traviesos, el Coquena tiene una personalidad seria y vigilante. No busca asustar por diversión, sino preservar la vida en un entorno hostil donde la escasez de recursos hace que cada animal sea vital para el ciclo biológico.

El fenómeno Rodrigo Bueno: de ídolo del cuarteto a figura de culto popular

La leyenda cuenta que el Coquena intercambia oro por hojas de coca con aquellos hombres que demuestran una conducta íntegra. Sin embargo, si el beneficiario revela el origen de su riqueza o se vuelve ambicioso, el tesoro se convierte inmediatamente en piedra.

En las noches de tormenta, se cree que el Coquena agrupa a los animales en cuevas secretas para protegerlos del frío extremo. Los rastros de sus sandalias en la nieve son interpretados por los lugareños como una señal de que el guardián ha pasado por la zona.

La iconografía de esta deidad ha sido rescatada por poetas y músicos del Noroeste, quienes ven en él a un símbolo de la resistencia cultural andina. Su figura representa la persistencia de los valores ancestrales frente a la explotación irracional de los recursos.

Muchos testimonios aseguran que las vicuñas, animales extremadamente esquivos, se muestran mansas y agrupadas cuando el Coquena está cerca. Esta conducta inusual es la prueba fehaciente, para el hombre de campo, de la presencia protectora del "Amo del cerro".

Los castigos del Coquena pueden incluir la pérdida del rumbo en la montaña, ruidos que espantan a las presas o fallas inexplicables en las armas de los cazadores. Su objetivo no es siempre la muerte del infractor, sino su escarmiento y posterior aprendizaje.

El sincretismo en la zona andina permite que el culto al Coquena conviva con la devoción a la Pachamama. Mientras la Madre Tierra es la dueña de todo lo existente, el Coquena actúa como su capataz delegado para el cuidado específico de los seres que corren.

La vigencia del mito es fundamental para la conservación de especies que estuvieron al borde de la extinción. El miedo al castigo sobrenatural ha sido, en muchas comunidades aisladas, más efectivo que la vigilancia estatal para frenar la caza indiscriminada.

El "monstruo" del sur argentino: la leyenda del Nahuelito y su enigma eterno

Para los niños de la Puna, el Coquena es la primera lección sobre ética ambiental que reciben de sus abuelos. A través de sus historias, aprenden que la montaña tiene dueño y que el hombre es solo un invitado que debe actuar con gratitud y moderación.

A pesar de la llegada de la tecnología y el turismo masivo, el silencio de las cumbres sigue perteneciendo a este pequeño pastor. Su leyenda se mantiene viva en cada rincón donde el viento silba entre las rocas y las vicuñas corren libres por el horizonte.

El Coquena es el recordatorio eterno de que la ambición humana tiene un límite en la inmensidad de los Andes. Su legado espiritual asegura que, mientras existan las altas cumbres, habrá un guardián velando por la vida que late en la soledad de la piedra.

Cada vez que un cazador baja su arma por respeto al cerro, el mito de esta deidad se fortalece. En el corazón místico del norte argentino, el Coquena sigue siendo el juez supremo de las alturas y el protector incansable de la fauna que habita en las nubes.

lv / ds