Bien vale la pregunta por los 30.000
“Con cierta liviandad e irresponsabilidad, con cierta prepotencia y atropello, se pregunta” cuántos fueron exactamente los desaparecidos, reflexiona el autor. Es un “simbolismo del horror” similar al que se sufrió en los genocidios armenio, ruandés y de Bosnia o el holocausto judío. A todos alcanza el "Nunca más".
A 50 años del golpe militar más sangriento que vivió nuestro país, algo desconcertante nos atraviesa a todos. Con cierta liviandad e irresponsabilidad, con cierta prepotencia y atropello, se pregunta por los 30.000 desaparecidos.
Es una situación incómoda e inquietante. Pero la incomodidad es parte de la experiencia, y como siempre se ha dicho “hay mucha más pedagogía en la incomodidad y la inquietud” que en la certeza.
Esa pregunta por los 30.000, que cuestiona desde la intimidación y el amedrentamiento, y fija su obsesión en el número, me obliga a repasar cada uno de los tormentos, las torturas y las vejaciones que sufrieron las víctimas, y eso me hace imposible contar los muertos y los desaparecidos.
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Y con ello comprendo el simbolismo del horror que representa la cifra redonda de víctimas de similares atrocidades políticas, como el Genocidio Armenio (1915-1917) y sus 1,5 millones de víctimas, el Holocausto judío (1933-1945) y sus 6 millones de víctimas, el Genocidio de Ruanda (1994) y sus 800.000 víctimas o el Genocidio de Bosnia (1992-1995), y sus 100.000 víctimas. Eso le da significado al “NUNCA MÁS”.
Esa pregunta por los 30.000, que cuestiona desde el ánimo de la provocación y la incitación, y que busca relativizar las responsabilidades de quienes dirigieron el golpe militar, me recuerda que la represión fue clandestina, que bebés recién nacidos fueron arrebatados de los brazos de sus madres, que hombres y mujeres fueron ejecutados y enterrados o arrojados al mar. Y con ello, reconozco el coraje de las madres y abuelas, las que no se achicaron frente a la oscuridad del terror de esos días y preguntaban por sus hijos.
Las mismas que hoy siguen buscando respuestas y pidiendo justicia, no venganza. Con ello me conmuevo por cada abrazo a un nieto recuperado y me estremezco sabiendo que muchas madres y abuelas no tuvieron esa oportunidad. Eso le da sentido al “NUNCA MÁS”.
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Esa pregunta por los 30.000, que cuestiona desde el reclamo hostil, y se justifica con el “algo habrá hecho”, me hace pensar en el “otro”, el que está a mi lado, el que piensa distinto a mí, y que eso no lo hace mi enemigo. Con ello aprecio el sentido amplio de la democracia, la importancia de la libertad de expresión, de la participación política, de la discusión respetuosa y responsable, de la solidaridad y la empatía con el prójimo. Eso me convoca a marchar cada 24 de marzo, yle da valor al “NUNCA MÁS”.
Esa pregunta por los 30.000 reinstala el debate, le da vida. Nos obliga a salir de la repetición mecánica, de la repetición por costumbre, esa que nos anestesia y que impide indignarse ante lo atroz de lo sucedido en la última dictadura militar.
Bien valen las preguntas en democracia, porque eso nos permite abrir un momento de memoria consciente, de repaso crítico y reflexivo, un momento que rompa la inercia de la contestación automática, rutinaria, y convierta la respuesta en un acto de resistencia. Bien vale la pregunta por los 30.000, que obliga a hacer de mi respuesta un testimonio, para que la repetición no decante en olvido. Memoria, verdad y justicia.
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