El editorial de Jorge Fontevecchia

Día 822: Cuando el "anarco" pesa más que el "capitalismo"

El anarcocapitalismo de Javier Milei se parece más a un acto de caos caprichoso y sin sentido que a un plan económico coherente. Sus conflictos con grandes empresarios nacionales pueden terminar amplificando la sensación de inestabilidad en lugar de disiparla.

Día 822: Cuando el “anarco” pesa más que el “capitalismo” Foto: CEDOC

El presidente Javier Milei se define a sí mismo como anarcocapitalista, una corriente que combina la defensa radical del mercado con una desconfianza absoluta hacia el Estado. Sin embargo, su persistente confrontación con Paolo Rocca, líder del Grupo Techint, sugiere una tensión conceptual dentro de esa definición.

La defensa del capitalismo en todas sus versiones considera a los grandes empresarios como motores del crecimiento económico y aliados naturales de un modelo promercado. La reiteración de críticas del Presidente hacia uno de los principales industriales del país parece indicar otra cosa: una visión que desconfía no solo del Estado, sino también de las grandes estructuras de poder económico.

En ese sentido, el conflicto con Rocca abre una pregunta más profunda sobre el ideario del gobierno: si detrás del discurso capitalista no predomina, en realidad, un impulso más cercano al anarquismo que al capitalismo. Si no será ese anarquismo un rasgo de la personalidad de Milei, una inclinación al caos.

El episodio que volvió a encender la polémica fue, en apariencia, uno más de los tantos exabruptos del Presidente. Durante su exposición en la Argentina Week en Nueva York, realizada en la sede del JP Morgan, atacó al CEO de Techint y al dueño de Fate, Javier Madanes Quintanilla, a quienes acusó de haberse beneficiado del kirchnerismo.

“Rocca y Madanes atacaron a los argentinos”, aseguró Milei. Cuando escuchamos el discurso, además del tono pausado, casi “sedado”, podríamos decir, de Milei, resulta llamativo que el intento de generar la participación del auditorio no genera ninguna respuesta. Al verlo podemos sentir cierta incomodidad.

En su editorial de esta mañana, Joaquín Morales Solá señala que “Milei confunde el afuera con el adentro”, porque utilizó en Nueva York el mismo tono confrontativo que emplea en la política doméstica. En un evento pensado para atraer inversiones extranjeras, utilizó un tono confrontativo que espanta más de lo que seduce.

Además, la repercusión en los medios norteamericanos fue prácticamente nula. El evento no llamó la atención en Estados Unidos. Si el objetivo era promocionar Argentina en ese país, que no se haya hablado del encuentro es una mala señal. También se destacó que, de los pasajeros confirmados para viajar desde Argentina, cerca del 70% provenía de Buenos Aires.

Entre las repercusiones que sí se replicaron en los medios argentinos, la más destacada fue la declaración de Jamie Dimon, CEO global de JP Morgan, quien elogió a Milei y dijo que “tiene convicciones muy sólidas sobre cómo arreglar un país”. La pregunta inevitable es si esa única declaración relevante alcanza para justificar el gasto y el esfuerzo organizativo del evento. Según relata Morales Solá en su columna de hoy, un banquero importante que estuvo presente lo sintetizó así: “Fue un discurso 100 % local; hubiera pensado algo más para afuera que para adentro”.

Incluso dirigentes como el gobernador mendocino Alfredo Cornejo, que estaba presente, tomaron distancia de la equiparación entre Rocca y Madanes. Gran parte del empresariado local expresó su malestar por los ataques, como lo hizo en Modo Fontevecchia el presidente de IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina) el día de ayer.

En una entrevista realizada esta semana con Luis Majul, Milei además acusó a Rocca de amenazar con una corrida cambiaria. "Rocca decía que si no hablábamos con ellos, nos amenazaba con corrernos en el mercado de cambios". La pregunta es por qué un gobierno que se define como el más capitalista de la historia argentina decide confrontar con uno de los empresarios industriales más importantes del país. No se trata de un industrial dependiente del mercado local, ni de un empresario cuya fortuna haya sido creada exclusivamente al calor del Estado.

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El economista y psicólogo político estadounidense Nassim Nicholas Taleb ha descrito a ciertos líderes como “amantes de la volatilidad”: dirigentes que creen que el conflicto permanente revela verdades ocultas del sistema. Si se observa la trayectoria pública de Milei aparece un patrón: la confrontación constante como forma de intervención. Bajo esa lógica, atacar a Rocca en un foro internacional no sería un error de cálculo sino una expresión coherente de una personalidad política que tiende a producir rupturas antes que equilibrios.

La historia de Techint comienza con Agostino Rocca, ingeniero italiano nacido en 1895, que había sido una figura central en la siderurgia europea antes de emigrar a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. El periodista Horacio Verbitsky lo resume en una interesante nota en su portal El Cohete a la Luna. Agostino Rocca, ingeniero y capitán de artillería milanés nacido en 1895, fue una figura clave de la siderurgia italiana durante el régimen de Benito Mussolini. Dirigió la empresa Dálmine, que llegó a tener 60.000 empleados y producía tubos sin costura para el esfuerzo bélico del Eje, además de ocupar cargos en otras compañías del sector vinculadas al aparato industrial del fascismo.

Tras la caída de Mussolini en 1945, Rocca fue detenido por los los partisanos, pero resultó absuelto en 1946, en un contexto en el que Italia priorizaba la reconstrucción. Con capitales europeos que habían sobrevivido a las requisas de los Aliados, se trasladó a la Argentina y, recomendado por Torcuato Di Tella, fundó Techint bajo el gobierno de Juan Domingo Perón, contribuyendo al desarrollo de la industria pesada en el país.

En 1948 creó en Campana la Sociedad Argentina para la Fabricación de Tubos de Acero (Dálmine Safta), origen de un polo industrial que incluiría a Siderca y Cometarsa, y que participó en grandes obras como el gasoducto Comodoro Rivadavia–Buenos Aires. Tras la muerte de Agostino en 1978, el grupo quedó en manos de su hijo Roberto Rocca, quien más tarde dividió el control entre sus hijos Agostino y Paolo. El primero murió en un accidente aéreo en 2001.

Rocca, hoy la figura central del Grupo Techint, tuvo una trayectoria personal marcada por contrastes generacionales y políticos. Si su abuelo fabricaba armas durante el gobierno de Mussolini, él en su juventud militó en la organización de izquierda italiana Lotta Continua, un movimiento estudiantil radical de Turín que incluso criticaba al Partido Comunista por su moderación durante el régimen fascista.

Con el paso de los años abandonó ese activismo y cursó estudios en la Universidad de Harvard, desde donde inició su carrera empresarial dentro del grupo familiar. Con el tiempo se convirtió en uno de los empresarios más influyentes de la Argentina y de América Latina, liderando la expansión internacional del conglomerado siderúrgico y energético. En el artículo de Verbitsky, el periodista menciona una frase que Rocca suele repetir: “Entre los mandatos que dejó mi abuelo estaba nunca invertir en la fabricación de armamentos, en los medios de comunicación y en actividades financieras”.

Con el paso de las décadas Techint evolucionó hasta convertirse en un conglomerado global. Hoy sus principales compañías (Tenaris, Ternium, Tecpetrol, Tenova y Techint Engineering & Construction) operan en múltiples continentes. Las ventas anuales del grupo rondan los 50.000 millones de dólares y sus operaciones se extienden por América, Europa y Asia. Ese crecimiento no se produjo en una sola etapa política. Techint atravesó gobiernos militares, democráticos, neoliberales y populistas, adaptándose a contextos muy distintos sin perder su vocación internacional.

Uno de los momentos clave de su expansión ocurrió durante la presidencia de Carlos Menem en los años noventa. En 1992 el grupo participó en la privatización de Somisa, que luego fue transformada en la empresa Siderar. Entre 1992 y 1996, Siderar pasó de controlar el 56% del mercado argentino de acero plano al 79%, mientras que un ambicioso programa de inversiones multiplicó la productividad de la planta y redujo los costos industriales en casi un tercio.

La década del noventa fue también el momento de la verdadera internacionalización del grupo. Techint adquirió Tamsa en México en 1993, tomó el control de la histórica siderúrgica italiana Dalmine en 1996 y lideró el consorcio que privatizó SIDOR en Venezuela en 1997. Ese proceso culminó con la creación de Tenaris, el holding global que integró las operaciones de tubos sin costura en Argentina, México e Italia y que hoy cotiza en bolsas internacionales como Nueva York y Milán. El resultado fue que Techint dejó de depender del mercado argentino: hoy más del 80% de los ingresos del grupo provienen del exterior.

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Una hipótesis posible para entender la insistencia de Javier Milei contra Rocca es la tensión entre dos modelos de capitalismo. Por un lado, el capitalismo tecnológico y libertario que Milei suele reivindicar, asociado a emprendedores digitales que operan en mercados globales, con empresas livianas en activos físicos y cada vez menos ligadas a territorios nacionales. Ese mundo, representado en la Argentina por figuras como Marcos Galperin, imagina el capital como algo que circula sin fronteras, más cercano a la lógica de la nube que a la de la fábrica. Del otro lado aparece Rocca, cuya fortuna se construye sobre una industria pesada anclada en infraestructura, acero, energía y miles de trabajadores distribuidos en plantas industriales.

Casualmente, el ranking Forbes 2026 ubicó a Rocca como el empresario más rico de Argentina, con una fortuna estimada en 7.300 millones de dólares, superando por primera vez a Marcos Galperin, cuya riqueza cayó a 7.200 millones. En cierto modo, la primacía de Rocca recuerda que el capitalismo tangible, el de los tubos de acero, las siderúrgicas y las obras de infraestructura, sigue teniendo un peso decisivo incluso en la era digital.

Esa diferencia no es solo económica sino también filosófica. El capitalismo tecnológico suele pensar el mundo como una red global donde las fronteras son cada vez menos relevantes, mientras que la industria pesada está inevitablemente ligada al territorio, a la energía, a los recursos naturales y a las decisiones de los Estados. Las plantas siderúrgicas, los oleoductos o las hidroeléctricas no pueden trasladarse de país con la misma facilidad que una plataforma digital. Por eso la relación con el poder político y con las regulaciones nacionales resulta inevitable para empresas como Techint.

En ese contraste, Rocca encarna una tradición de capitalismo industrial que necesita estabilidad institucional y una relación pragmática con los gobiernos. Milei, en cambio, parece dialogar con una cultura empresarial más cercana al mundo tech, donde el capital aspira a moverse sin límites nacionales. La paradoja es que, al confrontar con un empresario de la economía real que acaba de convertirse en el más rico del país, el Presidente termina enfrentando a uno de los símbolos más claros del capitalismo productivo argentino. Para una multinacional industrial, las tensiones diplomáticas no son abstractas. Las decisiones de inversión dependen de estabilidad política, previsibilidad regulatoria y relaciones entre países.

Rocca encabeza una lista de seis multimillonarios argentinos cuyos patrimonios combinados superan los 26.000 millones de dólares. Detrás de ellos aparecen Alejandro Bulgheroni (5.100 millones), Eduardo Eurnekian (4.800 millones), Eduardo Costantini (1.300 millones) y Delfín Jorge Ezequiel Carballo (1.000 millones), representantes de sectores como energía, aeropuertos, tecnología, finanzas e inmobiliario.

La historia económica muestra que el desarrollo industrial raramente ocurre al margen de los Estados. Las grandes siderúrgicas, petroleras o empresas de infraestructura no solo dependen del capital privado, sino también de marcos regulatorios, políticas energéticas, acuerdos comerciales y estabilidad diplomática entre países.

En ese esquema, los industriales suelen convertirse en actores estratégicos para los países donde invierten, porque su actividad genera empleo, formación técnica y cadenas productivas que no se trasladan fácilmente de un lugar a otro. Esa lógica ayuda a entender por qué la relación entre capital industrial y poder político suele ser más compleja y estructural que la que existe en sectores más desmaterializados de la economía.

Como ejemplo, Ternium, la siderúrgica del Grupo Techint, inauguró en marzo de 2026 la Escuela Técnica Roberto Rocca en Santa Cruz, en el estado de Río de Janeiro, en un acto que contó con la presencia del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y del CEO del grupo. La institución forma parte de una red educativa creada por Techint en 2013 para promover la formación técnica vinculada a la industria. La nueva escuela está ubicada a pocos kilómetros del complejo siderúrgico de la empresa, que emplea a unas 8000 personas y exporta el 70% de su producción de acero.

Paolo Rocca junto a Lula da Silva en la Escuela Técnica Roberto Rocca en Santa Cruz.

El establecimiento cuenta con 18 laboratorios equipados con tecnología avanzada y ofrece educación secundaria técnica con especializaciones en Electromecánica y Mecatrónica. Actualmente tiene 384 estudiantes y se espera que alcance 576 cuando funcione a plena capacidad en 2027, todos con becas completas. La iniciativa se inscribe en la estrategia del Grupo Techint de fortalecer la educación técnica en las regiones donde opera y acompañar el desarrollo industrial. En Brasil, el grupo emplea a unas 18.500 personas a través de sus compañías Ternium, Tenaris y Techint Ingeniería y Construcción, con una producción anual cercana a cinco millones de toneladas de acero. Incluso Paolo Rocca se mostró junto a Lula, inaugurando una escuela en Brasil.

Durante décadas los economistas debatieron si la nacionalidad del capital era irrelevante o estratégica. Muchos países desarrollados optaron por proteger ciertas empresas consideradas vitales. Estados Unidos, Alemania, Francia y Japón mantienen mecanismos para bloquear adquisiciones extranjeras en sectores estratégicos. El argumento es que los empresarios locales tienden a tener un compromiso mayor con el país donde viven, trabajan y crían a sus familias. De esa idea surgió el concepto de “burguesía nacional”, que durante décadas ocupó un lugar central en la teoría del desarrollo.

Brasil fue frecuentemente citado como ejemplo por el papel de su empresariado industrial y por instituciones como la Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP). En contraste, la Argentina fue criticada durante años por la tendencia de sus empresarios a vender sus empresas a capitales extranjeros en lugar de expandirlas globalmente. Por eso conglomerados como Techint o Aluar constituyen excepciones dentro de la estructura productiva argentina: multinacionales industriales nacidas en el país que lograron competir globalmente.

Construir una empresa de ese tamaño es extraordinariamente difícil. Las estadísticas empresariales muestran que cerca del 80% de las nuevas empresas fracasan en sus primeros años y solo una minoría logra sobrevivir una década. Que una compañía no solo sobreviva, sino que se convierta en un conglomerado global durante varias generaciones es un fenómeno extremadamente raro. Por eso algunos economistas describen a estas empresas como “unicornios del mundo tangible”: no startups digitales, sino complejos industriales construidos a lo largo de décadas.

A pesar del desarrollo en los últimos años del capitalismo digital, la “nacionalidad del capital” está lejos de haber desaparecido. En los últimos años el mundo desarrollado comenzó a girar nuevamente hacia políticas de protección económica. Mientras buena parte del discurso económico argentino sigue pensando en términos de apertura absoluta, las principales potencias del mundo están redescubriendo el valor estratégico de su propio capital productivo.

Entonces, si el capital nacional es escaso y difícil de construir, ¿tiene sentido confrontar con uno de sus principales representantes? ¿Tiene sentido atacar a uno de los principales inversores del país durante una conferencia en la que se busca atraer inversiones?

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Es cierto que en el mundo contemporáneo hubo ejemplos de fuertes disputas entre empresarios importantes y el Estado. El fundador de Alibaba, Jack Ma, protagonizó uno de los casos más notorios de tensión entre un empresario global y su gobierno cuando desapareció de la vida pública durante meses después de criticar al sistema financiero chino, tras una disputa porque el Gobierno se oponía a que su plataforma ofreciera créditos, como lo hace en Argentina Mercado Pago.

En Estados Unidos, por ejemplo, Henry Ford mantuvo fuertes enfrentamientos con la administración de Franklin D. Roosevelt durante el New Deal en los años treinta, especialmente por la regulación laboral y el avance de los sindicatos en su industria automotriz.

Más recientemente, en Europa, el empresario Elon Musk protagonizó reiterados choques con gobiernos y organismos reguladores por el control de plataformas tecnológicas y satelitales, en debates que involucran desde la libertad de expresión en redes sociales hasta el alcance de la regulación estatal sobre empresas globales. Sin embargo, lo que se observa actualmente es que incluso los gobiernos ideológicamente liberales suelen mantener una relación pragmática con sus grandes empresas industriales. No se trata de favoritismo, sino de interés nacional.

Las grandes corporaciones que nacen en un país suelen convertirse en instrumentos de proyección económica internacional. Por eso Estados Unidos protege a sus gigantes tecnológicos, Alemania respalda a su industria automotriz y Corea del Sur acompaña la expansión global de conglomerados como Samsung o Hyundai.

La relación entre el poder político y el capital productivo puede ser tensa, pero rara vez adopta un tono de confrontación pública permanente, especialmente cuando se trata de empresas que representan una parte significativa del peso económico del país. La visión libertaria del Presidente tiende a considerar irrelevante la nacionalidad del capital. Pero la economía real sigue anclada al territorio: las siderúrgicas, los gasoductos y las centrales eléctricas no existen en la nube.

Esa discusión adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto económico actual de la Argentina. Si el programa libertario prometía una transformación profunda basada en la confianza del mercado, la caída en la percepción económica sugiere que, al menos por ahora, esa expectativa todavía no se tradujo en mejoras visibles para la mayoría de la sociedad.

Una encuesta reciente de D’Alessio-Berensztein muestra un deterioro en la percepción económica y en la imagen del gobierno de Javier Milei. La buena opinión sobre la situación económica cayó cinco puntos en el último mes y un 61% de los argentinos cree que el país está peor que hace un año, percepción que también alcanza a votantes de La Libertad Avanza, entre quienes el optimismo cayó 6%.

Además, el 65% afirma que su economía personal empeoró y un 55% cree que la economía estará peor en 2027. En paralelo, la imagen del gobierno bajó tres puntos, con 42% de evaluación positiva y 56% negativa, niveles similares a los de octubre pasado, justo cuando perdió las elecciones en Provincia de Buenos Aires, antes del salvataje político de Donald Trump.

En ese escenario de incertidumbre, los conflictos con grandes empresarios nacionales pueden terminar amplificando la sensación de inestabilidad en lugar de disiparla. La tensión con Rocca, entonces, deja de ser solo una disputa personal o ideológica y pasa a insertarse en una pregunta más amplia sobre el rumbo del modelo económico. Porque cuando los resultados todavía no aparecen con claridad, la política económica también se mide por las señales que envía.

Y entre esas señales, la relación entre el gobierno y los principales actores del capital productivo suele ser una de las más observadas por inversores y por la propia sociedad. La anarquía puede expresarse en la música, en consignas de protesta, en reflexión filosófica o simplemente en provocación. Milei la usa como excusa para confrontar sin estrategia, con más bravuconería que ideas. Su anarcocapitalismo, por momentos, se parece más a un acto de caos caprichoso y sin sentido que a un plan económico coherente.

 

TV/ff