Las implicancias regionales del ataque a Irán
Desde la guerra de los Doce Días en junio de 2025, Estados Unidos e Irán habían logrado retomar las negociaciones por el programa nuclear a comienzos de este año, a instancias del diálogo facilitado por el canciller de Omán, Badr Al-Busaidi. Luego del aparente éxito de las rondas de la última semana, nada hacía suponer que el presidente Donald Trump tomara la decisión de lanzar un ataque inmediato. Por supuesto, después del elevamiento de la retórica entre las partes en pugna y el aumento de los desplazamientos militares en la zona, la intervención era una opción, pero, de momento, parecía relegada al desarrollo de los acontecimientos la semana próxima, cuando vencía el ultimátum del líder estadounidense.
En este nuevo contexto, Estados Unidos se encaminó hacia un ataque y parece arriesgarlo todo en una hipótesis de cambio de régimen similar a la que su antecesor George Bush promovió en 2003, cuando invadió Irak con el objetivo de derrocar a Saddam Hussein. Sin embargo, emergen varias diferencias. Aquel contaba con el apoyo del Congreso, un amplio consenso interno y el respaldo de algunos aliados de peso en Europa. Además, en esta ocasión difícilmente veamos operaciones en el terreno: el costo en vidas humanas para uno y otro bando sería muy alto. Finalmente, estos ataques tienen lugar en el marco de un proceso de negociaciones, aparentemente bien encaminadas, donde el agresor tiene un papel preponderante. El lunes estaba prevista una reunión de los equipos técnicos en Viena y una nueva sesión en Ginebra cerca del fin de semana. La pregunta que queda flotando en el aire es quién será el próximo país que se anime a dialogar con Estados Unidos sobre algún contencioso luego de esta exhibición arbitraria de poder en el marco de un proceso diplomático. Sin reglas a la vista, solo parece que hay una alternativa posible al garrote: una tranquila sumisión. Aparentemente, no hay lugar para los débiles en el orden post-liberal que está eclosionando.
En cambio, con este ataque, Israel consolida su posición. Al final, la guerra que se abrió después del 7 de octubre de 2023 lo devolvió fortalecido. Luego de atacar con éxito objetivos en Palestina, Líbano, Siria, Irán, Qatar y Yemen, quedó clara su preponderancia regional en materia tecnológica y armamentística. Más allá de haber perdido la batalla en la opinión pública internacional, a nivel doméstico el primer ministro Benjamin Netanyahu se encamina a enfrentar con confianza a las urnas en octubre próximo.
Por otra parte, el ataque deja en una posición difícil a Arabia Saudita, que estaba liderando los esfuerzos regionales para evitar que Estados Unidos haga uso de la fuerza contra Irán. La guerra de Gaza implicó una necesaria reconfiguración del Medio Oriente. Frente al ascenso de un nuevo poder regional, los presupuestos militares suben y las afinidades se reorganizan. Estos cambios empujaron al líder del gobierno saudita, el príncipe heredero Muhammad bin Salman, junto a algunos de sus socios del Consejo de Cooperación del Golfo, a encabezar una propuesta de moderación en relación a Teherán. Durante varias semanas, intercedieron ante Washington para evitar el comienzo de un nuevo conflicto. La presión de la Casa Blanca, junto a la respuesta iraní, que consistió en atacar puntos estratégicos en Bahrein, Kuwait, Arabia Saudita, Jordania y los Emiratos Árabes, pone a Riad en un lugar complejo. Si finalmente interviene contra objetivos iraníes, habrá declarado su bando en este conflicto. Si apela nuevamente a la diplomacia, habrá hecho gala de su autonomía en relación frente al poder de turno. La respuesta deberá ser, ante todo, estratégica.
Irán, nuevamente golpeado, quedó muy debilitado después de los sucesos en torno al conflicto de Gaza. Hamas perdió capacidad de fuego, Hezbolá fue descabezado y apartado de la vida política, la salida de Bashar Al-Assad lo dejó sin aliados en Siria, sufrió en su propio territorio el espionaje y los ataques por parte de su enemigo jurado. A nivel doméstico la situación es crítica. Teherán no sucumbirá de un día para el otro, más allá del rumor, cada vez más fuerte, acerca de la muerte del líder supremo Ali Khamenei, que circula en las últimas horas. Como tal, es cabeza de un complejo y poblado entramado burocrático-militar que ya barajaba opciones de sucesión, dada la avanzada edad con la que contaba el ayatolá. Difícilmente la Revolución se agote en su persona. Su respuesta, que consistió en atacar a los países vecinos, tuvo más que ver con un pedido de ayuda que con una venganza. Sabe que solo la presión de Arabia Saudita y sus socios, si acaso, es capaz de refrenar a Trump y devolverlo a la mesa de negociaciones.
*Doctor en Relaciones Internacionales. Director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales y del Núcleo de Estudios de Medio Oriente de la Universidad Austral.
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