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opinión

Irán o la persistencia del tercero

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| afp

El mundo vuelve a dividirse. No como antes, con la claridad geométrica de los mapas escolares, sino como una herida que reaparece bajo otro corte. Ya no es Washington contra Moscú.

Ahora el eje oscila entre Estados Unidos, China, Rusia, mercados financieros, guerras tecnológicas, sanciones invisibles. Sin embargo, el lenguaje sigue siendo de lógica binaria: democracia o autoritarismo, Occidente o amenaza, seguridad o caos.

El bipolarismo aparece bajo otras marcas y cambia de nombre. Y en ese regreso del mundo dividido, Irán ocupa nuevamente el lugar incómodo: el lugar del tercero.

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Cuando cayó el Muro de Berlín, muchos creyeron que la historia había terminado. El liberalismo se proclamó horizonte único y la globalización prometió una integración sin conflicto. Pero Irán no ingresó en ese consenso.

La Revolución de 1979 había producido algo difícil de absorber: un Estado cuya legitimidad no provenía ni del mercado ni del socialismo, sino de una narrativa teocrática convertida en soberanía política.

Mientras otros países se reordenaban dentro del nuevo capitalismo global, Irán permanecía bajo sanciones, aislamiento parcial y confrontación estratégica. El país se volvió archivo vivo de una desobediencia.

La revolución iraní de 1979 no fue una irrupción súbita, sino una lenta sedimentación de descontentos; se había quebrado una idea del tiempo. El régimen del Sha —Mohammad Reza Pahlavi— representaba la promesa moderna de Occidente injertada sobre una sociedad cuya memoria política no coincidía con ese espejo. La revolución nació precisamente allí donde la modernización comenzó a sentirse como desposesión.

Quien apoyó la revolución no fue un único sujeto histórico. Fue, más bien, una alianza improbable, una multitud heterogénea que coincidió únicamente en el rechazo. El clero chiita ofreció algo que ningún partido moderno podía proporcionar: una gramática moral del levantamiento. El Sha era presentado como una figura ilegítima ante Dios y ante el pueblo. La religión funcionó como infraestructura revolucionaria, de modo tal que mezquitas, rituales de duelo y peregrinaciones se volvieron espacios de organización colectiva.

Pero la revolución no pertenece nunca a quienes la hacen. Tras la caída del Sha en febrero de 1979, el liderazgo religioso consolidó el poder y desplazó progresivamente a sus antiguos aliados, instaurando la República Islámica.

No obstante, las revueltas revelan algo más profundo: las revoluciones no buscan solo libertad, sino sentido. Y el sentido, una vez institucionalizado, se endurece. Entonces la revolución descubre su verdad más inquietante: para salvar la promesa inicial, debe limitar la libertad que la hizo posible.

La revolución iraní no ocurrió sólo en Teherán. Ocurrió entre dos respiraciones del mundo. Entre Washington y Moscú.

Entre el petróleo y la oración. Entre el cuerpo disciplinado por la modernidad y el cuerpo que vuelve a arrodillarse para sobrevivir. 1979 no fue solamente la caída del Sha; fue una fisura en el orden bipolar que organizaba el planeta desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Mientras la Guerra Fría dividía la Tierra en dos lenguajes —capitalismo o comunismo— Irán introdujo una tercera frontera. Y allí comenzó la incomodidad.

El Sha Mohammad Reza Pahlavi ocupaba un lugar preciso dentro de la geometría mundial, era el guardián occidental del Golfo Pérsico, sostenido política y militarmente por Estados Unidos y sus aliados europeos. La monarquía funcionaba como frontera energética del bloque capitalista en Medio Oriente.

La República Islámica emergió como un tercer polo simbólico; ni capitalismo liberal ni socialismo soviético, sino soberanía teológica. Desde entonces, Irán se convirtió en un actor inconveniente dentro del sistema internacional, enfrentado estructuralmente con Estados Unidos y desconfiado también de la influencia soviética.

La insurrección produjo así una anomalía geopolítica.

El bipolarismo actual ya no se organiza únicamente por ideologías económicas. Se articula alrededor del control tecnológico, energético y militar. Estados Unidos intenta preservar su centralidad; China expande su influencia económica; Rusia redefine su poder mediante la guerra y la energía.

Irán circula entre estos polos, se aproxima a Rusia sin convertirse en satélite, negocia con China sin entregarse completamente. Su posición no es equilibrio, sino tensión permanente. Existe dentro del sistema internacional como un cuerpo bajo sospecha continua: programa nuclear, influencia regional, milicias aliadas, sanciones económicas. El país se transforma así en escenario donde el nuevo bipolarismo ensaya sus límites.

Pero toda geopolítica se inscribe sobre cuerpos.

En Irán, el bipolarismo mundial atraviesa la vida cotidiana. Inflación derivada de sanciones, juventud hiperconectada bajo control estatal, mujeres cuyos cuerpos se transforman en confín político entre tradición y modernidad. El conflicto internacional no ocurre solamente en negociaciones diplomáticas; ocurre en el gesto mínimo de vivir bajo vigilancia simultánea interna y externa.

El país se convierte en un territorio sitiado por dos miradas: la del poder global que exige alineamiento, y la del Estado revolucionario que teme perder su origen.

El discurso oficial en Occidente habla de democracia, estabilización regional o lucha contra regímenes autoritarios. Pero simultáneamente, los mercados reaccionan ante cada ataque evaluando una variable: el precio del crudo.

Tras operaciones militares y tensiones simultáneas en Irán y Venezuela, los analistas energéticos advierten inmediatamente sobre riesgos de suministro y fluctuaciones del crudo global. Los bombardeos revelan su verdad material: la estabilidad política importa en la medida en que garantiza energía continua. La soberanía se mide en barriles.

Supimos que la independencia clásica se definía por fronteras visibles; banderas, ejércitos, constituciones. Pero en el siglo XXI la verdadera soberanía se desplaza hacia abajo, hacia el subsuelo, allí donde yacen las fuentes de los combustibles.

El territorio deja de coincidir con la superficie habitada. El poder internacional se organiza alrededor de aquello que no se ve: reservas, ductos, rutas marítimas, refinerías.

De modo tal que el suelo nacional se convierte en órgano vital del sistema global. Así, la soberanía no comienza en las fronteras; comienza bajo la piel de la Tierra. Lo saben los iraníes, los cuerpos que están sobre ella son sólo accidentes geográficos, una alteración en la imaginación militar.