La crisis de ingresos empuja a los argentinos a buscar otro trabajo y golpea con fuerza al NEA
Un relevamiento revela que 4 de cada 10 personas necesitan un ingreso extra para llegar a fin de mes. El fenómeno ya no está ligado solo al desempleo y expone una fragilidad estructural en el mercado laboral.
La economía cotidiana volvió a quedar en el centro de la escena con un dato que sintetiza el deterioro del poder adquisitivo: 4 de cada 10 argentinos buscan otro trabajo porque sus ingresos no alcanzan. Lejos de tratarse de un problema exclusivo del desempleo, el fenómeno refleja un cambio más profundo en el funcionamiento del mercado laboral, donde incluso quienes tienen ocupación formal o informal se ven obligados a sumar nuevas fuentes de ingreso para sostener su nivel de vida.
El impacto no es homogéneo y muestra patrones claros tanto por edad como por región. El informe indica que la situación afecta principalmente a jóvenes y adultos jóvenes, que representan el 77% de quienes buscan un ingreso adicional, lo que revela una mayor vulnerabilidad en los segmentos económicamente activos.
A su vez, el mapa territorial expone una presión más fuerte en determinadas zonas del país: mientras el Gran Buenos Aires concentra el mayor volumen, el norte argentino aparece como una de las regiones más comprometidas, con el NEA alcanzando el 19% y el NOA el 17% de la demanda de ingresos extra, muy por encima de otras regiones.
Quiénes buscan otro empleo
El perfil de quienes buscan otro empleo refuerza la idea de que el problema excede la falta de trabajo. Predominan los trabajadores activos, especialmente aquellos vinculados a oficios independientes (28%) y empleados del sector privado (15%), lo que evidencia que el ingreso principal resulta insuficiente.
Incluso aparece un dato que profundiza el diagnóstico: los jubilados representan el 14% de quienes necesitan otro ingreso, una señal de que tampoco el sistema previsional logra garantizar estabilidad económica.
En ese marco, el estudio concluye que la problemática laboral ya no se define únicamente por el acceso al empleo, sino por su calidad y capacidad de sostener condiciones de vida. La necesidad de multiplicar ingresos se vuelve un fenómeno transversal que atraviesa edades, regiones y niveles de formalidad.
Esta situación, además, comienza a proyectarse sobre el clima social y político: la preocupación económica se vincula cada vez más con cuestionamientos a la gestión, la gobernabilidad y el funcionamiento del sistema, lo que transforma un dato económico en un factor de tensión estructural.
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