Frente a sucesos en desarrollo, todo análisis será invariablemente limitado. El despliegue y concentraciones de fuerzas en los días previos al sábado 28 hace que el conflicto parezca predecible, pero eso no lo volvía inevitable. Su duración y conclusión pueden llevar a la región a un punto de inflexión con repercusiones difíciles de predecir.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, afirmó que el objetivo es un cambio de régimen. Al anunciar el inicio de la Operación “Epic Fury”, el presidente estadounidense, Donald Trump, llamó a los iraníes a levantarse y derrocar al gobierno una vez que las fuerzas armadas iraníes fueran diezmadas. El lenguaje permite ver la voluntad de rehacer el balance de poder regional y poner punto final a la disputa con Irán.
Los ataques tuvieron como objetivo sedes gubernamentales y bases militares en múltiples ciudades del país, incluyendo las oficinas presidenciales y del Líder Supremo, el ayatolá Ali Jameneí pero al momento de escribir esta nota se desconocen las pérdidas entre el liderazgo iraní.
Medios locales reportaron un ataque contra una escuela para niñas en la ciudad iraní de Minab, dejando un saldo de al menos 60 personas asesinadas, en su mayoría estudiantes.
Irán respondió con ataques de misiles y drones. Los objetivos esta vez abarcaron a Israel y bases militares estadounidenses en la región, con ataques registrados en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Catar y Kuwait, con resultados limitados.
¿Qué cambió con respecto a la guerra de 2025?
Las declaraciones oficiales provenientes de Israel y EEUU convergen en un objetivo de máxima: eliminar al liderazgo iraní o provocar el colapso del Estado mediante la presión militar externa y de un levantamiento popular. Esto se diferencia de la llamada Guerra de los 12 días de 2025, donde se invocó como razón poner fin al programa de desarrollo nuclear del país y degradar sus capacidades militares.
Esto da cuenta del ejercicio de la fuerza que la Casa Blanca hace como nuevo lenguaje en la relación entre países y base de la credibilidad del liderazgo norteamericano. Ilustra el tipo de orden global que Washington pretende construir con medios cada vez más limitados, mientras se distancia de los canales convencionales del multilateralismo para la resolución de conflictos.
En un patrón similar a 2025, el ataque se dio tras días de diálogos en Omán y Suiza. El desenlace se explicaría por la insatisfacción de Trump ante a la resistencia iraní a ampliar la agenda más allá de la cuestión nuclear. Años de sanciones y ciclos de hostilidad reclaman un proceso de construcción de confianza, garantías mutuas y tiempo que parece agotarse.
Otro férreo opositor a un acuerdo que pueda ver a Irán reintegrándose a la región es el gobierno israelí, envalentonado ante lo que percibe como una sucesión de éxitos frente a aliados de Irán en la región y la garantía de impunidad por sus acciones en Gaza. Las reuniones entre Trump y Netanyahu a mediados de febrero proveen el telón de fondo detrás de la opción por las armas.
Un cambio sustancial es la decisión iraní de derramar el conflicto sobre la región. Ante la desigualdad de fuerzas, Teherán apostará por elevar el costo sobre Washington y sus socios para así acelerar una conclusión que garantice su supervivencia.
El anuncio iraní de cerrar el Estrecho de Ormuz a tráfico marítimo hará sentir su impacto en el mercado energético global. Se trata de una arteria estratégica en una región que representa casi un tercio de la provisión mundial de petróleo y un cuarto de las exportaciones de gas natural licuado.
El impacto en la economía global y la seguridad de la infraestructura crítica regional pueden poner a prueba la voluntad estadounidense si el conflicto se prolonga. Los próximos días dirán si estas acciones empujan a los socios árabes de Washington a presionar a la Casa Blanca para reasumir el diálogo o si esto alienará a Irán aún más en la región.
Los dichos de Trump se hacen eco de las protestas sucedidas en diciembre y enero pasado en Irán, las últimas en un ciclo ascendente de conflictividad social y represión estatal en los últimos años. Motivadas por la agudización de la crisis socioeconómica, el peso de las sanciones y la caída de la legitimidad gubernamental, el malestar de sectores de la población es visto como un factor para horadar la estabilidad del sistema iraní.
Cuando la disputa se plantea en términos existenciales, difícilmente se encuentre una opción aceptable para ambos lados.
Si el daño sufrido en los próximos días sirviera de catalizador para un levantamiento final contra el gobierno, se pondrá a prueba la capacidad de resiliencia de la sociedad y sus instituciones. La República Islámica constituye un sistema de relaciones que excede a la figura de un líder, por importante que sea. El panorama de un Irán fracturado y una transición incierta reclamarán gran capacidad de actores sociales y políticos dentro y fuera del país para impedir la repetición de escenario vividos en otros países de la región.
*Julián Aguirre: Licenciado en Ciencia Política, Docente y miembro de Fundación Meridiano