Erwin Rommel, el zorro del desierto, entre la gloria militar y el mito nazi
Audaz estratega de la Segunda Guerra Mundial, admirado por sus soldados y respetado por sus enemigos, Rommel construyó su leyenda al frente del Afrika Korps. Pero detrás del mito del militar ajeno al nazismo se esconde una historia más ambigua: su lealtad inicial a Hitler, su desencanto ante la derrota alemana y el final trágico de un hombre que terminó obligado a elegir entre el suicidio y la deshonra.
El 14 de octubre de 1944, Erwin Rommel ingirió una cápsula de cianuro. Bajo la presión del régimen nazi, se suicidó para evitar un juicio público por su supuesta participación en el complot que intentó asesinar a Hitler el 20 de julio de ese año.
El mito de Rommel lo imagina como un oficial puramente profesional y altamente eficiente que siempre mantuvo su independencia respecto al poder nazi. Esto es parte de una narrativa que oculta otra realidad: Rommel, al igual que muchos de los oficiales que finalmente se distanciaron del Führer, acompañó fielmente al régimen hasta que se convenció del inevitable camino de Alemania hacia el colapso, una percepción que se agravó tras los desastres militares de 1943, aunque, en su caso personal, el desencanto lo invadió luego de su derrota en El Alamein a finales de 1942, en la que comprobó la deficiencia en el envío de los suministros que necesitaba.
Para 1944, antes de su muerte obligada, Rommel era el responsable de las defensas en el norte de Francia. Entonces se esperaba una gran invasión aliada. En ese momento no podía imaginar que el desembarco arrollador sería en Normandía y no en Calais, y que poco le faltaba para su día final.
Involuntariamente, Rommel se convirtió en una pieza central del mito de la Wehrmacht limpia: la visión de un ejército alemán entregado solo a su deber patriótico y desvinculado de la adhesión fanática a la ideología nazi. Una ilusión.
Por otra parte, lo que sí es innegable es que Rommel alimentó legítimamente su fama al evidenciar especiales cualidades como estratega, las cuales le valieron el apodo de “El Zorro del Desierto” durante su célebre campaña en el norte de África al mando del Afrika Korps. Fue un líder sumamente popular entre sus soldados debido a su desprecio por los lujos y a su costumbre de estar siempre próximo a ellos en la primera línea de ataque, compartiendo el riesgo. Era audaz, un líder distinto, muy dotado para el engaño táctico y de un alto sentido del honor militar.
Rommel terminó siendo víctima de la misma máquina dictatorial bajo cuyas órdenes luchó, habiéndose granjeado el respeto y la admiración de sus propios enemigos en el campo de batalla.
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Los primeros pasos del zorro
Rommel nació el 15 de noviembre de 1891 en Heidenheim, Alemania. Su familia no procedía de la aristocracia militar prusiana. De clase media, su padre y su abuelo eran profesores de matemáticas. De muy joven, le fascinaba la ingeniería. Sin embargo, la autoridad paterna le impuso el camino de las armas. A los 18 años, en 1910, ingresó al ejército.
En la Gran Guerra, luchó en Francia, Rumania e Italia. En el país de Dante logró lo imposible en la Batalla de Caporetto, en 1917: al frente de un reducido grupo de hombres, capturó el Monte Matajur, en los Alpes Julianos, en la frontera entre Italia y Eslovenia. Recibió entonces la Pour le Mérite (la "Blue Max"), la condecoración militar más alta de Prusia, una distinción que era más esperable para algún oficial de un origen de mayor alcurnia.
En el período de entreguerras fue instructor en la Escuela de Infantería de Dresde. Era un profesor severo, pero muy querido por sus alumnos. Casi al final de la década del 20 nació su único hijo, Manfred Rommel, futuro político destacado y testigo veraz de sus últimos momentos.
En 1937 publicó El ataque de la infantería, un manual en el que resuena su aprendizaje militar en la Primera Guerra Mundial. El libro fue un inesperado éxito de ventas en Alemania. Hitler quedó impresionado por sus posiciones tácticas. Le encomendó entonces la instrucción preliminar de las Juventudes Hitlerianas. En esa tarea, Rommel solo atendía al entrenamiento técnico, y no a la retórica ideológica, esto le deparó desavenencias con Baldur von Schirach (el líder de las Juventudes).
Luego, durante las anexiones de Austria, los Sudetes en Checoslovaquia, entre 1938 y 1939, fue nombrado comandante del cuartel general móvil del Führer. No se afilió al Partido Nazi, pero esto no significaba que desaprobara a Hitler, a quien veía como el líder restaurador del orgullo y la potencia militar alemana. Esa cercanía le aseguró importantes responsabilidades de mando durante la nueva guerra cercana que sacudiría la tierra y mataría a millones de seres.
Con la invasión de Polonia, en septiembre de 1939, las hienas de la esvástica dieron comienzo a la Segunda Guerra Mundial. En febrero de 1940, Rommel recibió el mando de la 7.ª División Panzer, la primera brasa ardiente de su mito. Comprendió a fondo las tácticas de la Blitzkrieg (guerra relámpago) e inyectó tanta velocidad a su fuerza blindada durante la invasión a Francia, que no podía ser ubicada ni por los franceses ni por los propios alemanes.
Como un relámpago, cruzó el río Mosa, rompió las líneas defensivas aliadas, neutralizó un contraataque blindado británico, capturó el estratégico puerto de Cherburgo y forzó la rendición de miles de soldados enemigos. Su unidad se llamó la "División Fantasma".
Un zorro en el desierto
Y Rommel vuelve a la acción. En febrero de 1941 desembarca en Trípoli, en el norte de Libia, con las primeras unidades de lo que se convertirá en el Afrika Korps. Su misión es rescatar a los aliados italianos de sus desventuras ante el ejército británico y luchar por el dominio del frente norteafricano.
La campaña del Deutsches Afrika Korps (DAK) en el norte de África, entre febrero de 1941 y mayo de 1943, es parte de una "guerra sin odio", en la que ambos bandos enfrentados respetan, en términos generales, los códigos de caballerosidad.
Consciente de su gran inferioridad numérica, Rommel muestra su gran astucia: ordena construir tanques de cartón y lona montados sobre camiones y automóviles para simular tanques Panzer, mientras sus movimientos son vigilados por los británicos desde el aire. Detrás de las columnas de vehículos dispone que se amarren grandes ramas, matorrales y motores con hélices; el arrastre en la arena de todos esos agregados levanta grandes nubes de polvo. Los británicos creen que están ante una fuerza blindada masiva que va en su búsqueda y se retiran. Una primera maniobra brillante de simulación astuta del zorro en el desierto.
Aunque sus órdenes estrictas son mantenerse a la defensiva, Rommel las desafía y lanza una ofensiva inesperada. Los británicos quedan confundidos. Rommel reconquista la región de Cirenaica en pocas semanas y cerca el estratégico puerto libio de Tobruk. Durante varios meses, este lugar se convierte en su gran objetivo y en la principal obstrucción para su avance hacia el Canal de Suez.
Rommel asalta Tobruk varias veces, pero fracasa y acumula bajas. Sin embargo, en los combates de 1941, su innovadora brillantez táctica despliega los famosos cañones antiaéreos Flak de 88 mm para disparar a ras de suelo contra los blindados británicos y neutralizarlos.
En noviembre de 1941, bajo el ataque del 8.º Ejército británico en la Operación Crusader, Rommel rompe su costumbre ofensiva y ordena una retirada táctica de 500 kilómetros hacia El Agheila luego de una feroz batalla de blindados.
A comienzos de 1942, Rommel recibe refuerzos de tanques. Sin dudar un instante, lanza un nuevo ataque antes de que los británicos puedan reacomodarse. En mayo de 1942, en la Batalla de Gazala, en un arrojo de alta audacia y casi sin combustible, atraviesa el desierto profundo y cruza una zona minada conocida como "El Caldero", donde destruye a las brigadas blindadas enemigas que le salen al cruce. Vuelve a Tobruk. Esta vez, el 21 de junio de 1942, toma el famoso puerto en solo 24 horas. Se apropia de miles de toneladas de combustible y provisiones, y hace más de 30.000 prisioneros. Tras este éxito histórico, Hitler lo asciende a Mariscal de Campo (Generalfeldmarschall).
En la campaña del desierto africano los ingleses introducen tres especiales y grandes vehículos de mando blindados AEC 4x4, a los que apodaban "Dorchester" en honor al lujoso hotel londinense. Estos blindados son espaciosos, bien ventilados, pensados como unidades móviles de mando. El Afrika Korps captura dos de ellos. Rommel llama al suyo "Mammut" (Mamut), y gusta desplazarse en él para dirigir las operaciones.
Rommel siempre se mueve en la primera línea de fuego. En una ocasión, entra a un hospital de campaña durante la noche. Quiere alentar a sus heridos, pero se trata de un lugar de asistencia de Gran Bretaña. En esas circunstancias, habla con naturalidad con los médicos británicos, y luego se marcha.
El desierto es patria de espejismos. Luego de la toma de Tobruk, Rommel persigue al ejército británico en Egipto. Pero ahora sus líneas de suministros serpentean a través de miles de kilómetros de arena, mientras que desde la isla de Malta los británicos atacan con éxito a numerosos convoyes que le traen combustible desde Italia.
La amplitud de la geografía desértica lo detiene tras la Primera Batalla de El Alamein, en julio de 1942, donde el general británico Claude Auchinleck logra frenar su avance. En la Segunda Batalla de El Alamein, entre octubre y noviembre de 1942, toma el mando el general Bernard Montgomery. Este tiene la ventaja de una gran superioridad de recursos en tanques, artillería, aviones y combustible. Como en la vida, algunos tienen mucho y otros, como Rommel, muy poco. El Octavo Ejército le hace conocer a sus fuerzas el polvo tras duros combates teñidos de sangre. Ante el derrumbe, y como de costumbre, el demencial Hitler le ordena: "vencer o morir". Pero Rommel no acata el fanatismo monstruoso. Ordena la retirada para salvar a los hombres aún en pie.
Quiere resistir, pero solo pocos días después de la debacle de El Alamein empieza la Operación Torch. Tropas estadounidenses e inglesas desembarcan en Marruecos y Argelia, y despliegan un movimiento de pinza para atrapar lo que queda del Afrika Korps. Rommel y sus hombres combaten en retirada durante miles de kilómetros hasta llegar a Túnez. Aquí, en la Batalla del paso de Kasserine, en febrero de 1943, Rommel lanza un gran zarpazo que desangra a las inexpertas fuerzas estadounidenses. Pero la victoria en el ocaso no le devuelve el sol. El zorro sabe que no tiene salida.
En marzo de 1943 es evacuado de África por orden del Führer. Atrapados contra el mar, sin suministros ni esperanza en la mirada, y bajo el mando final del general Hans-Jürgen von Arnim, 250.000 alemanes e italianos se rinden como prisioneros de guerra. El Afrika Korps se disuelve entre las tumbas y las dunas.
El estratega bajo lupa
En la actualidad, la visión historiográfica sobre las dotes estratégicas de Rommel tiene matices y elude cualquier celebración acrítica. Por ejemplo, el célebre historiador británico Antony Beevor, en su obra cumbre La Segunda Guerra Mundial (Pasado & Presente, 2012), sostiene una postura crítica hacia el mariscal. Para Beevor y la historiografía contemporánea, Rommel era el comandante de división o cuerpo perfecto, pero sus avances temerarios estiraban las líneas de suministro alemanas hasta el punto de la ruptura, ignorando el panorama general del OKW (Alto Mando) en Berlín para enfocarse únicamente en el terreno que tenía frente a sus ojos.
Durante las acciones de África del Norte, Rommel escribió numerosas cartas a su esposa Lucie Mollin, las cuales funcionaban también como una suerte de diario de campaña. Luego de la guerra, su viuda y el general Fritz Bayerlein (su antiguo Jefe de Estado Mayor) ordenaron las cartas en Las memorias de Rommel (o The Rommel Papers). B. H. Liddell Hart, gran teórico de la estrategia militar del siglo XX, escribió la presentación original del libro en 1953, donde observó: "Fue un espléndido apostador militar, dominante ante los problemas inmediatos (…) Su ardor y audacia infligieron graves desastres a sus enemigos, pero su generalidad empujaba continuamente a los hombres y al material al límite absoluto."
La audacia del Zorro del Desierto asumía riesgos que a veces le deparaban victorias, pero ignoraba los límites, por lo que así contribuía a las condiciones de su propia derrota.
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Un complot y las sospechas
Luego de retirarse de África, el principal encargo que recibió Rommel fue la fortificación y control del Muro del Atlántico, una instalación defensiva en el norte de Francia. El 20 de julio de 1944 se activó la Operación Valkiria: en la Guarida del Lobo estalló una bomba cuyo propósito era hacer volar a Hitler. El intento fracasó. Entonces, comenzó la persecución del grupo de los conspiradores encabezado por Claus von Stauffenberg. Miles de personas involucradas directa o indirectamente fueron rápidamente enjuiciadas y ejecutadas. En los brutales interrogatorios de la Gestapo, el nombre de Rommel fue mencionado por dos figuras clave de la resistencia militar en Francia: el teniente coronel Caesar von Hofacker, primo del coronel Claus von Stauffenberg, y el general de infantería Carl-Heinrich von Stülpnagel. En documentos incautados al político conservador y líder civil de la conspiración, Carl Friedrich Goerdeler, figuraba una lista en la que Rommel aparecía como posible Presidente del Reich o Comandante en Jefe de la nueva Wehrmacht tras el colapso del régimen de la esvástica.
Los testimonios de la supuesta complicidad de Rommel eran dudosos e indirectos. El consenso actual es que el Zorro del Desierto apoyó la destitución de Hitler para detener la guerra e iniciar conversaciones de paz, pero que no participó en el complot para su asesinato. Sir Ian Kershaw, el historiador británico y gran conocedor de la biografía de Hitler y el Tercer Reich, avala esta posición al sostener que Rommel no tenía nada que ver con el complot de asesinato ni con el golpe de Estado previsto. El mariscal de campo sí quería a un Hitler destituido del poder, pero se oponía a la idea de asesinarlo, dado que creía que esto lo convertiría en mártir. Pero la aparición de su nombre en las listas que los conspiradores proyectaban para un futuro gobierno bastó para incluirlo entre quienes debían ser silenciados para siempre.
Aunque Rommel no participó en el complot, en medio de la paranoia nazi fue asociado a la acción conspiradora. La acusación nació de una mala interpretación de información dudosa. En Los límites de la interpretación (1992), Umberto Eco analiza las condiciones en las que el receptor de un mensaje distorsiona su sentido y atribuye erróneamente una intención que nunca existió al supuesto emisor original. Es un caso de sobreinterpretación y atribución de falsa intencionalidad. A su vez, desde el concepto de Wittgenstein de los "juegos del lenguaje", las palabras significan según su contexto de uso y dentro de distintos juegos lingüísticos. El régimen nazi mezcló equivocadamente dos juegos de lenguaje: el juego de la especulación sobre un gobierno pos-Hitler, en el que por su prestigio Rommel era una posibilidad atendible, y el juego de la conspiración militar real del grupo de Stauffenberg, del cual no había evidencia cierta de la participación del mariscal. La paranoia, la sospecha y la necesidad de encontrar culpables por todas partes terminaron por componer una narrativa que falsificó la realidad.
De todos modos, cuando se hacía evidente el fracaso en la guerra, Rommel ya estaba en el bando de los críticos de Hitler. Sin embargo, esto ocurrió recién después de El Alamein, y de Stalingrado, la gran derrota bisagra de febrero de 1943 en el frente ruso. No se puede idealizar el rol opositor de Rommel, ni el de los partícipes de la Operación Valkiria, porque su ruptura con el nazismo solo se dio ante la certeza de la inminente debacle. La única negación realmente heroica al régimen es la de quien, antes de la propia guerra, sabía que Hitler era la personificación de la demencia que podría asesinar a millones de personas y destruir países. Ese fue el caso de Georg Elser, el artesano, ebanista y relojero que, en total soledad, el 8 de noviembre de 1939 recurrió a una bomba para sacar a Hitler de este mundo. Lamentablemente, también fracasó.
El hijo y el padre
Luego de la guerra, Manfred Rommel se convirtió en el alcalde de Stuttgart por más de dos décadas. Traba una intensa amistad con los hijos de Montgomery y Patton: una forma simbólica de reconciliación y una elección consciente por la paz. Fue profundamente estimado por su espíritu democrático y pacifista. Quizá logró ser feliz, pero nunca olvidó los últimos momentos de vida de su padre, Erwin Rommel. En una famosa entrevista en 1975, recordó la aceptación de la muerte de su progenitor, asumida sin ningún temor.
El 17 de julio de 1944, el mariscal había sido herido mientras se desplazaba en un coche oficial descapotable en Normandía. Un Spitfire de la Real Fuerza Aérea británica metralla el vehículo, que vuelca fuera del camino. Rommel sale arrojado y recibe importantes lesiones. Ya convaleciente en su casa de Herrlingen, cerca de Ulm, recibe el 14 de octubre la visita de los generales enviados por Hitler: Wilhelm Burgdorf y Ernst Maisel. Manfred tiene entonces apenas quince años, lo presencia todo y recuerda cada detalle…
Luego de hablar con los emisarios, estos se retiran. Rommel se acerca a su hijo y, con total serenidad, le dice: «Vengo a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora estaré muerto. Morir a manos de tu propia gente es duro. Pero la casa está rodeada y Hitler me acusa de alta traición». El mariscal le explica a su hijo que tiene dos opciones: si ingiere una cápsula de cianuro que le han traído, se le garantiza un funeral de Estado, la conservación de su reputación militar y la protección de su familia; de lo contrario, será sometido a un juicio público por traición, ejecutado y su familia enviada a un campo de concentración.
La posterior revelación de Manfred aniquila el relato oficial nazi, el cual asegura que la muerte de Rommel es por una embolia cerebral a causa de sus heridas de guerra. El hijo recuerda que su padre se pone el uniforme del Afrika Korps. Se mantiene firme, estoico. Y le dice sus últimas palabras: «Manfred, en pocos años serás un hombre. Mi mayor deseo es que seas digno de mí». Rommel sube a un automóvil. Media hora después, una llamada telefónica confirma su ingreso al otro lado misterioso. Manfred nunca olvida a su padre. Sabe que fue un hombre de guerra, pero lamenta su final, y lo rememora con cariño y respeto a pesar de todo, mientras camina por una calle de Stuttgart, entre una suave llovizna y un crepúsculo de otoño.
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