El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 766: Qué pasa si Trump pierde en noviembre

Una derrota para el presidente estadounidense en las elecciones de medio término no implicaría simplemente la caída del líder, sino la crisis de una forma de hacer política basada en la confrontación permanente.

Día 766: Qué pasa si Trump pierde en noviembre Foto: CEDOC

Aunque ganara las elecciones de medio término de este año, Donald Trump está en condición de pato rengo, sin posibilidad de reelección y con márgenes de maniobra cada vez más estrechos. Si pierde en las elecciones de medio término y cambia la composición del Congreso, el escenario se vuelve todavía más áspero, con la amenaza concreta de un impeachment. En ese contexto, la agresividad cada vez mayor, tanto exterior como interior, de su gestión aparece como la estrategia desesperada de alguien que empieza a sentir que “no tiene nada que perder”.

Según una encuesta de CBS News Poll, realizada en enero de 2026, Trump tiene niveles de aprobación notablemente bajos: alrededor del 40% aprueba su gestión y casi el 60% la desaprueba, con mayoría de estadounidenses creyendo que el país va por mal camino. El sondeo se realizó entre el 5 y el 7 de enero, a pocos días de la captura de Nicolás Maduro.

Paralelamente, en esta semana sucedieron dos hechos anti Trump sintomáticos: en los premios Golden Globe, el actor Mark Ruffalo dijo que Trump era “el peor ser humano del mundo” y recordó a la ciudadana norteamericana recientemente asesinada por la policía inmigratoria en Minneapolis, y en una visita de Trump a una fábrica de automóviles un obrero le gritó “defensor de pedófilos”, fue suspendido y se generó un conflicto que trascendió la fábrica. Dos hechos sobre los que vamos a profundizar en detalle en esta columna más adelante, tras construir el contexto que los generaron.

Una derrota electoral en noviembre no sería simplemente la caída de un líder, sino la crisis de una forma de hacer política basada en la confrontación permanente. Internamente, la Casa Blanca parece haber optado por una escalada represiva como respuesta a la pérdida de control político y moral.

En un reciente artículo de opinión de Michelle Goldberg para The New York Times, la columnista aborda una discusión que atravesó a la intelectualidad desde que Trump asumió su primera presidencia: si Trump podía o no ser considerado un fascista.

Quienes relativizaban o negaban ese diagnóstico argumentaban principalmente en base a dos ejes: por un lado, que Trump carecía de una fuerza paramilitar organizada, al estilo de las camisas negras de Benito Mussolini. El segundo argumento era que Trump no había impulsado una política de expansión imperial clásica. Según Goldberg, ambos razonamientos se han debilitado muchísimo.

La destitución de Maduro en Venezuela y el anuncio de que Estados Unidos pasaría a controlar las reservas petroleras del país marcaron un antes y un después. Europa está evaluando reforzar su presencia militar en Groenlandia y aparecen titulares en diarios como The Economist que advierten que “las fuerzas armadas de Canadá se preparan para las amenazas de Estados Unidos”.

En el plano interno, la autora describe una escena igualmente perturbadora. En Minneapolis, fuerzas federales mataron a una ciudadana y, lejos de apaciguar la situación, utilizaron su muerte como advertencia. Un testigo escuchó a los agentes gritar: “¿No aprendiste de lo que acaba de pasar?”. Videos muestran hombres armados, enmascarados y camuflados exigiendo pruebas de ciudadanía, lanzando gases lacrimógenos y atacando a quienes los filmaban. Esta fuerza represiva al mando de Trump actúa con capuchas y armados hasta los dientes. 

Al mismo tiempo, un aviso de reclutamiento del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE) proclama: “Volveremos a tener nuestro hogar”, una frase asociada a un himno nacionalista blanco. “We’ll Have Our Home Again” es el título de una canción del proyecto musical estadounidense Männerbund (término alemán que refiere a “hermandad de hombres”), vinculado al circuito cultural del nacionalismo blanco y el neonazismo, donde funciona como un himno identitario.

La letra expresa la idea de una patria arrebatada y la promesa de una restauración futura, uno de los núcleos simbólicos del supremacismo blanco contemporáneo. “Recuperar el hogar” alude a una fantasía racial y excluyente sobre quiénes pertenecen y quiénes deben ser expulsados. La aparición de esta frase en un anuncio estatal representa la adopción de códigos extremistas.

Donald Trump recibirá este jueves a María Corina Machado en la Casa Blanca 

Si Trump no llevó estas tendencias hasta el extremo durante su primer mandato fue porque estaba contenido por figuras del establishment. Goldberg recuerda que Mark Esper, exsecretario de Defensa, contó que Trump “abordó repetidamente la idea de bombardear México”, y que en 2019 canceló una reunión con la primera ministra danesa tras la negativa a vender Groenlandia.

La periodista estadounidense Lydia Polgreen describe la segunda presidencia de Donald Trump como un "experimento peligroso de concentración de poder" en la que se borran las fronteras entre política interior y exterior para gobernar sin controles efectivos. El episodio que, para la autora, cristaliza esta lógica es la operación militar relámpago en Venezuela y la posterior conferencia de prensa en la que Trump celebró tanto el secuestro de Maduro como el despliegue de tropas estadounidenses en ciudades del propio país.

Según la columnista, el gobierno de Trump lleva más de un año sosteniendo una interpretación extremadamente amplia de las facultades presidenciales. Todo se justifica en nombre de la seguridad nacional. Los aranceles a importaciones se imponen sin pasar por el Congreso porque responden a “una emergencia económica internacional”. Las deportaciones sin debido proceso se presentan como necesarias para frenar “una invasión extranjera”. El despliegue de soldados federales en suelo estadounidense se legitima como defensa de la patria frente a “intrusos sin ley”. Aunque en teoría existen frenos institucionales, en la práctica se pasan por encima estos controles sin ningún problema.

La autora recurre a la idea del “boomerang imperial”, el fenómeno por el cual la violencia ejercida en el exterior regresa en forma de represión interna y erosión democrática. Pero en el caso de Trump, señala, el proceso es aún más extremo. El boomerang imperial se ha transformado en una banda de Möbius, escribe, una superficie donde interior y exterior se confunden en un bucle sin fin. En ese espacio sin límites claros, hay poco que pueda frenar su hambre de poder ilimitado.

Las operaciones agresivas del ICE en ciudades como Minneapolis, donde el asesinato de una mujer y el despliegue policial desataron protestas nacionales, han intensificado las tensiones entre el gobierno federal y las autoridades locales.

Renée Nicole Good era una ciudadana estadounidense de 37 años, madre de tres hijos y poeta, que se había mudado recientemente a Minneapolis con su pareja tras perder a su esposo en 2023 y que vivía una vida tranquila, sin antecedentes de violencia ni activismo político previo.

El pasado 7 de enero de 2026, durante un operativo del ICE en Minneapolis, Good se encontraba en su vehículo cuando agentes federales se acercaron. Según videos y testimonios recogidos, intentó retirarse de la escena cuando los oficiales se le aproximaron, pero un agente desenfundó su arma y le disparó varias veces a corta distancia, hiriéndola de gravedad y causándole la muerte poco después en un hospital.

Las autoridades federales, incluido el Departamento de Seguridad Nacional, defendieron al agente, culpándolo de actuar en “defensa propia” y calificando el hecho como un acto de “terrorismo doméstico”, alegando que Good habría intentado atropellarlo; sin embargo, testimonios locales y análisis de videos contradicen esa versión oficial, y el disparo ha generado protestas, investigaciones y críticas de políticos locales y grupos de derechos humanos que exigen transparencia y rendición de cuentas. Esto despertó una fuerte indignación en la población local, que estalló en grandes movilizaciones que continúan hasta el día de hoy.   

El boomerang imperial: en el exterior, la evaluación de opciones militares contra Irán y el uso de fuerzas estadounidenses en Venezuela muestran una política de expansión sin frenos, aunque impopular entre vastos sectores de la población. En el interior, una represión cada vez más salvaje y un control militar con la excusa de mantener el orden interno. ¿Pero si el boomerang imperial se transforma en un boomerang electoral?

Si Trump pierde en noviembre, como indican diversas tendencias en encuestas y en las expectativas de las elecciones de medio término que han debilitado al Partido Republicano, perdería la mayoría en el Congreso y quedaría sin margen político para maniobrar. Podría ser sometido a un impeachment.

El propio Trump instó públicamente al Partido Republicano a ganar las elecciones legislativas de noviembre como única forma de impedir que los demócratas impulsen un nuevo juicio político en su contra, durante un discurso de más de una hora ante dirigentes republicanos. Recordemos que Trump ya fue objeto de dos procesos de destitución durante su primer mandato, aunque salió ileso de ambos. Un Congreso controlado por la oposición podría impulsar audiencias, investigaciones y restricciones a su capacidad de acción en política exterior e interior.

Un oficial de migraciones asesinó a una mujer que intentaba evadir un control en Minneapolis 

Previo a la incursión en Venezuela, el escándalo de Jeffrey Epstein había encendido las alarmas del trumpismo, con los demócratas impulsando una investigación para clarificar la relación entre el actual presidente y el empresario, que dirigía una extensa red de pedofilia.

Un breve intercambio en una planta de Ford en Michigan volvió a colocar a Trump en el centro de esta polémica. Durante una recorrida por la fábrica, un obrero le gritó “protector de pedófilos”, en alusión al caso Epstein. Trump respondió señalándolo, levantando el dedo medio y pronunciando un claro “fuck you”, gesto que quedó registrado en un video difundido masivamente. La escena duró apenas segundos, pero tuvo un impacto inmediato y amplificado.

Las imágenes, difundidas por los medios de comunicación, fueron confirmadas por la Casa Blanca. El director de comunicaciones, Steven Cheung, calificó al trabajador como “un lunático” y defendió la reacción del Presidente como “apropiada”.

El autor del grito fue identificado como TJ Sabula, operario de línea de 40 años, quien fue suspendido por lo ocurrido. En declaraciones a The Washington Post, Sabula afirmó no arrepentirse y sostuvo que fue objeto de una represalia política. Se definió como independiente y explicó que su intervención apuntó deliberadamente a la falta de esclarecimiento pleno del caso Epstein.

La suspensión del trabajador generó una rápida reacción de apoyo: una colecta online superó los 150.000 dólares en pocas horas. Dentro de la planta, sin embargo, el clima fue mixto, con aplausos y selfies de otros empleados junto a Trump.

Acompañado por los máximos directivos de Ford, el Presidente continuó su agenda sin referencias públicas al incidente, pero el episodio dejó una imagen potente: un cruce crudo entre el poder y la línea de montaje que volvió a exponer tensiones políticas, sociales y morales en pleno corazón industrial de Estados Unidos.

Otro episodio también cobró relevancia internacional. Durante la ceremonia de los Globos de Oro 2026, los actores Mark Ruffalo, Wanda Sykes y Jean Smart rompieron el silencio contra el accionar del ICE. En la alfombra roja, los artistas lucieron pines con consignas como “ICE Out” y “Be Good”, en el marco de una campaña impulsada por organizaciones de derechos humanos que denuncian el uso excesivo de la fuerza y reclaman mayor control civil sobre los operativos migratorios.

El detonante de esta campaña y las protestas fue, como señalamos anteriormente, la muerte de Renee Nicole Good. El lema “Be Good” aludió tanto a un llamado ético como al apellido de la víctima, madre de tres hijos, poeta y miembro de la comunidad LGBT.

Consultado sobre un pin que lucía, Ruffalo, popular internacionalmente por su actuación en las películas de Marvel, dijo: “Esto es por Renee Good, y por las personas en Estados Unidos que hoy están aterrorizadas y asustadas”.

Además, el actor se refirió a una entrevista en la que Trump dijo que no necesitaba el derecho internacional porque se regía por su propia moral.

Ruffalo cuestionó la moral del presidente con estas palabras: “Ese tipo es un delincuente convicto, un violador convicto, es un pedófilo. Es el peor ser humano del mundo. Si confiamos en la moral de este tipo, estamos todos en serios problemas. Amo a este país y lo que veo aquí no es Estados Unidos”.

¿Será la agresividad de los últimos meses una última arma de un líder que parece tener “nada que perder”? ¿Será su política exterior una manera de tapar los escándalos internos que sacuden su imagen y su poder? Si el proyecto político de Trump dependió de construir un campo polarizado donde él fuera el héroe y los demás la amenaza, su pérdida electoral será también el colapso de esos símbolos.

Argentina en el laberinto de Trump: Venezuela, Unión Europea y una Cancillería desfasada

En Argentina, la relación con Estados Unidos tendría que ser redefinida. Javier Milei ha ganado las elecciones de medio término con un apoyo directo de Trump, tanto económico como político. Trump dijo directamente a los ciudadanos argentinos que si Milei no ganaba podría haber un colapso económico.

Además, en el caso de Argentina, la situación es mucho mas grave Como indican varios analistas financieros, Trump recibe más críticas por haber ayudado a Argentina que por haber invadido Venezuela. Por invadir Venezuela, lo critican los que no lo votan. Por haber asistido a Argentina, lo critican sus propios votantes porque el núcleo de la idea trumpista es "America First". Quizás esto explique por qué Argentina devolvió rápidamente lo que le prestó EE. UU. previo a las elecciones, y cómo aquellas promesas de Scott Bessent de que iban a venir 20 mil millones de dólares primero, y otros 20 mil millones después, se esfumaron en el aire. 

Una derrota de Trump podría tener un efecto mundial sobre la tendencia en ascenso de los nuevos “outsiders” de ultraderecha. Un Trump derrotado enviaría una señal política a movimientos similares alrededor del mundo: que los liderazgos basados en confrontación y divisiones extremas enfrentan límites claros en democracias consolidadas. La lógica de confrontación permanente podría dar paso a una política más institucional, menos personalista, y con menos riesgos de escalada interna y externa.

Pero los imperios en decadencia suelen volverse más volátiles, no más prudentes. Alemania tras la Primera Guerra Mundial es un ejemplo clásico: derrotada, humillada por el Tratado de Versalles, con una economía destruida y un sistema político frágil, se convirtió en terreno fértil para el revanchismo, la violencia política y el ascenso del liderazgo de Adolf Hitler, que prometió restaurar una grandeza perdida. La derrota no trajo moderación, sino radicalización, y el resentimiento colectivo fue canalizado hacia adentro y hacia afuera con consecuencias catastróficas.

En ese sentido, un Trump derrotado electoralmente no necesariamente implicaría un retiro ordenado del poder o una descompresión automática de las tensiones. Por el contrario, podría intensificarse la narrativa del fraude, de la conspiración interna y de la “nación robada”, justificando nuevas acciones excepcionales en nombre de la supervivencia del país.

Cuando un líder concentra su legitimidad en la confrontación y el conflicto permanente, la derrota se vive como una amenaza existencial, no como un mensaje de moderación y alternancia democrática. La pregunta de fondo entonces es cómo responden las instituciones, la sociedad y el sistema político estadounidense e internacional ante un poder basado en la confrontación que se resiste a retroceder. Lo que está en juego no es solo un resultado puntual, sino la forma que tomará el poder en el mundo que viene.

El mundo atravesó cuatro olas de derecha en el siglo XX. La primera, entre 1945 y 1955, fue el neofascismo. La segunda, entre 1955 y 1980, la del populismo de derecha. La tercera, entre 1980 y 2000, la radical populista, y la cuarta, que comenzó en el 2000 y continúa en la actualidad, es la extrema derecha 2.0. Quedará ver si la caída de Trump sería el fin de esta última ola.

Al igual que ocurrió en Argentina, donde La Renga rechazó que Milei use sus canciones para hacer campaña, en Estados Unidos, el artista de country Neil Young, en una reciente carta abierta a los ciudadanos estadounidenses, dijo que Trump “es una deshonra para Estados Unidos”, se quejó de que Trump utilizara su música en eventos de campaña sin su autorización, y que espera que cada vez que una de sus canciones suene en uno de sus actos, Trump escuche su voz recordando que es un ciudadano que no lo apoya.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira 

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